UNA BELLA HISTORIA, DE LA VIDA REAL, SOBRE MI LIBRO “OSÍAS Y LAURA” (leer hasta el fina 🙂 )

-Hola Jorge Alonso, ¿cómo estás? me enteré por Facebook que sacaste un libro que se llama Osías y Laura, ¿verdad? Por cierto, tenía algo que comentarte respecto de esta historia…- Eso me dijo Mario, un amigo de la familia, quien durante 1989 y 1993 aproximadamente, vivió donde mi abuela Teresa. Mi abuela tenía unos cuartos que alquilaba como residencias estudiantiles y pues él, Mario, vivía ahí en ese entonces. Claro, yo me acordaba de él.Mario era de Cali y estudiaba en Popayán. Por cosas de la vida él había oído que mi abuela alquilaba unos cuartos y decidió vivir en uno de ellos. Una vez, él estaba en su casa en Cali con su padre, corría el año de 1990 aproximadamente y un señor bastante particular, amigo de su padre, le pidió el siguiente favor:-Mario, sé que estás estudiando en Popayán. Ya que vas para allá, te pido el favor que me entregues un sobre, mira- le dijo el señor misterioso a mi amigo Mario, entregándole un sobre de manila cerrado, con una dirección escrita ahí.El sobre decía: “Laura Elías, Carrera 10 # 18N-148”. Mario se quedó bastante asombrado.-Qué coincidencia, esta es la misma dirección donde yo vivo. Supongo que esta señora a quien le envías este sobre es hermana de Teresa, la señora que me alquila el cuarto; claro, mira el apellido es Elías, Laura es la hermana de Teresa- dijo Mario.Bueno, pues ese tal señor, amigo del papá de Mario, ni más ni menos era Osías Karin. Sí, el protagonista de Osías y Laura. Tal vez esa carta, enviada en ese entonces, haga parte de las tantas cartas que usé para nutrir el libro. Mario, el amigo de la familia, ese estudiante de Cali que vivió en la casa del gran árbol de guayaba por allá en los 90s, sin saberlo, sin quererlo, sin ni siquiera pensarlo, terminó siendo uno de los partícipes e intermediarios de ese romance. De ese romance plasmado en mi libro Osías Y Laura.¿Cómo es posible que el papá de Mario tuviera un amigo llamado Osías y que ese mismo Osías quisiera mandarle una carta a Laura y que coincidencialmente ella viviera en la casa donde Mario, el hijo de su amigo, estaba viviendo temporalmente? No puedo entenderlo, más bien solo puedo disfrutarlo. La magia del amor.Gracias, Mario. Todo pasa por algo, todo lo demás lo pueden leer en el libro.

Emilia y Patrick en navidad (continuación)

(RECAPITULACIÓN: leer antes de comenzar—
…Sé que es complicado releer capítulos viejos, así que hagamos una recapitulación: Emilia y Patrick se habían cruzado coincidencialmente en el Transmilenio. Emilia es financiera e iba corriendo al colegio de su hija ya que había clausura, típicas clausuras navideñas de media mañana. Él, Patrick, nada qué ver con finanzas, era un sociólogo. Patrick se quedó con una pluma Lamy que ella dejó tirada en el Transmilenio. Una pluma de color verde……)

Emilia tenía 24 años aproximadamente, era lo que se conoce coloquialmente como mamá joven, como si no todas lo fueran. Él tenía ya como 47 años, andaba en su adultez en su máxima expresión, rodeado de sus libros y de sus estudios académicos. Ella, hablando de aplanamiento y del temor de la inflación; él, hablando de Flaubert y de la Ilustración de Steven Pinker.  

-¿Cómo será que le entrego la pluma verde a Emilia? – pensaba Patrick, ese era el diálogo que él se hacía para sus adentros. -Estamos en Navidad, cómo hago para volverla a ver, ya esta historia está muy larga, cortémosla, démosle fin, para bien o para mal. ¿Cómo hago para que los lectores ya vean el desenlace y continúen sus fiestas? Ya sé, ya sé qué hacer- continuaba perorando Patrick, mientras tomaba capuchino con alfajor.

El único bastón al cual él podía aferrarse era el siguiente: el día en el que Emilia fue al colegio de su niña, ella se detuvo en una tienda al frente a comprar rollos de canela. Él la vio comprándolos, por lo cual él supuso que a ella le podía gustar ese tipo de galguerías. 

Se acercó Patrick a esa cafetería, habló con una mesera, le dio un par de indicaciones y se marchó. 

-Mira, gracias, si la ves a ella, es pelinegra, es blanca, tiene rasgos orientales, es parecida a Tzuyu, una cantante de un grupo de k-pop llamado Twice, huele a Issey Miyake, usa botines rojos marca Vélez, es sofisticada, tiene veintitantos años, si la ve, seguro la recordará, ella vino en estos días y llevó como 4 cajas de rollitos de canela, por favor, entréguele esta pluma, dígale que no debe aventurarse uno nunca con la palabra amor, que ese término era ya de por sí comprometedor y acarrea prejuicios, hablemos más bien de gustos, de sonrisas, de estilo, el gusto es estilo, la literatura es estilo, el mundo está dominado por los escritores, los guionistas, los traductores y por los perfumistas, ellos dominan los sentimientos, dígale todo eso, dígale que en el parque donde pasean perros y hay una pequeña cancha de baloncesto, dígale que ahí estaré el jueves 30 antes del fin de año, en ese parque estaré esperándola, que si tiene alguna duda yo estaré ahí con dos magnolios en la mano, dígale que ya, esto hay que cortarlo de raíz- todo esto le dijo Patrick a la mesera de la cafetería. 

Todo explotaría ese día. Probablemente el mundo acabaría ahí, tal vez ese día podría haber un maremágnum, probablemente ella llegaría ese día muy puntual y se besarían, sonreirían y dirían “qué protagonistas de películas nos hemos convertido”, o probablemente ella nunca llegaría y él quedaría triste. Probablemente él se arrepentiría, él de más de cuarenta y pico y ella con más de veinte. Diferencias generacionales. 

Probablemente esto nunca ocurriría. La literatura trae consigo irrefrenables posibilidades. Una de ellas también puede ser que estas son letras incesantemente sacadas a la luz por un cerebro desvaído, infestado de techno y literatura del siglo diecinueve. Probablemente esto sea un ejercicio hipotético de imaginar escenarios, de siempre leer, de siempre querer arañar conocimientos, mientras uno lee otras historias. Probablemente la cultura trate de eso: de expresar y contar algo, solo por el simple hecho de releer y saborearlo, es tener en las dos manos, esas que escriben en este momento, el poder de generar una pequeña sonrisa, un pequeño desazón o un tímido ensueño. Emilia y Patrick son simplemente dos soldados de unas letras subversivas.

Ellos probablemente no existan y probablemente yo tampoco. De pronto son dos personajes de Anime o dos caracteres que navegan en libros diferentes. Pero el puente por el que transitan, es decir la literatura, esa sí que es real.

Emilia y Patrick: ella, comisionista y él, psicólogo

-¿A cómo vendes 20 contratos de 31s de los de Diciembre?- le preguntó el cliente a Emilia, apurando la negociación porque ya se aproximaba la hora de cierre del mercado. Emilia estaba con otra llamada, ya que estaban en la OPA de una empresa de alimentos, estaba recibiendo unas órdenes, y no le podía contestar tan rápidamente.

-Tengo a 113,8 pero es indicativo, tendría que confirmar si puedo comprar el spot, mira que no hay liquidez ahora luego del dato de decisión de tasas- le respondió ella.

-No, olvídalo, quedo off. My risk, te llamo luego mejor- y le colgaron. Así iba Emilia, cuadrando mil negocios. Tenía que salir corriendo a la estación de Transmilenio porque era el día de clausura del colegio de su hija de 6 años. Ella le había prometido no faltar, su pequeña bebé tenía que disfrazarse de pastor (no castor, como el famoso comercial de televisión, vamos castores vamos), le habían pintado bigote y barba, típicas alpargatas y pico’e gallo. Eternas obligaciones de niñeces que se esfuman, que nunca son lo suficientemente largas.

Fue corriendo a la estación de la calle 72, no sin antes comprar un agua con gas, un ramo de flores, unos Halls y un Toblerone grande, su chocolate favorito, para regalárselo a su hija. Iba retrasada unos quince minutos y no imaginan cuánto rezaba ella para que ese lapso de retraso no se aumentara más. Tick, tack, tick, tack. Digamos que por eventos antiprovidenciales, la ruta que iba hasta Calle 146 se retrasó más que las otras, debido a arreglos en la vía. Luego varios minutos pudo meterse por fin en el articulado.

Cuando llevaban unas cuadras de recorrido, se subió un improvisador, uno de estos magos que veo siempre en Transmilenio quienes, con una caja de sonido y bastante ingenio, le lanzan líneas ahítas en picante a los pasajeros. Los troveros de la Bogotá urbana. Empezó a sonar la música, con un ritmo de base una canción del grupo La Etnnia.

Vamos, mi gente, ahí vengo yo a cantarles

Con estas tonalidades su humor deleitarles

Pero a quién veo aquí, a esta reina de belleza

Qué mujer tan linda pero cómo así este señor

Ese señor que va al lado que parece un malhechor

No mentira, señorita, era con humor

No quiero que se le opaque a usted esa belleza

Ese señor para mí que tiene pereza

Una de las eternas armas para evadir la sociedad es hacerse el dormido, ella aplicó eso para ver si podía despejar su mente estos minutos, a ver si ocurría un milagro y alcanzaba a llegar donde su hija a tiempo. Qué cosa. Pero bueno, la energía de este man improvisador la desarmó, no pudo evitar sonreír, darle cinco mil pesos y tampoco pudo evitar mirar hacia la derecha para ver quién era el señor malhechor que tenía pereza. Ahí estaba él, Patrick, con toda la atención puesta en el gran cantante del momento, muerto de la risa y haciendo ademanes como tratando de decir “cuáles, yo no tengo pereza, jajaja”. Emilia no pudo evitar sonreír y en esas miró el libro que Patrick llevaba en su regazo. “Problemas de la psicología y la crianza en pleno siglo XXI: cómo afrontarlo”.

Wow, el señor de al lado o era un psicólogo o le interesaban esos temas. Tenía una sonrisa que, dentro de los parámetros normativos de la belleza, cuajaba dentro de lo medianamente aceptable. Era una forma de decir, para ella, que él en verdad se reía muy lindo.

Sí, él sonreía muy lindo.

Pero ya, Emilia llegó a la estación Calle 146. Debía bajarse inmediatamente. Patrick comedidamente le dio permiso para que ella pasara.

-Uy, ella huele a Pleats please, de Issey Miyake, wow- dijo él para sus adentros.

Emilia llegó corriendo, en punto de las 11 de la mañana, luego de coger un bicitaxi que, con bastante irreverencia, sorteaba los semáforos en rojo de las calles transversales. Boom, llegó al salón y en ese instante la profe Eloísa le medio alzó la ceja y empezó perfecto la función. Estaba divina su bebé de 6 años, ahí difrazadita. Emilia puso su celu en modo avión y captó todo, sonrió, tomó fotos, saludó a los demás padres de familia, comieron natilla, tinto y degustaron las inimitables, míticas empanadas que siempre ofrecía el colegio en sus eventos. Como si no fuera suficiente el amor que uno le tiene a la hija, como si no fuera el mayor regalo del mundo verla bailar en las presentaciones, ir al colegio a comer empanadas agregaba más argumentos en pro de la placidez.

Patrick iba a su casa luego de dar una charla en una universidad del centro de la ciudad. Ahí había estado departiendo sobre varios temas de crianza, de teorías sobre lo que está bien o está mal, sobre cómo llenarse de argumentos para cuando hay un mal momento, él era extremadamente talentoso al momento de dar pautas para sentirse mejor. Debía ir a su casa un rato, iba a preparar café, había comprado filtros y tenía la intención de adelantar unas páginas del libro que escribía. Tenía 4 horas libres, para luego volver a iniciar travesía para dar clase de Sociología en pregrado de 2 a 4pm.

Cuando él se bajó del Transmilenio, una estación después, más al norte, cogió un taxi; Sin embargo, nada que llegaba a su casa porque había un trancón. Debido a que estaba apenas a cuatro cuadras de la casa, le pagó al taxi y se bajó, para proseguir a pie.

– “Porqué será que hay tanto trancón”- se preguntaba Patrick.

– Ah claro, verdad, es porque hay clausura en el colegio La Alhambra y se está acabando en este instante, qué cosa, siempre pasa lo mismo, se colapsa toda la cuadra- se respondió a sí mismo Patrick al cabo de dos segundos.

Emilia iba saliendo de afán del colegio, mientras a Patrick se le hizo verla.

Por un pequeño instante, sintió Patrick un delicioso olor a Pleats Please. El bello y efímero aroma de la feminidad.

-¿Porqué tanto afán?- 

-Este aroma se me hace conocido- dijo Patrick, haciéndose el que miraba para otro lado, como mirando hacia el cielo. -Podría jurar que es la deliciosa Pleats please de Issey Miyake, aunque uno nunca sabe, ¿será que le atiné?- le dijo Patrick a Emilia, encontrándosela ahí de frente, ella plenamente saliendo del colegio y él plenamente atafagado tratando de llegar a su casa.

-Jajaj, hey, tú eres el que estaba al lado mío en el Transmilenio- le respondió Emilia. Ella tenía muy presente su sonrisa y el libro que él llevaba en su regazo, uno relacionado con Psicología. -Vaya coincidencia, de razón el afán con el que saliste, qué pena, no puedo tratar a la gente de Usted. Venías para este colegio, yo vivo por aquí cerca- le respondió Patrick.

-Sí, claro, venía a la presentación de mi hijita, se tenía que disfrazar, típico- decía Emilia, un poco acalorada por ese picante sol del medio día, ese sol picante de clima frío que anuncia implícitamente un aguacero posterior. -¿Y tú vives por aquí o trabajas por aquí o qué?- le preguntó Emilia, evidentemente  bajo un halo de confianza. Así haya gente desconocida, uno sabe cuándo preguntar algo y cuándo callarlo.

-Sí, sí, vivo por aquí, cerca de la peluquería de Johny, por aquí cerquita. Aprovecharé un par de horas para escribir unas cosas y vuelvo a salir- le respondió Patrick. 

-Qué bien. Te deseo mucha suerte en todo- le dijo Emilia.

-Gracias. Oye, mira que ahora que tengo presente, cuando saliste del Transmilenio una señora no sé, no recuerdo bien, pero te gritó porque se te había caído algo, ¿será posible?- le dijo Patrick.

-Ay sí, seguramente, mira que ahora que tuve que firmar la asistencia en la clausura, iba a firmar y no encontraba mi pluma Lamy amarilla, juré que se me había quedado en la oficina pero no, claro, yo la tenía, estaba subrayando un libro en el Transmi y se me cayó, qué rabia- dijo Emilia. -¿Quién sería la señora? esa pluma es fina, en serio qué tristeza- decía Emilia, mitad perorando y mitad comentándole a Patrick.

-Ni idea. Que estés bien. Oye, última pregunta: ¿sí acerté?- preguntó Patrick.

-Jaja, eso queda en tu imaginación, si supuestamente eres tan bueno con las fragancias, con Chanel, Lancome y Carolina Herrera, no deberías preguntar si estás o no en lo correcto- dijo Emilia. En ese momento un camión pitó, unas niñas se reían bastante duro, pasó una moto y empezó a transitar más gente de lo habitual, generando capas y más capas de ruido, de imágenes superpuestas. Todo se empezó a difuminar y no hubo más interacción. Ese famoso sol de medio día se iba escondiendo, ya casi venía la lluvia.

Patrick llegó a su casa, se quitó sus botas Palladium, se sirvió jugo de naranja, puso acid jazz y empezó sus labores, no sin antes retomar uno de los 5 libros que andaba leyendo: “Las ilusiones perdidas” del gran magnánimo Balzac. Nadie es mejor que él, o bueno, es uno de los mejores escritores. Tenía pendiente ver cómo iba desenvolviéndose la historia de Lucien, un escritor que llegó a París desde la provincia. Este libro transcurre durante la revolución de 1835, imaginen no más el París de esa época, demacrado y fragmentado luego de la gran Revolución, con R mayúscula, de 1789.

Él continuaba leyendo. Para Patrick no había mejor actividad que leer, era mucho mejor que conversar, mil veces más interesante que hablar, pero pues conocer una niña como Emilia bien valía la excepción. El perfume de una niña es su huella, es la credencial de su alma.

Antes de empezar, miró para todos los lados, por la ventana, se aseguró que no hubiera nadie y sacó de su bolsillo la pluma Lamy amarilla. La que se le cayó a Emilia. Dijo para sí mismo: -Vea pues, con que esta pluma es fina, vamos a ver cuándo me la vuelvo a encontrar- 

Osías y Laura + La vida en finanzas: el baúl de los recuerdos….

Hace poco, en una de mis sesiones semanales con estudiantes, algo que no llamo clases académicas sino así, sesiones de 6 a 10 de la noche, les mencioné un artículo que yo había escrito hace un par de años. Ese artículo intentaba explicar, con una analogía, dos conceptos importantes en las finanzas: los Forwards y los Futuros.  Hice el comparativo, referente a que una camiseta de una tienda de cadena (no sé, por ejemplo Falabella), hecha en serie, todas igualitas, se asemejaba a un futuro y una camiseta mandada a hacer con diseñador, a la medida y con una tela exclusiva, se asemejaba a un Forward. 

Me puse a ver más artículos viejos y releí algunos, releí lo que yo escribía antes. Es que a los lectores nuevos, que son varios, les explico: hace bastante tiempo yo empecé a escribir un blog diario políticamente correcto y profesional, con la intención de explicar lo que pasaba con el dólar, con los bonos del gobierno (que se llaman Tes) y cosas así. Ese era el plan inicial, formal y ortodoxo. Luego me empecé a emocionar y le empecé a meter percepciones de la vida, libros que andaba leyendo, revistas, frases, series, películas y lo que era solo finanzas se convirtió en un concepto cuyo nombre sería el que luego adopté para mi propia página web: La Vida en Finanzas. aquí el link: http://www.lavidaenfinanzas.com

El ejercicio diario y estricto (y al decirles diario y estricto me refiero exactamente a que todos los días hábiles a las 6 de la mañana, pasara lo que pasara, la gente recibía el mail con lo acontecido el día anterior) propició la unión de más y más gente, más adeptos, que querían recibir sus dos-tres párrafos diarios de percepciones financieras y no financieras. Tal cual, la vida en finanzas. Siempre utilizaba el mismo derrotero, la misma espada de batalla: que lo entendieran mis papás, mi tía, mi jefe, mi cliente de Nueva York o mi primo arquitecto. Cualquier persona.

Hice un villancico, me inventaba crucigramas, poemas, retruécanos, hice varias analogías que incluso sigo reseñando, hablé de Djs, de fiestas, de cocktails, de descripciones de platos, de canjes de deuda, de colocaciones, de coberturas, de libros. Siempre. Y pues sí, era un informe diario, que se podía leer al cabo de dos días, pero no tenía el mismo efecto, ya que los datos ya caducaban, el artículo perdía vigencia por decirlo de alguna manera. Por lo tanto, a la par de mi artículo empecé a escribir mi libro, algo que fuera más a largo plazo. Mi bello y ansiado libro, la mezcla entre aspectos reales y fantasía, ese hijo mimado gestado en 2017 llamado OSÍAS Y LAURA. Este sí que sería algo imperecedero.

Como cuando los hijos crecen, pues hay que dejarlos ir. Y ya OSÍAS Y LAURA nació, ya está circulando y no puedo modificarle su estructura. Debo volver a la mascota, podría volver a mis informes diarios. Podría volver a escribirles sobre esta locura de los Tes, sobre las tasas del Banrepública, sobre mis libros que leo, sobre el pop, sobre el drum & bass, sobre el K-pop tal vez, o sobre el delicioso capuchino que tomo mientras leo a Balzac. Los temas y las ganas de escribir siempre están ahí, son esas ganas que siempre están durmiendo al lado mío.

La escritura y la lectura es esa amante furtiva que siempre me hace ojitos, que nunca me desampara, así algunos días o meses la deje olvidada. La cultura siempre está en mí, varios años adelante y ya con mi primer libro a cuestas.

La vida en finanzas volverá.
En mi instagram @kemistrye pueden ver más cosas y mi última mezcla que hice (sí, también soy DJ) la pueden oír aquí,  tiene que ver con todos los ritmos rotos deliciosos como el jungle y el Drum & bass:

https://www.mixcloud.com/jorge-ruiz8/broken-rhythms-1/

Nunca está de más divagar….

Luego de leer varios autores, cuyos nombres ya he mencionado varias veces, confirmo el valor de las divagaciones. ¿Cómo definiría esto? para mi las divagaciones se dan cuando el pensamiento habla, cuando la mente se pone a hacer sus monólogos. Iba caminando y pensaba que muchas veces estoy callado, muchas veces no quiero hablarle al prójimo, pero me percataba que mi ser no estaba sintiendo ninguna tristeza o depresión. ¿porqué si estaba feliz no quería hablar? concluí que sí, que el no querer hablar con nadie puede estar motivado por la más profunda tristeza o depresión, pero también puede estar motivado por la más deliciosa placidez o felicidad. Sí, me lo permití aceptar, no querer hablar no tenía que ir de la mano con estar triste. Es más, no hay necesidad de salpicar la placidez con palabras exteriores. Pasé la página. 

Ando viendo una serie en Amazon Prime llamada “Mixte”, sobre un colegio, el instituto Voltaire, en París de los años 60. No sé qué tengo con esa época, por este lado me llama, por otra película “Madame Claude” me llega lo mismo y al ver otra película, llamada Birds of Paradise, sobre el ambiente competitivo del ballet, me impregné de ese espíritu parisino. Pero bueno, la profesora del instituto se quejaba porque los jóvenes de esa época solo hablaban de un tal Elvis Presley, solo querían ver las caderas de Brigitte Bardot; decía que la adolescencia estaba en decadencia. Sonreí, qué cosa con los adultos siempre pensando eso.

Luego abrí un libro que ando leyendo, “las ilusiones perdidas”, de Balzac, y en los comentarios previos decían que este libro narraba, entre otras cosas, la vida de los jóvenes en 1820, es decir, los que nacieron en 1800 luego de plena Revolución Francesa. Y sí, escarbando entre épocas, veía que la idea sobre los jóvenes siempre es la misma. Puede ser tan equivocada como acertada. Siempre podremos decir que la juventud es de tal forma y creemos que estamos en una época en la que no se puede ser peor. Yo digo que siempre será igual, además siempre los que son jóvenes y aparentemente modernos inevitablemente crecerán y llegará el momento en el que vean un programa o una canción de moda que no conocen, y ahí el ciclo se repetirá. Nada más cíclico que pensar que la juventud está perdida.

Luego fui a Apple TV y andaba viendo una serie sobre todo el universo matemático creado por Isaac Asimov. La serie es bastante ostentosa y ambiciosa, se llama Foundation. Pues bien, varios términos repasé, como por ejemplo la base 10. En este momento todo lo hacemos en base 10, de hecho como contamos (1, 2, 3….) está basado en la base 10. Pero la protagonista hablaba de base 12, que tiene más factores que el 10, o de base 27, según ella el número de partes del cuerpo. Varios conceptos sobre los números primos, tanta cosa que quedé embebido y emocionado, tan es así que ando leyendo un libro sobre Números Irracionales. El conocimiento y la placidez es infinita, pero para eso hay que escarbar. Y sí, no es necesario conversar.

Los dejo, debo dejar las letras ahora y meterme en ese mundo. Hay que ser racionales con lo irracional. 

P.d. ya está mi nuevo mix hecho…
Bueno, ya saben que en mi página http://www.lavidaenfinanzas.com habrá más divagaciones y aquí está mi último mix, tiene todo lo mejor del uplifting trance. DENLE PLAY PARA ENRUMBARSE, HOY DOMINGO O CUANDO SEA: para la cultura no hay día.

Bajo las estrellas de parís

¿Qué harías si vives en la calle, si eres un mendigo rebuscando el pan diario, a merced del fulgurante sol si estás en clima caliente o con la amenaza de las madrugadas heladas si eres de clima frío? Estás en tu rebusque, durmiendo en un caño, arropado con el periódico de ayer, ¿qué harías si te encuentras, en medio de basuras, perros famélicos, restos de comida, icopor y cartón a un niño? El niño no habla tu idioma, de hecho el niño no entiende nada de lo que tú hablas. ¿Qué harías? Difícil decisión, difícil dejarlo tirado pero también difícil acogerlo, ¿cómo lo abordarías? ¿cuál es su historia? ¿a qué le apuestas?

Ahora situemos esto en París. La pluricultural París, una gigante e impávida ciudad donde conviven mil culturas. Algo así es el tema de “Bajo las estrellas de París”, una bella película que pueden ver en cine ya desde el 2 de septiembre de 2021.  Pues bien, el niño que la señora de la calle se encuentra se llama Suli y es de una ternura inconmensurable. Vamos a ver qué sigue ocurriendo. Hay varios cines donde la presentan, no es sino que busquen en su ciudad y googleen el teatro. En verdad es como una hora y 30 minutos de lindos sentimientos, de silencios a veces incómodos, de jugarretas motivadas por la señora, inventándose cualquier tipo de nariz de payaso, de gazmoñería, para tratar de entrarle a Suli, tratar de averiguar su pasado para ver si así puede intervenir y mejorar su futuro.

Si el tema de la película lo traslado a mi realidad, encontraré varios ejemplos. Hace poco salí a caminar con mi bebé hermosa, íbamos a comprar helado. En el transcurso me encontré a mi amiga Sheila, una niña del Chocó que vende bolsitas de basura en el semáforo: ya somos amigos, es muy linda. Luego caminamos dos cuadras más y me encontré al parcero que cuida carros, me contó que su hijo fue llevado al ejército al Caquetá y andaba preocupado por lo que le pudiera pasar. Hablamos de rap, incluso él creía que yo era un artista, bueno en parte lo soy. Cualquier ayuda es mínima, decía yo para mis adentros. Ellos son mis amigos de caminatas, los amigos que uno forja en un semáforo, en un pare, pasando la calle, solo abriendo un poco los ojos.

Ellos, cada uno con sus historias. Bajo las estrellas de París o bajo las estrellas de Bogotá.

Una regla de cálculo en 2021

Estaba yo caminando una noche a las 9pm y los señores porteros del conjunto residencial, Nelson y Dídimo, se me acercaron, comentándome algo muy parecido a lo que viene a continuación:
-Don Jorge, cómo me le va, lo que pasa es que por ahí encontramos algo, no sé bien qué es, pero pues yo lo he visto con sus libros, siempre por ahí paseando, oyendo música y bueno, probablemente esto le pueda interesar- me dijo uno de ellos.
-¿Qué podrá ser? Muéstrame- le respondí yo, bastante inquieto.
Me mostraron un estuche plano de cuero, de unos 16 cm de largo por 5cm de ancho. Empecé a sacar lo que había adentro, empecé a desenfundar una especie de regla, así como un samurái desenfundando su katana, como un jedi desenfundando su sable de luz. Poco a poco lo que empecé a ver me empezó a deslumbrar. No podía creer ver lo que estaba viendo.
-¿Qué será lo que es eso, don Jorge?- me dijo él, -parece como una regla, es extraña-.

Yo en verdad me emocioné muchísimo, ellos pueden dar fe de mi asombro. En el libro de “Alex en el país de los números”, uno de mis libros favoritos, ya las había oído mencionar. Cuando la abrí me di cuenta de lo que era, no podía ser otra cosa: una hermosa regla de cálculo ARISTO número 89 hecha en Alemania. Es una belleza, en verdad no podía creerlo. Eso sí es una obra de arte.

-Oigan, no se imaginan lo que esto significa para mí, esto es una regla de cálculo. Esta regla de plástico con varias escalas se usaba antes para sacar logaritmos, para elevar, para multiplicar, fíjense, cada escala sirve para algo- les empecé a decir totalmente embelesado. Claro, ver una especie, no en vía de extinción, sino más bien totalmente extinta, era una absoluta serendipia, era un maremágnum en mi sed de conocimiento, pero más bello, incluso más bello aun fue el detalle que tuvieron ellos conmigo, es ellos haber encontrado esa regla en la basura, en algún lado, y haberse detenido un momento y decidir que me podría servir a mí. ¿Porqué a mí? Siempre he pensado que cuando algo me ha de llegar, me llegará. Y pues sí, me llegó esa hermosa regla, ¿quién sería el dueño? Algún señor de 80 años que la usó en los años 40 durante sus estudios universitarios, tal vez con esa regla pudo realizar algún cálculo topográfico. ¿Quién pudo haber sido el dueño, la dueña? ¿Una maestra de algún colegio distrital en los años 60? Qué belleza.

Ahora soy yo el dueño. La regla de cálculo fue diseñada por William Oughtred, un ministro anglicano, en 1623. Hay unas más avanzadas que otras, la que yo tengo puede elevar al cuadrado, elevar a la 3, sacar el seno (no piensen mal ni alcen la ceja), sacar la tangente, el logaritmo y multiplicar con tan solo deslizar la regleta del medio. Es impresionante la precisión. Precisamente un señor llamado Peter Hopp manifestaba, sin miedo a equivocarse, que entre 1700 y 1975, “todas y cada una de las innovaciones tecnológicas se hicieron gracias a una regla de cálculo”.
No puedo de la emoción. Claro, en Youtube busqué tutoriales para aprender a usarla bien. Los resultados son descrestantes. Esta regla fue la reina, fue la aliada de técnicos, matemáticos, profesores, inventores hasta que en 1975, llegó un meteorito que cortó de tajo ese planeta de las reglas de cálculo, fue el meteorito que zanjó de raíz, que se llevó arrasando todas las escalas, los estuches de cuero, todas esas reglas que habían sido fabricadas unas en hueso (las primeras) y otras en plástico (las últimas). Ese meteorito fue la Calculadora de bolsillo.

La calculadora ofrecía los cálculos inmediatamente, además era barata. Sin embargo, los aficionados a las matemáticas recuerdan estas reglas como un objeto de culto, yo me uno a ese grupo. Qué bello recordarlas. Qué orgulloso y afortunado me siento al tener, al lado de computadores avanzadísimos de 1 Tera de memoria, al lado de música hecha con algoritmos de Ableton y loops sofisticados, al lado de smartphones que toman fotos espectaculares y hacen mil cosas a la vez. Junto a todas estas cosas, en mi caverna donde están mis libros, mis colores y todo lo mío, reposa ahí esa hermosa regla de cálculo Aristo 89, regalada por ellos.  Por Dídimo y Nelson.
Una regla de cálculo en pleno año 2021.

Qué delicia sería no dormir

Este fin de semana me vi un capítulo súper esperado de una serie llamada Modern Love, en Amazon (recuerden: la vida televisiva no consiste solo en Netflix). Creo que es una de las series más lindas que he visto; la primera temporada fue hermosa y la segunda, por la que voy, también pinta impresionante. El hecho es que hay un capítulo en el que se conoce un hombre y una mujer en una provocativa cafetería en New York City. Resulta que ella tiene un trastorno o condición llamada “Síndrome del sueño retrasado”. Ella explica que es una alteración del ritmo circadiano, así que se duerme a las 8 de la mañana y se levanta a las 5pm. Estando en su hora productiva a las 10pm conoce a un tipejo que vive su sueño y su vida de una manera, entre comillas, normal. Hablando de eso, ella le dice que no, que más bien hay varios tipos de vivir en normalidad. Luego se conocen: ella una persona activa de noche y él, un señor activo de día. No les cuento más, vayan y alisten las crispetas.

Este tema trajo a colación algo que siempre me ha encantado. Siempre he pensado en que me encantaría hacer lo cotidiano, bañarme a las 7am, trabajar, almorzar, en la tarde trabajar, coger el transporte, dar clases, coger buses, llegar a la casa, comer, ver tele, se va haciendo de noche, lavar platos, ponerme el piyama o la piyama, leer, pintar, hacer mixes, escribir, despedir a las niñas que se van durmiendo porque al otro día deben madrugar, luego cumplir las labores biológicas necesarias maritales, el coqueteo, despedir a la cónyuge de un beso en la frente y listo, es la 1 de la mañana. Ahora empieza la segunda parte. Siempre pensaba que luego de eso cotidiano, me iría para mi caverna u oficina, me pondría ahí sí a leer, a disfrutar de mi soledad, de mi epicureísmo, tal vez saldría a caminar un rato, por toda la carrera 19 absolutamente vacía, escribiría, pintaría, oiría música, podría verme otras dos películas más, tomaría café cuando que, uff, ya son las 6:30 de la mañana, debo sacar a mi perrito, levanto a las niñas y me baño a las 7am nuevamente, para que el día laboral y aparentemente normal comenzara de nuevo.

Me encantaría eso. Siempre lo decía, decía que qué delicia ser vampiro. En la serie Modern Love no era estrictamente así, ya que la señora dormía de día. Me encantaría no dormir, pienso que dormir está sobrevalorado. Eso lo dijo Kate, una niña de otra serie (The bold type). Obvio hay que dormir, es algo biológico, pero como actividad, si de mí dependiera, qué delicia sería no hacerlo; aunque lo delicioso y realmente valioso sería no hacerlo mientras el resto sí durmiera.

La señora en la serie decía que le encantaba caminar por su barrio desolado a las 3 de la mañana, saber que la ciudad está toda lista para ella. Me encanta sacar a mi perrito a la 1 de la mañana y pararme en plena mitad de la calle y que no pase ni un carro. Les confieso, varias veces he hecho eso. Sentir el sonido de la calle en silencio, virgen, presta a ser seducida. Es un periodo solo para mí, es mi posesión ígnea, la noche es mía totalmente, mientras todos duermen. Nadie habla, no hay posibilidad de insolarse.

Los dejo, ya está amaneciendo, me debo ir a hacer la siesta.

La revolución de los colores


La labor de la escritura tiene varias aristas. Está por un lado quien tiene un diario, escribe para sí mismo y en este caso el acto de escribir cumple la función de catalizador, de liberación, de desahogo. Quien lo hace no necesariamente querrá que lean sus memorias, es algo más íntimo. Está también quien quiere contar una historia con el objetivo de hace reír, de hacer llorar o de hacer remover la más recóndita de las fibras. Introducción, nudo y desenlace.
Luego me meto yo ahí como en el medio de estos dos objetivos, simplemente divagando aquí e ilustrando varias ideas que me han llamado la atención, palabras nuevas, series interesantes, libros y tendencias. La vida culta está llena de estímulos, siempre hay cosas nuevas por aprender, el mundo es demasiado gigante, además cada mundo es una infinidad de culturas y si las multiplicamos por las diferentes épocas el abanico se abre: es saborear la cultura, es solazarse con ese libro antiguo mohoso de hojas amarillas, es concentrarse en esa serie o película que no quieres dejar, es disfrutar el teclado de una canción que bajé en Apple Music sin la cual la vida sería más aburridora. Cada uno de esos ítems es un dije, cada uno es un ladrillo que va conformando una edificación sólida, una casa hermosa, imperecedera, que nadie tumbará. Esa es mi mente. Tu mente. La mente del consumidor de cultura.
Eso somos, eso soy. Un consumidor de cultura. Consumir no significa memorizar. Alguien me preguntaría por ejemplo cómo era exactamente la trama de Ana Karenina o de cualquiera de los cientos leídos en el pasado. Diré, no con vergüenza, sino con orgullo, que no me acuerdo. Lo leí, lo disfruté pero no recuerdo. Pero algo me queda. Antes hacía el ejercicio de escribir lo que se me fuera viniendo a la mente y yo mismo me sorprendía de denotar zonas geográficas de Francia, nombres griegos y escritoras estadounidense que en la superficie no estaban, pero que había leído antes. No importa exactamente saber qué ocurrió, lo que importa es saber que gocé leyéndolo, recordar lo que sentí. Recuerdo vívidamente cómo iba leyendo en el Kindle en 2014 a Ana Karenina, cómo gocé, cómo me conmovió el final. Cómo gocé leyendo a Carmen Posada, a tantos, a tantas. Eso es lo que importa, ella (o bueno, él, Tolstoi) ayudó a poner ese ladrillo.
El escritor es un obrero.
Me llama la atención quien no lee, me llama la atención quien empezó a leer este artículo y lo dejó a medias y no está leyendo esta línea. Quien dejó una serie en visto y no supo saborear el final, quien se terminó disipando. Cómics, películas vanguardistas, películas ochenteras básicas. Hace poco vi una película rusa que transcurría en San Petersburgo, con unos muchachos ladronzuelos en patines de hielo. Luego contrastar esto con otra que vi hace poco, dirigida por Almodóvar, en una Madrid noventera bastante aburridora. “La realidad debería ser prohibida” decía una de las protagonistas, no sé si Rossy de Palma o quién era. Contrastar la belleza de la protagonista rusa, Sonya Priss, en Silver Skates, con los rasgos bruscos de Rossy en La flor de mi secreto. Luego ver la historia de María Estuardo en Mary Queen of Scots, magistralmente interpretada por Saoirse Ronan. Luego ver las 4 horas de La Liga de La Justicia. La cultura es contrastar.
Sí, siempre me llamará la atención quien no lee, quien no se emociona, quien vive la realidad como único o principal derrotero, dejando los designios mentales al discurrir de los periódicos, de las legislaciones y de las normalidades. Quien deja los designios en manos de las conversaciones.
Luego compraba unos lápices Faber-Castell de cuerpo negro, no color beige como siempre habían sido. La revolución de los colores. Con ellos dibujé a Olafo, sí, el clásico, pero también Anime actual, la convivencia de lo nuevo con lo clásico. Nuevos muñecos y peluches como Rilakkuma. Siempre la música de fondo: ¿porqué siempre debemos añorar lo viejo? Sí, Edith Piaf es hermosa, todo lo de las Valquirias y los Nibelungos de Wagner, sí, la música concreta y lo barroco pero también el último jungle recién salido de los estudios de Londres, los comebacks de los idol groups de Korea. Claro, nosotros le llamamos K-pop, allá ellos le llaman idol groups. Es hermoso todo lo que tiene que ver con el K-pop, hay muchos términos: las maknaes, los comebacks, las sub-unidades, el bias, el hiatus. Ser experto ahí pero no quedarse ahí: está el jazz, el trance de Holanda, el rock de The Y Axes de San Francisco.
El diletante cultural siempre va sacando los ases debajo de la manga, debajo de su blazer fino, de su hoodie Vans blanco.
Todo lo obtenemos de afuera y como dijo Coco Chanel: lo más importante en la vida es gratis y lo segundo más importante en la vida es carísimo. Y sí. Está la moda, las lociones, los cuellos plisados, los tenis de suela gorda de Valentino, las bufandas Burberry, el estilo, el maquillaje. Es pintarse las uñas, es lo hermoso de lo binario, es derribar estereotipos, es simplemente ser auténticos. Que los hombres usen falda, como esa de lino escocés que una vez usé y aun tengo en mi armario.
Sí, la revolución de los colores.
Esto fue un 0,001% de todo. Algo le quedará a alguien, alguien tal vez ahora al final esté sonriéndome. Lo logré.

Qué eligen? contemplación o nostalgia?

Tenía algo en mente, lo tenía clarísimo, tenía una maqueta de cómo podía plasmarse, cómo iba a ser escrito, pero se fue. La musa se fue, esa Musa con mayúscula mencionada en La Odisea, libro que muchos siguen viendo como un ladrillo sin darle una segunda oportunidad. Le damos segundas oportunidades a la gente, a la pareja que se equivocó, al hijo emprendedor fallido, pero no le damos segundas oportunidades a un libro que probablemente no tuvo su oportunidad de éxito en alguna época pero de pronto ahora sí. En su biblioteca seguro hay libros esperando segundas oportunidades.

Lo que quería plasmarles es que podemos decidir la contemplación o la nostalgia. La primera es vivir el presente y la segunda vivir del pasado. Vivir ya o aferrarnos a lo vivido. Salir a caminar, eso sí solo, la contemplación no puede darse en compañía, a su propio ritmo y detenerse para mirar un perro raza crispeta ladrarle al vecino. Verlo como se vuelve cascarrabias, luego ver un indigente que va jugando con la carretilla, simulando competir en la fórmula 1. Antes me sentaba en un jardín al lado del Museo Nacional, con una capucha para cubrirme del sol. Creaba mi propio silencio. Sí, contemplar, sí, pero tratar de no quemarse, nada genera más arrepentimiento que confiarse y luego estar a las 10pm con la frente carmesí, la piel mustia y el ánimo enardecido por no haberse cubierto la cabeza. Contemplar, llevar colores con los cuales subrayar un libro. Ser cultos.

¿Decían por ahí que es sacrilegio subrayar? Probablemente lo sea. Probablemente entonces soy el más sacrílego por imprimirles mi sello. Pero no es solo leer, es mirar el bus pasar, mirar el ahora. Ya no sé nada del pasado, no añoro, no podemos añorar. Acaba de pasar un bus y huele a humo, luego llego a la casa y huelo unas especias que me regaló una amiga de Turquía. Henry David Thoreau se fue a vivir al campo y escribió uno de los tantos libros que leo en este momento: “Una vida sin principios”. Decía que así de ineficaz es la conversación cotidiana. Es probable que sí. También estoy seguro que puedo hallar ese silencio en el ruido, no tengo que irme al bosque.

Nosotros podemos armar nuestro propio silencio. Y, claro está, disfrutarlo.

Bueno, aparentemente volvió la Musa.

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