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Trader, melómano, economista, lector y escritor....

HISTORIAS DE HOTELES

Vivir consiste en cambiar de ídolos. Ahora es Francis Scott Fitzgerald. Andaba estos días en la dinámica de ver la serie que está en Amazon sobre la vida con su esposa, Zelda, en la Nueva York y sur de Estados Unidos de los años veinte; aparte de esto, sigo leyendo una serie de cuentos escritos por él. Ese paralelismo entre serie y libro es absurdamente fantástico.
Es recurrente en sus historias la mención del hotel Biltmore. Ese hotel quedaba en Nueva York y fue construido en 1913. Muchas veces la pareja Fitzgerald se alojó ahí y sus fiestas eran memorables; siempre iban los trabajadores del hotel, tocaban a la puerta y solicitaban bajarle al voltaje. Si las paredes del hotel hablaran me susurrarían al oído mil cosas. Y bueno, me acordé de los hoteles, de varios momentos agradables vividos ahí.

Imaginen o recuerden esto. Llegan a la recepción, sí, es la llave del cuarto 754. Hay un señor que les lleva las maletas, de hecho le dicen botones. Siempre me llamó la atención ese nombre. ¿Botones? ¿En plural? Bueno, les dan la llave y cuando abren se encuentran con un cuarto limpio, frío. ¿Qué hacen apenas están en el cuarto luego de darle propina al botones? Arrojarse a la cama y rebotar. Como si fuera un brinca brinca. Mirar las sábanas absolutamente blancas y estiradas. 

Prendamos el televisor. Hay canales raros. Abrir la neverita, que también recibe el nombre de minibar. Está una minibotella de Whisky que vale el triple, unos masmelos, una coca cola helada y salchichas enlatadas. Qué antojo. Al lado de la cama hay una libreta de papel amarillo, absolutamente deliciosa, absolutamente en blanco, implorándote que le empieces a escribir. Que le empieces a escribir un diario. Papel amarillo con el logo del hotel. Abro el cajón y hay un directorio con los teléfonos de la ciudad. 

Cuando tuve 12 años escribí un diario, precisamente con ese papel del hotel.

Al lado de la libreta hay dos cocadas y un mensaje de bienvenida. Para room service es la extensión 103 y para llamar hacia afuera se marca *09 y ahí sí el indicativo de la ciudad. Para solicitar alarma, llamen al 189. En el baño, todo está perfecto. Shampoo diminuto. O diminutivo como dicen por ahí. Jabón en miniatura, espuma de baño, toallas blancas con el logo, cuyo porcentaje de provisión por pérdidas ya el departamento administrativo lo tiene como descontado. Pérdidas presupuestadas. Dos revistas, una de turismo y la otra de chismes de la farándula. 

Graduémosle el aire acondicionado, está muy frío. Luego lo apago. Nada es más de cuentos de hadas que el cuarto de un hotel. 

-Bueno, hijo, cámbiate, salgamos ya para que empiecen las vacaciones- 

Para mí ya habían empezado. Y de qué manera. Agarré la libreta de papel amarillo.


(instagram @kemistrye )

El misterioso caso de la pizza a domicilio

-Amor, eres una belleza, no sabes cuánto te agradezco, además preciso me llegó a la hora del almuerzo. En verdad gracias por la pizza, qué detallazo, además de Di Lucca, te mando un beso- le escribió él por mensaje de texto.
-Eh, gracias, yo también te amo, pero no sé de qué hablas- le respondió ella.

Esto ocurrió en una locación de la ciudad. En otro lado, a unas 30 cuadras de ahí, a la misma hora, llegó otra pizza. Un destinatario oyó el timbre y el portero se la entregó.
-¿Quién dejó esto?- le preguntó él, mientras se acariciaba el bigote.
-No sé, doctorcito, alguien la dejó y se fue- le respondió el portero.
¿Sería una pizza-bomba?

En múltiples locaciones de la ciudad un ejército de domiciliarios, unos en moto y otros en bicicleta, entregaron cajas de pizza de prosciutto. Un ejército, puros personajes enfocados y desplegados hacia un mismo fin: llenar la ciudad con sabores, a plena hora del almuerzo y de manera anónima.

En otra dirección alguien había pedido a Kokoriko y cuando bajó a recibir el pedido, encima había una caja también con una pizza. ¿Cómo así? La ciudad había sido invadida de pizzas de Di Lucca. Luego en otro barrio, otro destinatario estaba en operación pañal, cambiando a su hijo de pocos añitos de edad, cuando el portero también lo llamó. -Señor, le dejaron aquí una caja que huele muy rico, vaya usted a saber quién fue, ¿me da un pedacito?- 

Se me ocurrió llamar por teléfono a lady Rox, la gerente del restaurante. Ella no sabía qué había pasado. Pensaba que era un error, ¿qué podría haber ocurrido?

Ataques de masa italiana adornada con carnes rojas. Pimientos, salami y quesos rondando por los barrios, rúgulas incesantes a lo largo de las carreras, avenidas, localidades y calles. La magia acabó, o más bien se exacerbó: alguien estaba en ese momento en la propia portería, en la escena propia de la entrega, en ese mismo momento de compensación y liquidación de la operación. Atinó a preguntarle al señor motorizado: -yo no estoy esperando ninguna pizza, ¿de dónde vienes tú, amigo? confiesa-. El muchacho se puso su máscara de Star Wars, miró para ambos lados y salió volando por la azotea. Esa era su tradición. Nunca se supo nada.

Aún ahora, diez lustros después, me pregunto quién tuvo como misión mandarme esa pizza. Sea quien haya sido, gracias siempre por esa misión hipster. Fue una pizza de gran tradición.

Mil formas de divertirse con cultura

Puse el canal 106: Temor. Sintonicé el canal 113: temor. Temor. Hablaban de algo que subía, de porcentajes. Sopor momentáneo de 30 segundos, duermevela, desconexiones temporales. Quería un vaso, a la mitad, de leche de almendras y me lo fui a servir. Canal 114: Rueda de prensa de un señor que ni idea, súper aburrido, solemnidad de corbatas y peinados cuadriculados. Canal 115: advertencias oficiales, que no es así sino así, 2 metros de distancia. Distanciamiento temperamental y social, más que social. Abrí mi libro de “Joyce y las gallinas”, leí una página. Temor, saturación, regaños.

Puse play a la película en Amazon. Se llama Sylvie’s Love, qué hermosura. Trata sobre la época del jazz en el Harlem de los años 60s. No se alcanzan a imaginar la banda sonora tan hermosa, no más oigan “The shadow of your smile” de Astrud Gilberto. Búsquenla, yo espero aquí tranquilamente. Oiganla, relájense, besen sensualmente a quien tengan al lado. Me gusta esa palabra: sensualidad. ¿la oyeron? bueno, así es esta película. Tiene saxofones, música, amor. Primera recomendada. El jazz y un score impecable a cargo del compositor Fabrice Lecompte. Otra joya, continúen besando: “C’est si Bon” de Eartha Kitt. Acompáñense de fresas, de café, de arándanos.

Ahora play a otra. Hagámosle skip al terror, a las ruedas de prensa. “La Asistente” se llama esta, también en Amazon. Seleccionada en el festival Sundance. Llega una niña a trabajar como asistente en la oficina de un man relacionado con el espectáculo, con el Cine. Esta niña se empieza a dar cuenta de cosas. Son 90 minutos de posturas reales, de planos serenos en los que ella piensa, planos en los que hablan los ojos, las miradas, no hace falta hablar. Casi nunca hace falta hablar. Ella es la asistente, ¿qué podría ocurrir? Búsquenla. 

Me bajé del bus de Amazon y me pasé a Netflix. A mi esposita (el autocorrector me escribió “expósita”, qué risa) le sonó una de muñequitos japoneses llamada “La princesa Kaguya”. ¿Manga? ¿Anime? Como sea, es una película hermosa del folclor japonés, es algo mitológica de la que no puedo decir mucho porque me les tiro el final. Spóilers que llaman. Hermosa, visualmente impactante. Además la música está hecha por Kazumi Nikaido, una cantante japonesa magnánima. Kaguya significa “luz radiante”, la historia es del siglo 10, tiene que ver con el bambú y los astros. No se arrepentirán de esa obra maestra.

Proseguí. Canal 145: Terror. Canal 230: cifras y porcentajes. Off.
 
Como plus, les tengo un mix que hice de puro K-pop. Tiene tracks de grupos que me encantan, como Twice y Blackpink. Ahí pueden empaparse de lo que es el famoso K-pop (Korea) y J-pop (Japón). 

qué es la felicidad?

Tenía la suela de los zapatos muy embarrada. Debido a eso cada vez que caminaba iba dejando pequeños cuadrados de tierra sólida a lo largo del piso. Era una forma de manifestarme, de dejar huella, es la brazada que da el zapato para hacerse notar, para no ser intrascendente. Agarré el libro Las Olas, de Virginia Woolf, y lo abracé como a un bebé, por darme tantas letras bellas. Me pregunté qué podría ser la felicidad y empecé a hablarme a mí mismo. En plural, en singular, en imperativo y en reflexivo.

Y es que sí, la felicidad es muy relativa. Está muy bien que tengan hijos o que decidan no tener, tener gatos o perros, cásense, sean jefes, logren la mayor posición que han deseado, sáquenla del estadio, cómprense el carro que siempre han querido comprar, la mejor corbata Hermès (bueno, la loción Terre d`Hermès vaya que sí proporciona placer), viajen, salgan de deudas, reúnan un buen capital con réditos crematísticos, hagan todo lo que quieran, consigan novias, novios, entuques, Botox, todo eso está muy bien. Declárensele a la traga de toda la vida que nunca les hizo caso o que mínimo sí les hizo caso pero ustedes no lo sabían.

Hagan cosas siempre, el deporte que les gusta. Patinetos, tenistas, cuatrimotos. Escriban algún libro, amen de frente o subrepticiamente. Vivan en algún penthouse en Central Park West o en alguna casa por la Venta de Cajibío, en Valledupar, en Rosales o en Soacha. Vivan donde quieran vivir, sepárense o cásense. Tráguense, vivan mucho. Sueñen con ascender o con independizarse, los que solo piensan en dinero y los que solo piensan en los que tienen dinero, compren las camisetas que siempre habían querido comprar cuando eran niños. Tírense de paracaídas y armen cabalgatas en Pance, en Mónaco o en La Cumbre. Coman arroz con huevo o endéudense para comer trufas en Criterión, todo está permitido en el mundo.

Pero nada de eso es la felicidad. La felicidad solo es algo abstracto, interno, es algo individual. Tú con Tú. La felicidad se da sola y solo se dará conmigo mismo. Puede haber un ejército al lado, la felicidad solo la lograré con mi serenidad. Tú con tu serenidad. El vecino con su serenidad. Pueden ser millonarios y no ser felices, pueden estar quebrados pero sí serlo. Pueden vivir con 6 hijos, esposa y nietos y pueden ser infelices o pueden vivir solos como un champiñón y ser plácidos. 

Creo que tiene que ver con la serenidad con uno mismo. Sí, me gustó esa palabra mientras oigo Idomeneo de Mozart. No tengo ni idea qué es la felicidad. Tal vez precisamente eso es lo más lindo: que no tenga cómo definirse. 

Sonreí.

24 horas de libertad

El 5 y 6 de enero se celebran aquí en Popayán los carnavales de Blancos y Negros. O fiestas de Reyes, o blanquitos y negritos, como sea. Por ahí estuve averiguando, me encanta curiosear estas cosas, y aprendí que hace aproximadamente 400 años la población esclava pidió aunque fuera un día para descansar, para simplemente bailar y ya, para pasarla bueno. Día de asueto que llaman. Así como esa película La Purga: un día diferente a los demás. Tengo entendido que mandaron la petición y allá los señores españoles, con su pompa y boato, autorizaron el 5 de enero para que tuvieran sus 24 horas de libertad. Así que ese día pasaban bailando por las calles echándole betún a los viandantes para, en cierta forma, propiciar algún símbolo de igualdad. Pintémonos todos. Así fue más o menos, así lo entendí y así lo quiero creer. Luego todo el maremágnum empataría con el 6 que es la llegada de los reyes magos, que ya es algo con tinte religioso. Los que nacen el 6 de hecho son considerados reyes magos.
 
Siempre recuerdo estas fechas con mucho cariño; de hecho recuerdo una vez, yo creo que sería como el año 1999 o 2000, en el que vino Jorge Barón con su seguidilla de múltiples orquestas. Agüita para my people. Nunca había visto tanta gente reunida, echándose agua, harina y betún en plena Papal. No había acceso vehicular a Campamento. Recuerdo también bailando merengue, Disco Flamenco, en pleno 1994, tiritando de frío a las 6pm con mi peinado hongo. Recuerdo también montándome en camiones que alquilaba algún amigo, llenando bombas con agua y partiendo por toda la carrera novena, barrio Modelo, Ardú, tales, Banano’s, Catay y a tirarle bombas a todo el mundo, no sin antes parar en el Ruso para aperarnos de aditamentos etílicos. Nunca fui al Caldas, allá era otro calibre, ahí abrían ese hidrante, ahí el plan era más hardcore, más bucanero, ahí ya no era echarse agüita sino que ahí lo podían alzar a uno cuatro manes y ponerlo a recibir la presión del agua, pura potencia, contra el hidrante. Dolor de oído fijo en la noche. Todo era con respeto, todo era gracioso, así lo recuerdo siempre.

Después de estos dos días vienen las fiestas de Pubenza. Siempre hay eventos, muestras gastronómicas, conciertos y demás. Es el tiempo de celebración aquí, es un aire diferente al de la Semana Santa. Bienvenidas siempre las fiestas, no importa el origen, si religioso o no religioso, ¿qué importa que sean de origen español o indígena? Fiesta es fiesta y mientras sea positiva su intención, bienvenidas sean. Que venga la salsa, la música que sea, que se sirva aguardiente Caucano, destilados, anisados y rones, pero si no quieren licor, si el efecto del licor no gusta, pues celebremos con cafés, capuchinos, gaseosas, algo más estimulante, un buen red bull con bom bom bum y papitas de Los Comuneros con salsa rosada. Qué más da. Comamos de todo y celebremos. Por cierto, les dejo un dato que les puede servir para alguna trivia: la primera celebración fue el 5 de enero de 1607. Ahí empezó todo, aquí estamos en 2021 y la cuenta sigue.

Los invito a estar pendiente de las diferentes actividades que habrá por ahí. En la página de la Alcaldía de Popayán pueden mirar.

La fiesta continúa. 24 horas de libertad. 365 días más de vida. Dejemos lo malo para otras columnas.
Ya saben: todo lo visual en mi instagram @kemistrye 

y tú de qué colegio eres….

Me levanté, me puse mis nuevas botas Dr Martens azules plateadas, no las supero, y puse a hacer café. Creo firmemente en que la mejor manera de hacer café es tener un colador de tela y café normal, el Sello Rojo normal. Nada de unas variedades carísimas, que dizque excelso, a mí me sabe igual de rico. Me gusta tanto que todos me saben igual de rico. Yo salgo barato.

En fin, andaba yo con una sonrisa sardónica pintada en mi cara por un comentario que oí por ahí. Fue una conversación de dos señores de 45 años. Óigase bien: cuarenta y cinco años, nada de bebés ni imberbes ni nada. Un cuchacho le preguntó al otro: “a ese man no lo conozco, ¿de qué colegio se graduó?” Ahh, háganme el favor. Me dio risa, es decir, estos dos señores se habrán graduado hace 30 años fácilmente y tenían ciertos remilgos porque no sabían si tal señor merecía ser reconocido porque no se había graduado de tal colegio.

Me acordé de mi época de colegio y de un amigo, quien no estudiaba en mi colegio, un señor enanito, pero que en los intercolegiados se ponía el saco rojo de mi colegio y decía que estudiaba conmigo. Me dio mucha risa todo ese cuento, luego los compañeros de su colegio lo andaban buscando para pegarle.

Pero creo que la tapa de todo esto fue cuando trabajaba en Cali.

Resulta que estaban buscando una niña para que fuera asistente. Decían que sí, pues que debía ser mujer, bueno aceptemos eso: hay unos manes muy feos (es un chiste, por si acaso para los de la igualdad de género y demás). Lo chistoso es que en el clasificado pedían que tenía que haber salido solamente de dos colegios caleños cuyo nombre no diré. Me dio risa todo ese cuento de los colegios. Selección natural por procedencia de colegio.

Luego por ahí una niña dijo “parezco salida del Marymount”. Me dio risa, solo diré que me dio risa.

Seguro cuando tenga 90 años se me acerque alguien, yo le preguntaré: ¿eres de Los Andes, del Colombo o del Champa? ¿Qué promoción? Eso sí, tendré las mejores botas.

Más historias en mi instagram @kemistrye¿y tú de qué colegio eres?

Tantos acentos y tanto mecato

Hace unas cuantas semanas recibí un hermoso regalo. Un gran amigo de Neiva me mandó un paquete con mecato huilense: constaba de panelitas, café especial, una especie de bocadillos envueltos en hoja así como un pequeño tamal, achiras (qué buenas las achiras) y varios dulces. Lo disfruté mucho, fue un detalle muy chévere. Ese detalle me hizo pensar en algo: Neiva queda como a dos horas de Popayán y el mecato es diferente. Luego dos horas por otro lado queda Cali: allá hay un mecato diferente. ¿Porqué? ¿Quién lo decidió? Cada ciudad tiene su propia comida típica.

Empecé a imaginarme cómo se habrá formado popularmente cada comida típica. Imagino algo como esto: en cierta región del Cauca alguien decidirá hacer el tamal con un picadillo de papa que se llama pipián. Entonces en otra región alguien dirá: “No, yo lo quiero hacer así pero le quiero meter una presa de pollo, metámosle una zanahoria, innovemos” y se creó el tamal huilense. O en Tolima también alguien dijo: “No, hermano, yo le quiero meter otra cosa, aquí no se consiguen zanahorias, pongámosle zapallo papá”. Hagamos la sopa de otra forma, hagamos panelitas diferentes, así se va formando la cultura gastronómica. Luego vino a mi mente algo que me encanta: los acentos.

Imaginen no más una región colombiana: el suroccidente. En Pasto la gente habla de una forma, luego cuatro horas más para arriba, en Popayán, hablan diferente, luego en Cali, a tan solo dos horas, se habla transversalmente diferente. Y así, más para arriba llega el acento paisa. Y no más imaginen dentro de Popayán: los señores payaneses tradicionales hablan de cierta forma, los jóvenes de otra, las viejitas campesinas de otra. Incluso hay una familia de un gran amigo que tiene un acento payanés tan marcado que les dicen “los mexicanos”. Es decir, imaginen a Cantinflas, así tal cual hablan. 

En Bogotá los rolos tienen su acento, las niñas de colegio tienen un acento como de Nickelodeon. ¿pero cómo se formó? Es decir, ¿en qué momento una niña decidió pronunciar tal palabra de tal forma, comiéndose la “S” o alargando la última sílaba haciéndola más cantada? Me encanta este tema, podrán darme teorías, pero lo delicioso de esto es que no hay respuesta, ni Llinás ni Hawking lo saben. Los acentos comprueban la existencia de la generación espontánea. Nacen porque sí. 

Ya iba a acabar este artículo y salí el domingo a tonsurarme la sotabarba. Fui y el barbero me dijo “oye, ¿eres de Cali?”. Le respondí que no, que era de Popayán pero que sí, había vivido en Cali. Me dijo que se le había hecho raro que voseara, él me dijo que era de Venezuela. Claramente le pregunté: “oye, estoy haciendo un artículo sobre los acentos, ¿tú de dónde eres? ¿Cómo distingues los acentos en Venezuela?”- y él me dijo que por ejemplo él era de Maracaibo, que ahí eran como los costeños pero que en Caracas tuteaban más, luego me dijo que en Barquisimeto era el acento más cantadito. Me pareció espectacular el tema, ahí me dejó la barba bien bacana y le agradecí mucho. 

Me quedé pensando que seguro en otros países es igual. En EEUU las newyorkers hablan de una forma, diciendo “oh my God” cada tres segundos y de una forma súper rápida. En otro estado más rural, por ejemplo Kentucky, hablarán muy diferente. Supongo que en Alemania por ejemplo en algún colegio de Berlín alguna niña dirá “uy cómo así, esta niña tiene puro acento de Dresden, la boleta, y este otro niño que conocí ayer no me gustó, tiene puro dejo de Nüremberg, mejor no le hago caso”.  O en Rusia, en alguna universidad, este man le quiere caer a una buena rusa pero se patrasea porque no tiene acento de Moscú sino de Kazán, qué jartera. Cuentan también que al nuevo estudiante le hicieron bullying porque tenía puro acento de Novosibirsk.

Y sí, ya se alargó mucho este artículo. Voy a seguir practicando mi acento rolo mientras como manjarblanco, uon.

¿Criticamos o apoyamos?

A lo largo de la vida me doy cuenta de algo: siempre habrá críticas. Y creo que las hay entre más cosas hago, es natural. Porque ponen muchas tareas o porque no ponen nada. Habrá críticas si este blog es largo o si es muy corto; o si alguien pensaba que debía ser más financiero, que debía ser más solemne y se encuentra con mil ridiculeces fatuas sobre literatura y música, cosas que no son importantes; o si les hablan en chino cuando se mencionan finanzas, argumentando que las finanzas no es su tema. Criticarán siempre a quien no lee nada pero también al que solo piensa en devorar libros. Criticarán si ponen muchas capacitaciones pero también criticarán si no promueven el conocimiento. O cómo así, cómo es posible que un hombre se pinte las uñas de negro, absurdo.

Nada florece más que una crítica. La crítica es la planta más fértil del planeta tierra: se da sola, no necesita de agua ni de químicos, surge por generación espontánea, nace en tierra fría o caliente. Que qué música tan rara, qué es música de niñitas esa de Blackpink o de Twice o de Ateez, porqué la oye él, qué es esa música que solo suena chispum, es de aeróbicos, qué mérito tiene esa música house que es hecha en un computador. No tiene mérito esa música, dicen. Críticas. Seguro no conocen el Ableton.

No critiquemos, más bien apoyemos. Y les tengo dos cosas, dos eventos, dos hechos los cuales recomiendo totalmente. A ojo cerrado. 
Apoyemos, apóyenme, apoyémonos, apóyala. Es un verbo que debemos conjugar en todas las personas.1. Dando click aquí pueden votar por el departamento de investigaciones económicas de Corficolombiana (empresa donde trabajo, para quien de pronto no lo saben). Entren aquí y voten por ellos si así lo consideran, es un concurso de la Bolsa de Valores de Colombia: 

https://votacionesaie.bvc.com.co/edicion2020?url=15&utm_campaign=website&utm_source=sendgrid.com&utm_medium=email

LOS INVITO A VOTAR.. hay plazo hasta el 18 de diciembre 🙂 .)

2. Tengo un parcero que es fotógrafo y vende sus fotos, bien engalladas y en papel súper profesional, para decorar así como si fuera un cuadro. Se ven hermosas así gigantes en la pared. Aquí pueden ver la info y encargarle si les interesa: 

https://www.lacuellar.com

De hecho él me tomó una foto en París y muy probablemente la usaré cuando me publiquen mi libro. Seguro que sí.


Gracias
(en mi instagram @kemistrye verán más proyectos)

 

MAnk, máquinas de escribir y cripetas

Con el objetivo de propender por una mayor difusión de cultura, por las ganas de transmitir, de generar conocimiento, de motivar cejas enarcadas o para generar sonrisas, pongo aquí mi mente en piloto automático, mis manos con los dedos listos a la prestidigitación aprendida en mecanografía, algo que nunca se me olvidó. Yo llevaba la máquina de escribir al colegio, creo que era el único que sí hacía las planas, podría jurar que todos los demás hacían el “aaa-ñññ” con los dedos índices. 

Si quieren reír, les transmito una descripción que sobre un señor Lancaster hizo Christopher Isherwood en uno de los varios libros que voy leyendo, se llama “Desde lo más profundo”. Y sí, Christopher es británico, tiene ese tipo de descripciones mordaces que solo las he leído en libros británicos decimonónicos. Es un placer sensual leer lo que estoy leyendo. Dice así: “Las comisuras de los labios le tiraban hacia abajo, dándole un ligero parecido con un tiburón, aunque no un tiburón peligroso, ciertamente no de los que comen carne humana”. Jajaj, ¿qué podría estar pensando Christopher al escribir esto? Directo al frenocomio. Les transcribo otro ejemplo, otra faceta de la descripción que hicieron sobre este señor Lancaster, a quien a estas alturas ustedes ya lo deben estar imaginando: “Su nariz era larga y roja, con una insinuación de humedad en la punta..”.No escribo más, pero lo que continúa es mucho más agudo y ácido.

En cine vi Mank, la historia de Hermann Mankiewicz, un guionista de cine en los años 30s, luego de la Gran Depresión. Es en blanco y negro y precisamente cuenta cómo llegó este señor a idear el guion de Citizen Kane, la joya del cine de Orson Welles. Dicen que Mank fue el que la escribió y Orson Welles recibió inmerecidamente todos los créditos. Ni idea. Por cierto, deben verse Ciudadano Kane, es una joya del cine en verdad. Recordé esa época luego de la Gran Depresión. Recuerdo que el cine estaba floreciendo, Hollywood nacía, la gente de clase media en Estados Unidos no tenía dinero y en esos estados rurales de allá lo más barato era el maíz. Entonces la gente empezó a ir a los cines pero vendían lo más barato. ¿Qué era? unas pepitas de maíz que explotaban, algo que luego se llamaría Palomitas de maíz. Pop corn. Crispetas.

Y sí, por eso es que comemos crispetas en la actualidad en los cines. Todo viene siempre de algún lado. O sino que lo diga el cara de tiburón (risas de cine mudo).
Todo. Toda la locura, la literatura, los mejores zapatos y el mejor techno, solo en mi instagram @kemistrye
LA VIDA ES SOLO UNA. ES LA VIDA EN FINANZAS.

Historias para el festivo de velitas… 💫

Cada vez que frenaba, en el carro sonaba una especie de chillido en el lado izquierdo. Era extraño porque acababa de ser arreglado, debía llevarlo por garantía; sin embargo en semana era muy difícil. Tuve que esperar al sábado en la mañana. Ese día me desperté y salí sin bañarme, solo me tomé un tinto frío. Suponía yo que lo normal era dejar el carro, que lo arreglaran con tranquilidad, que se tomaran todo el tiempo necesario y me llamaran luego. Igual no importaba mucho, en estas épocas no uso casi el carro. Aceleré y cogí la autopista hacia el norte y sabía que por la ciento sesenta y pico debía cruzar a la derecha. Qué incómodo, cada vez que medio frenaba o que medio desaceleraba chirriaba jartísimo.

Llegué al destino. Edgardo, el señor del taller, muy querido (no sé, se parece como a Rafael Orozco, el del Binomio de Oro) me preguntó si quería tomar algo, de una le dije que tinto, pero pues yo le dije que me podía ir y que volvía luego, no pasaba nada. Él me dijo que no, que él iba a revisar si había mugre en los rines, me dijo que fijo era eso, y que en una media hora estaba listo. Me dijo que tranquilo, que esperara ahí en la sala. Andaba otro señor por ahí en las mismas, a ese no le encontré parecido.

Siempre, el 100% de mis minutos de la existencia, imagino estos momentos, por eso siempre ando con dos libros, un cuaderno, un lapicero, una revista y tres laminitas de álbum o stickers para pegar. Siempre estoy preparado, siempre ando con escudo, soy un guerrero literario y musical que anda con el lapicero como espada y varios libros como escudo. Ando con todos los implementos que inflan mi burbuja, audífonos con adaptador, de los gigantes, para desconectarme. Escudos kafkianos, de esos que usaaría Joyce. Esta vez cuando me senté, miré hacia la televisión, transmitían un especial sobre Maradona, hurgué en mis bolsillos, miré para arriba, para abajo, no, no podía ser, imposible, me vi desnudo, me sentí vacío, desamparado, no tenía nada, estaba viudo, solo tenía las llaves en el bolsillo. ¿Cómo era eso posible? Nunca pensé que me iba a tocar estar ahí, no saqué libros, no saqué nada, ¿Qué voy a hacer? Mi corazón empezó a palpitar.

¿Qué opción tenía? Recordé que acababa de bajar una aplicación para jugar ajedrez en línea. Siempre me gustó el ajedrez, de hecho cuando niño pedía que me compraran una revista que plasmaba las jugadas. e2-e4 empecé a jugar, es decir saqué un peón y se movió de la celda e2 a la e4. Recordé todo, perdí las tres partidas pero retomé esa afición. Amo el ajedrez, es la matemática, la geometría ahí en la diversión. Además que, como me vi la serie The Queen’s Gambit, que trata sobre una campeona de ajedrez, andaba emocionado por ese tema. Qué buena cosa. 

-Don Jorge, ya está su carro. Ese Maradona era un berraco, ¿no?-  me dijo Edgardo

(instagram @kemistrye )

 
¿y qué ocurrió luego, viejo George?
Alfiles, gambitos, torres, enroques, techno, Maradona. Bueno, el carro fue arreglado, pasé comprando Coca-cola, panqueso y maní. Claro, luego me bañé.