La noche en la que el Disco murió

Era el 12 de julio de 1979. Mientras en una cuna de Popayán yo cumplía 6 meses de vida, mientras era un bebé inocente que no sabía nada, en la ciudad de Chicago, más exactamente en un estadio de béisbol llamado Comiskey Park, se reunieron 70 mil personas, enardecidas, salidas de la ropa, dispuestas a aniquilar por siempre, con fuego y odio, a la música Disco. Parece ficción pero tristemente fue verdad.

A principios de la década de los 70s, se empezó a formar un género de música cada vez más bailable, derivado de la progresión natural del Rhythm and Blues, de los ritmos africanos, del Soul y hasta del Jazz. Se le empezó a llamar música Disco. Dicen que la primera canción de música Disco se llama “The love I lost” de Harold Melvin, la pueden buscar si quieren. La gente empezó a asistir a las discotecas, las cuales más que todo eran de gente afroamericana, de latinos y de homosexuales. Ellos fueron los que le empezaron a poner sabor, sudor y beats más profundos a las pistas de baile. Claro, conocemos a los comerciales Boney M o a Gloria Gaynor, pero lo que estaba por debajo era bastante más fuerte y underground. El Disco desbancó todo, hasta al más tradicional rock de gente blanca en Estados Unidos.

Era tal el éxito que la gente eso era lo que quería bailar y oír en las emisoras. Incluso hubo un locutor de radio llamado Steve Dahl, un personaje tradicional allá en EEUU (hagan de cuenta un Pacheco), quien perdió su trabajo ya que él ponía música blanca, rock clásico y baladas. Se quedó sin trabajo y así con mucha gente. Ustedes saben que no hay nada más tradicional que la clase media trabajadora estadounidense. Todos empezaron a ver a la música Disco como el demonio, los vicios, la concupiscencia de las almas, lo sucio, lo feo, lo intruso.

Entonces Steve Dahl empezó a hacer campaña para que toda la gente que odiaba el Disco, y por ende a los homosexuales, a los “negros” y a los latinos, se reuniera ese día, el 12 de julio de 1979, durante un partido de béisbol. Incluso, la asistencia a ese deporte había disminuido mucho, a lo que Steve, en consorcio con los dueños del estadio, propuso lo siguiente: “Tranquilos, si no tienen dinero, hoy la entrada vale US$1 solamente, pero lleven un acetato de música Disco, para quemarlo allá”. Todo el mundo le empezó a hacer caso, llevaron sus discos, el número de gente que llegó fue 70.000, en un estadio como que normalmente albergaba mucho menos. Obviamente el partido no se jugó, todo se salió de las manos, hicieron una montaña de discos y a la cuenta de tres, uno, dos, tres les prendieron fuego, pólvora, creando una explosión apocalíptica. Qué dolor más grande.

La gente gritaba: ¡DISCO SUCKS!, ¡DISCO SUCKS!, los policías estaban tan absortos, tan impotentes, que no podían hacer nada. Los racistas, xenófobos, homofóbicos, extremistas religiosos de raza blanca de clase de media de Estados Unidos estaban aniquilando, estaban asesinando una cultura. Ese día mataron a la música Disco.

Ese día murió la música Disco. QEPD.

P.D. Esto no podía morir. Si creían que lo habían matado, pues simplemente se había quedado dormido, estaba sanando esas cicatrices del fuego de ese día, durante años el underground siguió, todo deliciosamente se fue nutriendo de más raíces, de más vísceras, de más brazos. Ahí mismo, en Chicago, luego en los 80s nacería algo llamado música house. Dijo Francesca Royster, una profesora y activista, “La música House fue la venganza de la música Disco”.

Y vaya venganza. El resto es historia. Tal vez la más sublime de las historias. La música nunca podrá morir.

Síndrome del nuevo Milenio

En abril de 1999 salió una nota en el periódico, la cual es tan tan curiosa que reproduzco a continuación en su totalidad:

“BEBÉ MODELO 2000: ¿Ya tiene plan para esta noche de viernes? ¿Qué tal ponerse románticos, pensar en el futuro e intentar encargar un bebé? ¿Le suena la idea? El plan por sí solo pinta interesante, pero si necesita más estímulos, no olvide que si hace bien su labor y la suerte lo ayuda, su hijo podría ser uno de los primeros en nacer en el próximo milenio, según lo sugieren los especialistas norteamericanos. También recomiendan crear un ambiente tranquilo y sin interrupciones, y tener relaciones varias veces durante el día o la noche”.

Parece una nota de otro planeta, de una película de los años 40, parece una broma, pero no. Es real. Lo publicaba El Tiempo hace 25 años. Además, con toda la seriedad del caso, se lee que los especialistas sugieren que nacerán en el próximo Milenio. Los especialistas hicieron mil cálculos en laboratorio y dedujeron que si un bebé se encarga en abril pues nacerá en Enero. A no ser que sea sietemesino. A no ser que nazca por obra y gracia del Espíritu Santo. Claro, y para que cuaje mejor la idea, se sugiere también tener varias relaciones. Muchas, varios intentos, varias sesiones sazonadas con Cinemax o La Serie Rosa. Muchos bebés fueron encargados en ese abril, gracias a este anuncio, con bandas sonoras de Britney Spears, Oasis y las Spice Girls.

Los que vivimos esa transición entre 1999 y 2000, siempre con detractores que decían que el verdadero inicio del milenio debería ser en 2001 y no en 2000, recordamos el miedo que había al cambiar los relojes de los computadores, algo llamado Y2K: supuestamente los computadores que usaban en su calendario interno dos cifras para el formato de año enloquecerían, ya que el año pasaría de 97 a 98 a 99 y luego a 00, colapsando el computador ya que él mismo no sabría interpretar cómo, al pasar del 99 al 00, era como si estuviera no aumentando un año sino disminuyendo 99. Se gastó mucha plata en eso, decían que las platas de las cuentas se iban a borrar, que los registros de bases de datos se iban a desconfigurar, que los fondos de dinero iban a perder desmesuradamente. Wall Street estaba asustadísimo. En fin, no pasó nada, o mejor, no pasó mucho. Pero lo que sí pasó es que mucha gente siguió haciendo caso al anuncio de El Tiempo, durante abril, durante mayo, muy juiciosos.

El 31 de diciembre de 1999, por la mañana, empecé a ver la transmisión de la llegada del nuevo milenio en Australia, Japón y así. Iban recorriendo el globo terráqueo de derecha a izquierda hasta que aquí fueran las 12. Incluso había ampulosos concursos en los que el ganador podía ir en avión e ir presenciando rápidamente las fiestas de celebración en varios países. Mientras tanto, muchos seguían haciéndole caso al anuncio de El Tiempo, muy juiciosos de intentar varias veces. Luchando por el retoño milenario.

Nuevas religiones, delirios colectivos, DJ sets en Ministry of Sound en Londres llamados Y2K-remixes, suicidios, afirmaciones tipo “eso estaba en el Apocalipsis”. Así fueron gestándose, fueron dando a luz a los ahora llamados Millenials. Fue el susto y el delirio por la llegada del año 2000. Así lo viví.

Y a esta hora hay alguien haciéndole caso al post de El Tiempo. Así ya no nazcan millenials sino Gen-z. Con otros maridajes, otros miedos, otras bandas sonoras, pero siempre intentando varias veces.

La simple sencillez

Debía hacer la labor de lavada de carro dominguera, así que me acerqué a un lavadero que queda cerca a la casa. Entregué las llaves, dije que lavado general por favor, normal, saludé al señor y me quedé sentado en la cafetería contigua. Tenía pendiente desatrasarme del crucigrama, pedí un tinto negro, unas achiras y procedí a sentarme. Ya eran las 5 de la tarde, ya casi iban a cerrar, el dueño estaba contando una plata, mirando unos recibos y apuntando algunas cosas. Preguntó: “¿Cuántos faltan?” y un muchacho respondió gritando, desde una distancia aproximada de unos 10 metros: “¡Cuatro, está pendiente un Fiat y sale el Audi!”.

Mientras se enjuagaba todo, sonaban mangueras y vallenatos a alto volumen (…y vuela vuela, por otro rumbo, ve y sueña sueña que el mundo es tuyo, tú ya no puedes, volar conmigo….buenísima esa canción) ese mismo muchacho, que por cierto se llamaba Toño y tenía unos veinte años, se acercó a donde el dueño. Ya estaba sin el uniforme, con un jean, un saco negro y una gorrita como de algún equipo gringo de basket. Iba tarareando la canción de vallenato de Los Diablitos que sonaba a todo volumen. Estaba feliz, no estaba cansado, es más, su semblante mostraba un total desenfado, estaba tranquilo, feliz de recibir su pago.

Se despidió sin mas. Se fue feliz con su pago, caminando y tarareando a coger la ruta del SITP que lo llevaría a su casa. ¿Con quién vivirá? ¿Qué tanto tendrá que llegar a hacer ahora? Lo mismo pensaba el sábado que iba en el Transmilenio, y me tocó sentarme cerca a la conductora. Ella iba ahí, super bien, posesionada de su papel, seria, silbaba. Cada persona aportando su grano de arena en esa inmensa playa llamada Sociedad. Cada persona con sus problemas, mujeres con futuro, mujeres con pasado, generando energía para producir algo con lo cual comprarán su mercado, pagarán su vivienda. Levantándose todos los días, lograr lo mejor de sí mismos en un engranaje. Aceitando la vida.

Eramos imbatibles

Siempre creemos que estamos en el mundo más moderno posible.

Eso es obvio. Somos dueños siempre de nuestra modernidad. Recuerdo cuando me di cuenta, por medio de un primo mío, que habían salido a la venta unos discos más pequeñitos llamados Compact Discs. Lo que mostraban las revistas, porque aun no lo había comprobado, es que se oía nítido, se oía mejor a como se oía en el casette. Creo que nadie de mi familia se acuerda de esto, pero la primera vez que oí unos CDs fue por un legado de un señor que ni idea, un tal señor amigo de unos tíos. Tal parece que él le dejó de “herencia” a mi tía unos CDs rayados. Entonces como gran novedad compramos un reproductor de esos discos y sí, con todo y rayada, se oían en verdad muy diferente. Muy bien. Luego ya yo compré mi primer CD y ahí empezó mi fiebre. ¿Pero a qué iba? A que siempre creemos que somos lo más modernos posibles. Claro, luego el mismo tiempo, ese que se paró ahí de primero para mostrarnos el presente, es el que viaja al futuro y nos muestra esas novedades como algo caduco. Normal, así es y así debe ser.

Me maravillo más con las creaciones del ser humano que con el ser humano mismo.

En el libro que leo, Sanar El Mundo, de Ronald D. Gerste, se habla de la historia de la medicina y de una especie de frenesí de inventos y de optimismos que inundó a la Humanidad en la segunda mitad del siglo XIX. Pleno 1850. La frase de que siempre creemos que estamos en el mundo más moderno aplica siempre, pero aplicaba mucho más en esa época. Era una época de optimismo, la gente en verdad se sentía la más moderna. Probablemente eso no ocurría en otros años. En esos sí, y con mayor intensidad, debido a la invención del daguerrotipo, el primer aparato para tomar una foto. Se llama daguerrotipo, palabra típica para corchar y que sale en múltiples libros, gracias a Louis-Jacques-Mandé Daguerre. Él exponía unas placas de plata, que luego sería cambiada por el cobre, y al cabo de 8 horas iba saliendo algo parecido a una foto. Luego habría que retocarla.

Qué maravilla, ya existía la manera de mostrar el mundo de manera neutral e irrefutable. Sin embargo, ya desde esa época existía el Photoshop, ya que como les dije, siempre había que retocar los detalles de la foto. El hecho es que les quiero mostrar una de las primeras fotos que hubo. La foto se llama Fading Away y es tomada por Henry Peach Robinson. Muestra el fallecimiento de una niña joven, acompañada ahí en el lecho con toda su familia. Parece que la niña tenía tuberculosis. Robinson necesitó de 5 negativos en el proceso. La foto es una absoluta belleza. Es esta:

Hay otras dos que tienen que ver. La primera se llamó “Miss Ellen Milne, Miss Mary Watson, Miss Watson, Miss Agnes Milne and Sarah Wilson” (jaj, un poco largo el nombre), tomada por una pareja de fotógrafos: Hill y Adamson. La gente siempre salía seria porque era un magno evento posar para la foto, no había lugar a la alegría, a la sonrisa. Y por último, Woman with a goiter, una señora de tamaño bocio. Aquí las pongo todas. El ser humano se creía invencible, moderno, imbatible. Las fotos transmitían confianza y eso, aunado a la presencia del ferrocarril, nos hacía los dueños del mundo. Cómo no.

No había posibilidad de ser más modernos. ¿Qué más habría que inventar?

Woman with a goiter (la de más abajo es la de Miss ellen….etc)

Las bibliotecas y las obras póstumas

Desde hace unos meses para acá llevo pensando bastante sobre los libros y las bibliotecas (me refiero a las bibliotecas privadas, las de las casas, no las que prestan libros como las de las universidades) y me preguntaba hasta qué punto tener una biblioteca grande y prolija significa representar alto grado de cultura en el dueño de la misma. Me explico. Tener un lugar en la casa donde reposan los libros leídos, algunos no leídos, está bien. Está bien el desorden ahí, no creo que una biblioteca con alma pueda estar perfectamente ordenada, eso solo implicaría su categoría de elemento decorativo. ¿pero porqué escribo esto?

Hace unos meses fui a una casa que tenía una biblioteca absurdamente gigante, con una gran mezcla de libros, textos y enciclopedias. Había algunos repetidos, había varios con el plástico de recién comprados, estaban tan pero tan vírgenes, sin ninguna mácula, sin ninguna arruga, sin ninguna tinta, que parecían un par de zapatos en su caja y con sus etiquetas, con olor a plástico: muy bellos pero absolutamente inútiles, un mero elemento inanimado. Esto me hizo acordar del libro como tal, del libro como objeto, de ver mucha gente por ejemplo comprando libros en alguna feria para luego estos mismos pasar a adornar. No sé, creo que dice más una biblioteca pequeña con mucho leído, mucho subrayado y algunos por leer, que una casa llena de libros vírgenes. Esta frase de una escritora, bastante mencionada y polemizada últimamente, Irene Vallejo, dice algo parecido: “Creo que acumulamos libros porque nos parecen un símbolo de esperanza de vida. Los libros son como una promesa de tiempo por delante. ¡Aunque te invadan la casa!”. Hay bastantes frases parecidas, y pues sí, rico tener libros, los amo, pero el exceso de ellos, el tener tantos por ahí sin función, no es exceso de nada ni placer, es más bien exceso de polvo.

Habiendo dicho esto, paso al segundo tema: las obras póstumas. Me dio una mezcla de tristeza y curiosidad, no sé, pasando por el famoso sentimiento de la pena ajena, al ver que en Disney+ próximamente estrenarán una película inédita de los Beatles. A ver, entonces detengámonos a pensar. Parece ser una edición restaurada, lo que sé es que aparentemente promete cosas nunca antes vistas. No soy fan de los Beatles, pero a cada rato he visto lanzamientos de canciones inéditas. Lo mismo ocurrió con Michael Jackson. Con muchos más. Y van saliendo poco a poco, diez, quince años después del fallecimiento, van apareciendo como por arte de magia; cuando creían que no había ya nada inédito, vuelve a aparecer algo.

Entonces yo me imagino al pobre artista fallecido. Muere. Está el dolor, la despedida, los obituarios. Luego los agentes dicen, supongo, algo como esto: “Murió, aquí dejó este material, pero no lo saquemos todo de una, saquemos una canción dentro de 5 años y la anunciamos como un gran hallazgo, luego al cabo de 10 años sacamos unas grabaciones que se encontraron limpiando un estudio”. Y así.

Tal vez haya exceso de libros y de obras póstumas, sin embargo eso no hará que leamos más o que oigamos más y mejor música.

Nostradamus, Nôtre-Dame y Nostrabamos

Siempre existe la necesidad del ser humano por saber qué va a pasar. Una mezcla de esperanza, para los optimistas, y de miedo, para los pesimistas. Existen también los realistas, lo cual no es más que uno de los dos bandos anteriores, sea el contexto o la coyuntura en la que estemos. Hace poco vi en el periódico de hace 25 años, o sea el de abril de 1999, lo siguiente: según la última interpretación de las profecías de Nostradamus, resumiendo, la III Guerra Mundial iba a empezar en julio de 1999, duraría siete meses, y el punto de partida sería lo ocurrido en Kosovo.

¿Qué es lo de Kosovo? Esa guerra empezó el 28 de febrero de 1998 y terminó el 11 de junio de 1999, según veo en Wikipedia. Me causó curiosidad porque siento que el ser humano siempre recurre a este famosísimo, casi celebridad, boticario, bautizado como Michel de Nôtre-Dame, nacido en 1503 (también según Wikipedia), cuando siente algún susto o incertidumbre sobre el futuro. O sea siempre. Siempre se recurre a Nostradamus (mejor no digo el apellido original, Nôtre-Dame, para no confundirnos con el jorobado) para tratar de explicar lo que podría pasar. Y claro, siempre estarán los expertos en Nostradamus que coincidirán, o forzarán para que todo coincida. Una de las mayores virtudes del ser humano es hacer coincidir la coyuntura actual con lo que sale ahí.

Recuerdo de niño que nos pusieron a ver esa película en el colegio (un documental entre tantos que hay por ahí). Mostraban calaveras, bombas y, claro, todo el tinte era de un miedo generalizado. Siempre el miedo. Prefiero pasar todo eso a un lado. Imaginen yo andar fresco por allá en mil quinientos y pico y encontrarme una carta por ahí que diga: «Fuego volcánico desde el centro de la Tierra causará temblores alrededor de la la nueva ciudad: dos grandes rocas harán guerra por un largo tiempo». Solo digo que en un importante medio de comunicación esto fue asociado a la caída de las Torres Gemelas. O sea, imaginen todo el universo que se puede relacionar con dos grandes rocas y con nuevas ciudades, en fin. Existen libros sagrados como el Apocalipsis del cual, claramente, prefiero no hablar y no polemizar. Recuerden también que llegando al año Mil, en plena época de Cruzadas, existía el miedo generalizado de que el mundo se iba a acabar. Según los europeos, venía el día del Juicio Final.

Todos los días hay guerras, siempre habrá un asesinato, o intento de asesinato, a algún dirigente, a algún Pontífice, a algún líder. Recordemos que llegando al año 2000 surgieron muchas sectas, hubo suicidios colectivos. Cuando atentaron contra el Papa Juan Pablo II en 1981 mucha gente dijo, con un aire de total seguridad: “eso estaba en el Apocalipsis, eso lo dijo Nostradamus”.

¿Quién dice que es cierto? y también, ¿Quién dice que no es cierto? Nadie lo sabe. Prefiero ni saber, así como con toda la idea de cómo se creó el mundo, de qué hay más allá. Lo único que sé es que mañana toca madrugar, que no debo tomar tanta Coca Cola, que quiero continuar leyendo mi libro “el amante bilíngüe” del español Juan Marsé, también sé que quiero empezar ya “Del Amanecer a la Decadencia” del historiador Jacques Barzun y que en mayo se vence el impuesto de vehículo con descuento.

O como dice mi papá: Nos trabamos.

Ensayo sobre la espera

Corría el año 1986, yo tenía 7 años y vivía en Popayán. En ese año el Papa Juan Pablo II visitó mi ciudad. Claramente me acuerdo muy poco de lo ocurrido, diría yo que nada. Solo me acuerdo de una anécdota de ese momento: resulta que mucha gente vino de muchos pueblos aledaños a ver al Papa, muchos viajaron varias horas en carro con tal de tener un atisbo del papamóvil (siempre me acuerdo de una periodista que dijo batimóvil, en vez de papamóvil). Dentro de tanta gente que viajó para ver al Papa, hubo una, una persona entre millones, que estaba intacta con su fe, emocionada por el momento, esperando a ver al Papa. Minutos antes del desfile, en un barrio llamado Catay, la señora (cuyo nombre no tengo ni idea), entró en un restaurante, comió algo y fue al baño.

La doña estaba en el baño cuando de repente empezó a oír unos pitos, más bulla, gritería, chiflidos, qué sé yo. ¡Llegó el Papa, llegó el Papa! Apresuró su metabolismo inherente, se afanó, se lavó las manos, buscó sus pertenencias y cuando salió del baño las luces del restaurante estaban apagadas y la puerta estaba cerrada con candado. Se había quedado encerrada; cuentan que las trabajadoras del restaurante, apenas oyeron que ya venía el papamóvil, corrieron a apagar las luces, cerraron la puerta con candado y presurosamente se fueron. Qué cuento de vender choriperros, ya, vámonos que ya viene el Papa. Y sí, la señora se quedó encerrada con sus camándulas de madera, gritó, le pegó a la ventana, a la puerta, gritó y gritó más. Pero no hubo poder humano. Perdió su única oportunidad en la vida de poder ver al Sumo Pontífice, lloró, no pudo, el arrepentimiento de haber entrado al baño, porqué no se esperó, porqué no aguantó, quién decide eso, qué mala suerte. Estuvo esperando meses, como todos los humanos esperamos. Y seguimos esperando. En el caso de ella, esa espera no dio resultado.

Esta otra anécdota le ocurrió a un portero de fútbol inglés llamado Sam Bartram. Él estaba tapando durante un partido en Inglaterra , normal. Resulta que había mucha neblina en el evento, por lo cual el árbitro se vio forzado a suspender el partido. Claro, si no se veía nada, supongo los directivos lo llamaron y le dijeron que suspendiera, a la espera de un mejor clima. El partido se suspendió pero al portero no le avisaron, entonces Sam Bartram se quedó mucho tiempo, bastantes minutos supongo, en posición alerta para tapar, con las piernas un poco dobladas, encorvado y con los brazos abiertos. Quedó alerta esperando, sin saber que esa espera no estaba dando resultado.

Dos casos, dos historias distintas, en donde una espera se trunca. En Ensayo sobre la ceguera, las personas de un momento a otro quedan ciegas y siguen preguntándose, a lo largo de la historia, qué es lo que les pasa, se quedan esperando en una fila interminable de incertidumbre. No saben hacia dónde van, nadie les dice, no tienen esperanzas.

Estamos siempre en la vida esperando, con o sin neblina. Con o sin directores técnicos. Como escribió ahí Saramago en su libro anteriormente mencionado, “el único milagro a nuestro alcance es seguir viviendo, amparar la fragilidad de la vida un día tras otro”. Ojalá cuando llegue lo que esperamos, no nos cierren la puerta del restaurante.

INTERCONECTÁNDONOS…(APARENTEMENTE)

Aquí continúa mi escrito de largo aliento. Me faltan aun cinco momentos estelares de la Humanidad, del libro de Stefan Zweig, y esta vez avanzaré con dos. Ya saben que en esta misma página, lavidaenfinanzas.com , pueden leer sobre los otros nueve momentos estelares que marcaron la Historia del mundo, en los artículos previos.

Cosas que pasan y que deparan lo que somos en este momento. Precisamente hace un día hablaba con mi hija sobre qué tanto más se pueden inventar. Es decir, ella me decía “papi, ya se conoce el funcionamiento de todo, es decir, ¿Qué tanto más hay por descubrir?”. Y esta pregunta, yo le decía, se la hacían en 1800, en 1500, en todas las épocas se la han hecho. En cada momento del presente se cree que ya se sabe todo. Siempre recuerdo la serie sobre Emily Dickinson, en la cual ella está joven, aproximadamente 1850, y ella dice que se siente muy moderna, que todo ahora está muy avanzado, existen los vehículos, existen mil avances. Claro, ella está en su propio presente y para ella no hay nada más por descubrir. Y precisamente de esto habla el próximo momento estelar: “La primera palabra a través del océano”.

El 28 de julio de 1858 Cyrus W. Field logró conectar América con Europa por medio de un cable de hierro, cobre y gutapercha. Se constituyó el primer telégrafo trasatlántico. Imaginen la odisea: tenían que ir en un barco y a medida que avanzaban ir tirando poco a poco el cable; claro, varias veces se rompió, varias veces el clima les jugó una mala pasada, varias veces desistieron. Si uno a veces quisiera rendirse comprando unas boletas de un concierto al ver que se cae la página, imaginen él, imaginen su alma, su emprendimiento, al no desfallecer y siempre siempre volviendo a empezar.

Cyrus dijo “Ya pude comunicar a todo el mundo, ya el mundo está conectado”. Claro, con el telégrafo entonces se podían mandar mensajes, señales, y llegaban al otro lado del charco. Para él, ese avance era de tal magnitud, que seguro él pensaría que ya, que ya todo estaba inventado. ¿Qué mas se necesitaría?

Hay otro momento estelar y es todo lo concerniente a la vida y obra de Leon Tolstoi. Solo les resumiré este momento con una frase que él dijo: “A los hombres solo les cansa la vacilación y la incertidumbre”. Tolstoi vaya que sí sufría mucho, no le gustaban las adulaciones, me lo imagino todo loco e irascible, que si existieran los audífonos en ese entonces, fijo tendría unos aisladores de sonido con un progressive house a todo volumen, aislado del mundo, así cínico como Diógenes. Tolstoi, has muerto sin conocer lo que era abstraerse de la sociedad oyendo las melodías del techno a alto volumen.

Y pues sí, Cyrus W. Field sentó las bases de lo que es hoy ese complejo concepto de la interconectividad. Gracias a él les puedo mandar este mail. De pronto Emily Dickinson también lo esté leyendo.

Momentos estelares y recreos

En mi escrito de la semana pasada estuve reseñando el fenomenal libro de Stefan Zweig, “Momentos estelares de la Humanidad”. Alcancé a mencionarles cinco de catorce hechos. Difícil condensar todo el proceso del Ser Humano en tan pocos eventos. El sexto evento se refiere a Napoleón, de cómo por malas decisiones fue perdiendo poder, en un capítulo llamado “El minuto universal de Waterloo” en 1815.

Continuamos, mi enemigo es el tiempo. El séptimo momento es fantástico: “La elegía de Marienbad”. Narra el momento en el que el gran Goethe, ya sesentón, se enamora de una niñita llamada Ulrike von Levetzow. Precisamente habla de cómo una persona puede ser flechada en el momento menos esperado, aquí les pongo una parte: “En lo más puro del pecho palpita el afán de a un ser más puro, desconocido y extraño entregarse agradecido, con total libertad”. Ella era Ulrike:

Octavo momento: “El descubrimiento de El Dorado”. Se narra la fiebre generada por el oro, con Johann August Super como protagonista. Él termina pobre y atribulado, aun siendo dueño de gran parte de California. Qué pesar.

Desarmando este libro por las costuras, llegamos al noveno momento, no sin antes hacer una pausa y una pregunta. Leía la semana pasada un artículo de Irene Vallejo, la majestuosa autora de El infinito en un junco. Ella plantea un postulado y es el siguiente: “El recreo es el ensayo de nuestra forma de estar en el mundo”. Esto inevitablemente me llevó a los 90s, me transportó a la época en la que fui colegial y claro, traté de imaginarme cómo era yo en los recreos, cómo me comportaba. Yo casi siempre me la pasaba solo, me comía mi pastel de pollo con jugo de maracuyá, tal vez con unas papitas. Siempre me caracterizaba por estar por ahí como solo, sereno, no sé, es difícil escribir sobre uno mismo. No sé si ese ensayo de vida, el recreo, refleje al Yo de ahora. Eso más bien lo podría responder quien me conozca. Pero les hago esa pregunta: imagínense en el recreo, ¿así como actuaban en ese entonces es el reflejo de lo que son ahora?

Habiendo dicho esto, me iré con el noveno momento. Es mágico, es desconcertante: “Momento heroico”, así se llama. Resulta que Dostoievsky, el 22 de diciembre de 1849, estaba condenado a muerte por andar en reuniones intelectuales clandestinas. Imaginen no más de qué tanto hablarían. Él hizo un discurso, estaba asustadísimo, ya sabía que iba a morir, ya lo iban a matar. A última hora llegó un edicto comunicando que el Zar Nicolás I lo acababa de indultar. Qué gran momento. De qué tanto nos hubiéramos perdido si hubiera muerto ahí. Agradezcámosle, por tanto, a Nicolás I por dignarse a salvarle la vida.

Aquí me detengo. Les quedo debiendo cinco eventos más. La próxima semana estarán aquí. Por ahora recuerden lo del recreo. Recuerden su propio momento estelar, recuerden siempre sus vivencias, sin arrepentimientos, solo como quien ve una película, solo como quien lee un libro.

Momentos estelares de esta pobre humanidad

Existen varias formatos para leer: pueden ser novelas en las que se cuentan historias, existen los periódicos, los artículos de revista, posts en internet, blogs y también textos de Historia (con mayúscula) que se cuentan como novela. Dentro de esta última categoría no podía pasar por alto el fenomenal libro, dicen que es el más famoso de Stefan Zweig, intitulado “Momentos estelares de la Humanidad”. Era una deuda que tenía que ir pagando en cuotas diarias pero cumplidas.

Me solazo, me maravillo. Lo más difícil, y tal vez lo más destacable, es que ya no tengo el libro aquí mientras escribo, ya lo devolví a la biblioteca. Lo más destacable tal vez sea que voy a poner lo que apunté y lo que medio me acuerdo. Así como contarles un chisme sin tener fotos ni videos. Básicamente el postulado del gran Zweig es que durante la historia puede haber años, incluso décadas, en las cuales no pasa nada raro, matan a algún famoso, entra algún presidente, hay por ahí alguna guerra, alguna peste, pero no son cruciales. Sin embargo, cuando uno menos se lo espera ocurre algo decisivo que va cambiando el curso de la humanidad.

Imagino el estrés de Zweig para escribir tan solo sobre catorce eventos, habiendo tantos importantes. Los describiré brevemente: el primer momento es la existencia de Marco Tulio Cicerón, más exactamente cuando le avisan que Julio César muere. La tesis de él radica en que tal vez si Marco se hubiera animado a sucederlo, algo diferente hubiera pasado. Él no actúa sino que se va a su villa a pensar, a escribir, a solazarse (de mis palabras favoritas) y de ahí sale su obra DE OFFICIIS.

Non ignoravi me mortale genuisse. Siempre he sabido que soy mortal. Eso decía Marco Tulio, y bueno, sepamos eso. Al saber que somos mortales caemos en cuenta que nada es tan importante. Todo en últimas pasa.

El próximo momento, el segundo, es la Conquista de Bizancio. Este evento fue tan importante y terrorífico así como fue para nosotros la caída de las Torres Gemelas. ¿Quién podría imaginar que las podrían derribar? ¿Quién podría imaginar que acabarían con Bizancio? Muy bueno, esto ocurrió en mayo de 1453. Como él narra la preparación de los ejércitos y cómo todo se fue frustrando es impresionante.

El tercer evento es bello y además es narrado de una forma magistral: El descubrimiento del Océano Pacífico por Vasco Núñez de Balboa. Imaginen los mosquitos, el calor, las infecciones, pero imaginen también el tesón del conquistador, ese empecinamiento para llegar al mar soñado, al paraíso. Miríadas de lancinantes insectos iban amenazándolos. El cuarto momento estelar fue la resurrección de Händel, el gran compositor. Georg Friedrich Händel se enfermó gravemente, tuvo una apoplejía, casi muere, y la pasión por componer, luego la llegada de un mensaje cifrado de parte de un poeta, esas ganas de vivir, fueron las que lo motivaron a continuar y ahí dar a luz a EL MESÍAS, una obra que siguió tocando, y aun lo hace, la Filarmónica de Londres.

Con este me despido, luego les comento los demás momentos estelares. El quinto momento es la composición de La Marsellesa, el himno nacional más bello de la historia, en 1792. ¿Cómo podría ser que, entre tanta muerte y tantos cañones, fuera naciendo esta hermosa tonada? Pues sí, así es el Ser Humano, deliciosamente irrepetible e inesperado. Los otros nueve momentos se los describo en la próxima edición.

Solo podría terminar diciéndoles que, para mí, un momento estelar de la humanidad fue la escritura de este libro: Momentos estelares de la humanidad. Es una resurrección del alma, perfecta para la Pascua.

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