Máximo ejemplo de curiosidad, nada lo supera…..

Podemos ver que en la vida hay coincidencias, siempre hablo de ellas, me encanta alimentarme de ellas. Hace poco una lectora me dijo que, respecto a un espectacular libro que devoré hace un par de días, “Travesuras de una niña mala” de Vargas Llosa, ella iba leyendo la parte sobre París, el protagonista vivía por la École Militaire y resulta que, precisamente, cuando ella iba leyendo esas líneas pasó caminando precisamente por ese sitio, por la estación de metro de la École. ¿Coincidencias? digamos que sí, pero no tanto.

Puedo decir el milagro pero no el santo. Hace unos años me contaron que iba por pleno París un señor feliz con su amante, escapados delicioso, imagino tomando algo en Montmartre, besándose por todos los barrios, por Saint-Germain-de-Prés, qué sé yo, cuando se encontró este señor a una vecina de Popayán que andaba de casualidad (de cazuela diría mi nana) por allá por París. ¿Coincidencia? bah, nada como la que yo les tengo aquí.

Siempre en las vacaciones nos encontrábamos a los mismos vecinos. íbamos a Cali, ahí los veíamos. A Pasto una vez que fuimos, también ahí estaban. Incluso una vez nos fuimos en carro a conocer las playas de Ecuador y recuerdo, yo tenía como 10 años, que ahí aparecieron. Tanto sería que para vaticinar cuál sería nuestro próximo destino tan solo era necesario espiarlos por la ventana. O expiarlos más bien. ¿Coincidencias? ninguna como esta.

El idioma español tiene 88 mil palabras, según el diccionario oficial de la Real Academia. Por otro lado Wikipedia dice que son 93 mil. En fin, son muchísimas. Por eso, nunca lo superaré, ninguna coincidencia supera la relacionada con las matemáticas. Habiendo tantas palabras, no puedo creer, me traumatiza que exista el Seno de Theta. 93 mil palabras y los matemáticos duros en la trigonometría tenían que abrir la bizarra, gallarda, inexplicable posibilidad de meter dos sinónimos ominosos, sinónimos que marcaron mi adolescencia con risas, rostros ruborizados, alzadas de ceja y burlas al oír a Wilson, mi querido profe de Física, diciendo con su voz gruesa en mis plenos 13 años: el seno de theta. 

Sí, el seno de theta. Nunca nada lo superará. Nada, ni encontrarme a mis vecinos hasta en la sopa (de letras).
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Se llamaba Fernanda

Estudiaba en la facultad de Ingeniería, era alta, rubia, sofisticada, desenfadada, su pelo era corto, era alta, estilizada, siempre tenía algo diferente en sus detalles. Me llamaba la atención, no más que al resto de gente, no era una obsesión ni mucho menos, solo me agradaba verla. No hacía parte de esas personas a quien uno quiere de novia, sino más bien a aquellas a quien uno quiere simplemente observar, ver fluir y levitar. 

 En esa época el club electrónico más interesante se llamaba La Sala. Era minimalista, blanco, gaseoso, etéreo y la música era excelsa. Ese día fui solo. Muchas cosas que por definición son grupales, para mi caso, precisamente esa categoría de grupalidad es la que me genera algo de desaliento y prefiero hacerlas solo. Ir a cine, almorzar o en este caso, salir de rumba a la deriva. Ahí estaba ella, yo estaba solo. Bailando minnimal house se me acercó y me dijo que me había visto por ahí, en la universidad. -Sí, claro, yo también te he visto- le dije. Sentí que me miraba diferente.

El boom espacial, unos cartoons proyectados en la pantalla, un Margarita. Al despedirse, ella estaba con un amigo, y ofrecieron llevarme a mi casa. Palabras más, palabras menos, cuando me iba a despedir, ella cerró los ojos y me propinó un delicioso pico. Un pico sublime y sutil. Yo quedé sorprendido y así me fui a dormir. Le había interesado, no podía creerlo, qué belleza, la había dejado flechada. Buena, tigre.

Quedé sorprendido, claro está, y muy emocionado. Un poco extasiado también. Nunca nada pasó a mayores, por ahí me la encontré luego, la llamé un par de veces y nunca nada floreció. Supongo que fue el calor de la noche, del minnimal house y del Margarita. Sentía que yo le gustaba pero pues yo vivía lejos de donde ella, no sé, nunca volvió a pasar nada. Seguro fue culpa de las circunstancias pero sé que le gustaba.

Pasaron aproximadamente 10 años. Estaba hablando casualmente con una amiga de la época de la universidad. Yo le pregunté:
-¿Tú creo que estudiabas ingeniería, no?- le pregunté a mi amiga
-Sí, claro, yo estudiaba ingeniería- me dijo ella.
-A mí me encantaba Fernanda, la alta, la rubia, es más, mira que una vez……- ya merito le iba a contar cuando mi amiga súbitamente me interrumpió, no me dejó ni siquiera empezar a contar la historia.

-Ay no, de Fernanda no hablemos. Me incomodaba mucho que a todo el mundo saludaba de pico, eso se me hacía muy pero muy extraño, a todos les daba pico, pico va, pico viene, con todos, no sé, con las amigas, amigos, lo consideraba normal, ay qué pena, pero ven, te interrumpí, ¿Qué me ibas a contar?- me dijo mi amiga.

Me quedé en silencio un rato.

-No, no, nada, tranquila- contesté yo. Le cambié de tema, me atranqué y comencé a toser.

El mapa de las pequeñas cosas perfectas

Anda en rotación una bella película que se llama así, El mapa de las pequeñas cosas perfectas, con la actriz de The Society. Kathryn Newton. Está en Amazon, búsquenla, es muy linda como les digo, pero no es mi intención hablarles de la película ni dar spoilers. 

Dentro de los temas que tocan ahí, están esos pequeños momentos que se dan en la vida, que son tan pequeños pero tan inmensamente perfectos, esos eventos que muestran la aleatoriedad del mundo, de la naturaleza que tenemos a nuestro alrededor. No tenemos que vivir en el campo necesariamente; no más en el parque de la esquina podemos ver la belleza del mundo. Gran porcentaje de mi mente se fija en estos eventos. Por estar mirando lo aparentemente importante, lastimosamente dejamos de mirar lo esencial (por ahora). 

El olor en el ambiente cuando escampa, los charcos, cómo se evapora el agua, las piedras, encontrarle formas, ver las nubes, patear una piedra y ver que de pronto puede irse a la izquierda o a la derecha, ver también esas arbitrariedades de la vida. El sabor a limón del trébol, encontrarse un bicho diminuto caminando por el pétalo de una flor, el olor de la tierra mojada, una hormiga cualquiera cargando una hoja. Cuando llueve y cae granizo, el hielo golpea en el vidrio de la ventana y es mágico hallar patrones en los sonidos. ¿Porqué? porque sí. 

Muchas veces me baño y fabrico un dique entre el pecho y el codo. Ahí se empoza el agua, se empieza a rebosar y a veces el agua cae hacia la derecha, a veces hacia la izquierda. ¿Porqué? por esas aleatoriedades inexplicables. Lo arbitrario y hermoso. La otra vez sin querer le pegué a un pedazo de papel y cayó perfecto, sin ni siquiera rebotar, en medio de las ranuras de una alcantarilla. Tener frío y luego sentir el calor proporcionado por una comida calórica, luego recibir el sol cuando paseo a mi bella mascota. Sentir la infinitas formas que puede adoptar algo tan cotidiano y normal como las manos. No hay máquina más útil que una mano. Cortarse las uñas y notar que luego están creciendo, ¿Cómo crecen las uñas? sí, si estamos tan ocupados, solo vamos a tener tiempo para pensar en lo inmediato. Es más, probablemente a estas alturas ya alguien dejó de leer. No tenía tiempo seguramente.

Ver cómo explotan las palomitas de maíz, sentir el sabor de las naranjas, de las feijoas. Untar los dedos de tinta china y plasmar una huella, indivisible e inigualable. ¿Porqué no hay ojos iguales? Si todos tienen rostro, dos ojos, una nariz y una boca ¿cómo es que no hay nadie igual? Son las pequeñas cosas perfectas.

Las gotas, las arrugas, los pliegues, el arco iris. Un perro emocionado al ver a su amo.

Piensen en alguna pequeña cosa perfecta y me cuentan. 

P.D. Estoy matado con “Las inseparables” de Simone de Beauvoir y “Travesuras de la niña mala” de Vargas Llosa. Estoy matado, absorto, inmiscuido. Son dos cosas absolutamente perfectas. Pero esto será para la próxima ocasión.

Circos

Me encanta la sección del “Hace 100 años” del periódico: es la sección que más futuro tiene. 

Nunca me la pierdo, es la sección más vanguardista. En estos días salió la foto de “La Mujer X”, una señora súper extraña con un antifaz que se presentaba en el circo Santos y Artigas. Aparentemente, por compromisos en Estados Unidos, debían irse y terminarían su temporada en Colombia.  Hace 100 años, en el febrero de 1921, terminaba sus funciones con un gran acto: la mujer X iba a quitarse el antifaz, iba a revelar su identidad y se iba a meter a la jaula de los tigres. Costaba 10 centavos la entrada.

Se me vinieron a la mente todos los recuerdos de los circos. El olor a heno, el barro, las palomitas de maíz, el algodón de azúcar, la tela gruesa, sucia y desvaída de la carpa, el payaso triste cuyos zapatos gigantes siempre quise (quiero) tener, el ensordecedor ruido de las motos metidas en ese círculo metalizado para mí absolutamente mágico. Girando y entrecruzándose dos, luego tres motos, a altas velocidades. Los trapecistas, ellos de cuerpos firmes, ellas de piernas con trusa y escarcha. Casi siempre acentos chilenos, argentinos y mexicanos. Facciones bruscas. El boato mezclado con la nostalgia. Reír para no llorar.

En mi época de universidad nos tocó hacer un trabajo de sociología. Se nos ocurrió narrar la vida circense; en esa época el circo peruano Royal Dumbar estaba de visita en Popayán, así que con otros dos compañeros armamos viaje un fin de semana y los entrevistamos. Entramos a sus camerinos y pudimos compartir experiencias valiosísimas, esas que no se compran ni se venden, de esas experiencias inéditas que ni siquiera se alquilan. Puro oro. Solamente pensábamos hacer unas cuantas preguntas pero nos fuimos llevando mil sorpresas. 

Nos contaron que cuando se moría un payaso, haciendo honor a la profesión, no se hacía un velorio triste y negro sino que, efectivamente, bailaban, se vestían de colores y lo despedían en el tránsito hacia el más allá, independientemente de la idea que cada quien tuviera de ello. Había una niña hermosa, Wendy, quien ahora ha de tener unos 25 años, quien creció y nació ahí. Me contaron que en cada ciudad visitada buscaban en la alcaldía de turno los contactos de algún profesor para que le impartiera clases los días que estuvieran en temporada y así no atrasarse en su proceso académico. 

Hubo alguien con quien nunca pudimos hablar: el hombre lobo. No les miento, vivía encerrado en su cuarto un señor muy peludo, quien solo salía a hacer su número, cobraba su dinero pero no socializaba, decían ellos siempre que él vivía triste y acomplejado por su condición física. 

Pensábamos siempre que ellos no tenían amigos, porque eran nómadas. Que no tenían estabilidad, casa propia, orden y tranquilidad. La última pregunta que les hicimos fue: “¿Ustedes no se aburren de estar siempre con tanto desorden viajando por todo lado, sin un piso firme?” 

El señor Dumbar me respondió, con una sonrisa amable: “¿y ustedes no se aburren de estar siempre haciendo lo mismo, hablando con la misma gente, mirando las mismas cosas, yendo a los mismos lados y tecleando los mismos botones?”. Nunca olvidaré esa respuesta.

Naturalmente nos fue muy bien en ese trabajo de sociología. Luego nos fuimos de remate a la ciudad de hierro, pero eso es otra historia. 

Caminatas

Salí. Agarré la correa, até a mi perro, me até a mi mismo con los audífonos gigantes Pioneer. Cada quien usa su propia correa, cada quien decide a qué se ata. En la mano derecha llevaba al perro, en la izquierda un libro gordo y un cuaderno. Un lapicero en el bolsillo del saco de capucha, la billetera en el bolsillo trasero del jean. Ya no llevo monedas. ¿Qué oigo? Me decidí por un grupo de K-pop llamado Stay-C. Salí caminando callado, bajé el ascensor y me despedí de los porteros, mientras dentro de mí, en mi burbuja interior, ocurría un maremágnum, un video musical ahí en vivo y en directo, mientras veía gente pitando y dos bicicletas de Rappi.

Una señora me saludó y me preguntó por el perro, que cuántos años tenía y yo respondía amablemente sin pararle mucha atención. No sé qué más dijo, pero a todo le respondí “sí, claro, impresionante…sí, claro, impresionante”. Iba caminando, le tomé una foto a mis tenis, miré cómo la tela del abrigo contrastaba con la bufanda y vi a un señor, de unos treinta y pico años, un poco angustiado sentado en la banca del parque. Ocurrió que apenas pasé por ahí, él se puso de pie y saludó a una señora, muy emocionado de verla, supongo que tratando de ocultar su nerviosismo. Ella miraba para todos los lados. Dije para mis adentros: “aquí hay algo interesante”. Le puse pausa al k-pop y me quedé por ahí parado, mientras el perro ladraba y yo leía los escolios de Nicolás Gómez Dávila. Vaya ingenio el de don Nicolás.

-¿Te costó mucho llegar aquí?- dijo él.
-Sí, pues un poco, me pasé una estación, debía bajarme en Alcalá pero me bajé en Prado- dijo ella.

Sentí que había algo surgiendo. Había sustancia. El amor puede surgir en cualquier parte. El odio también, el desinterés ese sí que en cualquier parte.

-Pero tu acento es de la costa, ¿de dónde eres?- le preguntó ella.
-De la Guajira, ¿tú eres venezolana verdad?- le respondió él. Noté una sonrisa. La sonrisa al desenmascarar un sentimiento inédito.

Me fui a dar otra vuelta. Apunté frases. “Sabio es el que no ambiciona nada viviendo como si ambicionara todo”. Qué magia, qué delicia. Sí, yo sé, hay mil cosas más importantes, estamos viviendo un caos, estamos en el apocalipsis, todo está horrible. Pero qué puedo hacer, hay frases que son refugio, frases que son mantras. No puedo evitar estas emociones en el mar de la rutina.

Luego volví.
-Y entonces, ¿te gusta Amazon o Disney?- le dijo él a ella. SI ya van hablando de series, todo va bien, no puede ir peor. 
-Sí, Disney me gusta, mira que ahí están los clásicos, está el primer cortometraje de Mickey- le dijo ella. Sí, señora, tienes toda la razón. Casi meto la cucharada, casi opino sobre el giro que dio Wandavision en el último capítulo, con la aparición de la bruja Agatha Harkness. Yo seguía leyendo los escolios, leía lo siguiente: “el hombre culto no se define por lo que sabe sino por lo que ignora”. 

Vi que se iban caminando, sonriendo. Sonreír, bien sea de manera real o fingida, es una inefable muestra de aceptación. Se alejaron de mí pero se acercaron entre ellos. No sé a dónde habrán ido. 

Volví a darle play a mi música y seguí mi camino

HISTORIAS DE HOTELES

Vivir consiste en cambiar de ídolos. Ahora es Francis Scott Fitzgerald. Andaba estos días en la dinámica de ver la serie que está en Amazon sobre la vida con su esposa, Zelda, en la Nueva York y sur de Estados Unidos de los años veinte; aparte de esto, sigo leyendo una serie de cuentos escritos por él. Ese paralelismo entre serie y libro es absurdamente fantástico.
Es recurrente en sus historias la mención del hotel Biltmore. Ese hotel quedaba en Nueva York y fue construido en 1913. Muchas veces la pareja Fitzgerald se alojó ahí y sus fiestas eran memorables; siempre iban los trabajadores del hotel, tocaban a la puerta y solicitaban bajarle al voltaje. Si las paredes del hotel hablaran me susurrarían al oído mil cosas. Y bueno, me acordé de los hoteles, de varios momentos agradables vividos ahí.

Imaginen o recuerden esto. Llegan a la recepción, sí, es la llave del cuarto 754. Hay un señor que les lleva las maletas, de hecho le dicen botones. Siempre me llamó la atención ese nombre. ¿Botones? ¿En plural? Bueno, les dan la llave y cuando abren se encuentran con un cuarto limpio, frío. ¿Qué hacen apenas están en el cuarto luego de darle propina al botones? Arrojarse a la cama y rebotar. Como si fuera un brinca brinca. Mirar las sábanas absolutamente blancas y estiradas. 

Prendamos el televisor. Hay canales raros. Abrir la neverita, que también recibe el nombre de minibar. Está una minibotella de Whisky que vale el triple, unos masmelos, una coca cola helada y salchichas enlatadas. Qué antojo. Al lado de la cama hay una libreta de papel amarillo, absolutamente deliciosa, absolutamente en blanco, implorándote que le empieces a escribir. Que le empieces a escribir un diario. Papel amarillo con el logo del hotel. Abro el cajón y hay un directorio con los teléfonos de la ciudad. 

Cuando tuve 12 años escribí un diario, precisamente con ese papel del hotel.

Al lado de la libreta hay dos cocadas y un mensaje de bienvenida. Para room service es la extensión 103 y para llamar hacia afuera se marca *09 y ahí sí el indicativo de la ciudad. Para solicitar alarma, llamen al 189. En el baño, todo está perfecto. Shampoo diminuto. O diminutivo como dicen por ahí. Jabón en miniatura, espuma de baño, toallas blancas con el logo, cuyo porcentaje de provisión por pérdidas ya el departamento administrativo lo tiene como descontado. Pérdidas presupuestadas. Dos revistas, una de turismo y la otra de chismes de la farándula. 

Graduémosle el aire acondicionado, está muy frío. Luego lo apago. Nada es más de cuentos de hadas que el cuarto de un hotel. 

-Bueno, hijo, cámbiate, salgamos ya para que empiecen las vacaciones- 

Para mí ya habían empezado. Y de qué manera. Agarré la libreta de papel amarillo.


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El misterioso caso de la pizza a domicilio

-Amor, eres una belleza, no sabes cuánto te agradezco, además preciso me llegó a la hora del almuerzo. En verdad gracias por la pizza, qué detallazo, además de Di Lucca, te mando un beso- le escribió él por mensaje de texto.
-Eh, gracias, yo también te amo, pero no sé de qué hablas- le respondió ella.

Esto ocurrió en una locación de la ciudad. En otro lado, a unas 30 cuadras de ahí, a la misma hora, llegó otra pizza. Un destinatario oyó el timbre y el portero se la entregó.
-¿Quién dejó esto?- le preguntó él, mientras se acariciaba el bigote.
-No sé, doctorcito, alguien la dejó y se fue- le respondió el portero.
¿Sería una pizza-bomba?

En múltiples locaciones de la ciudad un ejército de domiciliarios, unos en moto y otros en bicicleta, entregaron cajas de pizza de prosciutto. Un ejército, puros personajes enfocados y desplegados hacia un mismo fin: llenar la ciudad con sabores, a plena hora del almuerzo y de manera anónima.

En otra dirección alguien había pedido a Kokoriko y cuando bajó a recibir el pedido, encima había una caja también con una pizza. ¿Cómo así? La ciudad había sido invadida de pizzas de Di Lucca. Luego en otro barrio, otro destinatario estaba en operación pañal, cambiando a su hijo de pocos añitos de edad, cuando el portero también lo llamó. -Señor, le dejaron aquí una caja que huele muy rico, vaya usted a saber quién fue, ¿me da un pedacito?- 

Se me ocurrió llamar por teléfono a lady Rox, la gerente del restaurante. Ella no sabía qué había pasado. Pensaba que era un error, ¿qué podría haber ocurrido?

Ataques de masa italiana adornada con carnes rojas. Pimientos, salami y quesos rondando por los barrios, rúgulas incesantes a lo largo de las carreras, avenidas, localidades y calles. La magia acabó, o más bien se exacerbó: alguien estaba en ese momento en la propia portería, en la escena propia de la entrega, en ese mismo momento de compensación y liquidación de la operación. Atinó a preguntarle al señor motorizado: -yo no estoy esperando ninguna pizza, ¿de dónde vienes tú, amigo? confiesa-. El muchacho se puso su máscara de Star Wars, miró para ambos lados y salió volando por la azotea. Esa era su tradición. Nunca se supo nada.

Aún ahora, diez lustros después, me pregunto quién tuvo como misión mandarme esa pizza. Sea quien haya sido, gracias siempre por esa misión hipster. Fue una pizza de gran tradición.

Mil formas de divertirse con cultura

Puse el canal 106: Temor. Sintonicé el canal 113: temor. Temor. Hablaban de algo que subía, de porcentajes. Sopor momentáneo de 30 segundos, duermevela, desconexiones temporales. Quería un vaso, a la mitad, de leche de almendras y me lo fui a servir. Canal 114: Rueda de prensa de un señor que ni idea, súper aburrido, solemnidad de corbatas y peinados cuadriculados. Canal 115: advertencias oficiales, que no es así sino así, 2 metros de distancia. Distanciamiento temperamental y social, más que social. Abrí mi libro de “Joyce y las gallinas”, leí una página. Temor, saturación, regaños.

Puse play a la película en Amazon. Se llama Sylvie’s Love, qué hermosura. Trata sobre la época del jazz en el Harlem de los años 60s. No se alcanzan a imaginar la banda sonora tan hermosa, no más oigan “The shadow of your smile” de Astrud Gilberto. Búsquenla, yo espero aquí tranquilamente. Oiganla, relájense, besen sensualmente a quien tengan al lado. Me gusta esa palabra: sensualidad. ¿la oyeron? bueno, así es esta película. Tiene saxofones, música, amor. Primera recomendada. El jazz y un score impecable a cargo del compositor Fabrice Lecompte. Otra joya, continúen besando: “C’est si Bon” de Eartha Kitt. Acompáñense de fresas, de café, de arándanos.

Ahora play a otra. Hagámosle skip al terror, a las ruedas de prensa. “La Asistente” se llama esta, también en Amazon. Seleccionada en el festival Sundance. Llega una niña a trabajar como asistente en la oficina de un man relacionado con el espectáculo, con el Cine. Esta niña se empieza a dar cuenta de cosas. Son 90 minutos de posturas reales, de planos serenos en los que ella piensa, planos en los que hablan los ojos, las miradas, no hace falta hablar. Casi nunca hace falta hablar. Ella es la asistente, ¿qué podría ocurrir? Búsquenla. 

Me bajé del bus de Amazon y me pasé a Netflix. A mi esposita (el autocorrector me escribió “expósita”, qué risa) le sonó una de muñequitos japoneses llamada “La princesa Kaguya”. ¿Manga? ¿Anime? Como sea, es una película hermosa del folclor japonés, es algo mitológica de la que no puedo decir mucho porque me les tiro el final. Spóilers que llaman. Hermosa, visualmente impactante. Además la música está hecha por Kazumi Nikaido, una cantante japonesa magnánima. Kaguya significa “luz radiante”, la historia es del siglo 10, tiene que ver con el bambú y los astros. No se arrepentirán de esa obra maestra.

Proseguí. Canal 145: Terror. Canal 230: cifras y porcentajes. Off.
 
Como plus, les tengo un mix que hice de puro K-pop. Tiene tracks de grupos que me encantan, como Twice y Blackpink. Ahí pueden empaparse de lo que es el famoso K-pop (Korea) y J-pop (Japón). 

qué es la felicidad?

Tenía la suela de los zapatos muy embarrada. Debido a eso cada vez que caminaba iba dejando pequeños cuadrados de tierra sólida a lo largo del piso. Era una forma de manifestarme, de dejar huella, es la brazada que da el zapato para hacerse notar, para no ser intrascendente. Agarré el libro Las Olas, de Virginia Woolf, y lo abracé como a un bebé, por darme tantas letras bellas. Me pregunté qué podría ser la felicidad y empecé a hablarme a mí mismo. En plural, en singular, en imperativo y en reflexivo.

Y es que sí, la felicidad es muy relativa. Está muy bien que tengan hijos o que decidan no tener, tener gatos o perros, cásense, sean jefes, logren la mayor posición que han deseado, sáquenla del estadio, cómprense el carro que siempre han querido comprar, la mejor corbata Hermès (bueno, la loción Terre d`Hermès vaya que sí proporciona placer), viajen, salgan de deudas, reúnan un buen capital con réditos crematísticos, hagan todo lo que quieran, consigan novias, novios, entuques, Botox, todo eso está muy bien. Declárensele a la traga de toda la vida que nunca les hizo caso o que mínimo sí les hizo caso pero ustedes no lo sabían.

Hagan cosas siempre, el deporte que les gusta. Patinetos, tenistas, cuatrimotos. Escriban algún libro, amen de frente o subrepticiamente. Vivan en algún penthouse en Central Park West o en alguna casa por la Venta de Cajibío, en Valledupar, en Rosales o en Soacha. Vivan donde quieran vivir, sepárense o cásense. Tráguense, vivan mucho. Sueñen con ascender o con independizarse, los que solo piensan en dinero y los que solo piensan en los que tienen dinero, compren las camisetas que siempre habían querido comprar cuando eran niños. Tírense de paracaídas y armen cabalgatas en Pance, en Mónaco o en La Cumbre. Coman arroz con huevo o endéudense para comer trufas en Criterión, todo está permitido en el mundo.

Pero nada de eso es la felicidad. La felicidad solo es algo abstracto, interno, es algo individual. Tú con Tú. La felicidad se da sola y solo se dará conmigo mismo. Puede haber un ejército al lado, la felicidad solo la lograré con mi serenidad. Tú con tu serenidad. El vecino con su serenidad. Pueden ser millonarios y no ser felices, pueden estar quebrados pero sí serlo. Pueden vivir con 6 hijos, esposa y nietos y pueden ser infelices o pueden vivir solos como un champiñón y ser plácidos. 

Creo que tiene que ver con la serenidad con uno mismo. Sí, me gustó esa palabra mientras oigo Idomeneo de Mozart. No tengo ni idea qué es la felicidad. Tal vez precisamente eso es lo más lindo: que no tenga cómo definirse. 

Sonreí.

24 horas de libertad

El 5 y 6 de enero se celebran aquí en Popayán los carnavales de Blancos y Negros. O fiestas de Reyes, o blanquitos y negritos, como sea. Por ahí estuve averiguando, me encanta curiosear estas cosas, y aprendí que hace aproximadamente 400 años la población esclava pidió aunque fuera un día para descansar, para simplemente bailar y ya, para pasarla bueno. Día de asueto que llaman. Así como esa película La Purga: un día diferente a los demás. Tengo entendido que mandaron la petición y allá los señores españoles, con su pompa y boato, autorizaron el 5 de enero para que tuvieran sus 24 horas de libertad. Así que ese día pasaban bailando por las calles echándole betún a los viandantes para, en cierta forma, propiciar algún símbolo de igualdad. Pintémonos todos. Así fue más o menos, así lo entendí y así lo quiero creer. Luego todo el maremágnum empataría con el 6 que es la llegada de los reyes magos, que ya es algo con tinte religioso. Los que nacen el 6 de hecho son considerados reyes magos.
 
Siempre recuerdo estas fechas con mucho cariño; de hecho recuerdo una vez, yo creo que sería como el año 1999 o 2000, en el que vino Jorge Barón con su seguidilla de múltiples orquestas. Agüita para my people. Nunca había visto tanta gente reunida, echándose agua, harina y betún en plena Papal. No había acceso vehicular a Campamento. Recuerdo también bailando merengue, Disco Flamenco, en pleno 1994, tiritando de frío a las 6pm con mi peinado hongo. Recuerdo también montándome en camiones que alquilaba algún amigo, llenando bombas con agua y partiendo por toda la carrera novena, barrio Modelo, Ardú, tales, Banano’s, Catay y a tirarle bombas a todo el mundo, no sin antes parar en el Ruso para aperarnos de aditamentos etílicos. Nunca fui al Caldas, allá era otro calibre, ahí abrían ese hidrante, ahí el plan era más hardcore, más bucanero, ahí ya no era echarse agüita sino que ahí lo podían alzar a uno cuatro manes y ponerlo a recibir la presión del agua, pura potencia, contra el hidrante. Dolor de oído fijo en la noche. Todo era con respeto, todo era gracioso, así lo recuerdo siempre.

Después de estos dos días vienen las fiestas de Pubenza. Siempre hay eventos, muestras gastronómicas, conciertos y demás. Es el tiempo de celebración aquí, es un aire diferente al de la Semana Santa. Bienvenidas siempre las fiestas, no importa el origen, si religioso o no religioso, ¿qué importa que sean de origen español o indígena? Fiesta es fiesta y mientras sea positiva su intención, bienvenidas sean. Que venga la salsa, la música que sea, que se sirva aguardiente Caucano, destilados, anisados y rones, pero si no quieren licor, si el efecto del licor no gusta, pues celebremos con cafés, capuchinos, gaseosas, algo más estimulante, un buen red bull con bom bom bum y papitas de Los Comuneros con salsa rosada. Qué más da. Comamos de todo y celebremos. Por cierto, les dejo un dato que les puede servir para alguna trivia: la primera celebración fue el 5 de enero de 1607. Ahí empezó todo, aquí estamos en 2021 y la cuenta sigue.

Los invito a estar pendiente de las diferentes actividades que habrá por ahí. En la página de la Alcaldía de Popayán pueden mirar.

La fiesta continúa. 24 horas de libertad. 365 días más de vida. Dejemos lo malo para otras columnas.
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