All posts by jorgeruiz

Trader, melómano, economista, lector y escritor....

OJO : ALERTA DE SUPLANTACIÓN DE IDENTIDADES

Debo confesar que he hecho esto: suplantar identidades. Pero un momento, antes de hacer la comedida labor de denunciar ante el organismo de control respectivo, permítanme unos cuantos minutos mientras voy arguyendo (me encanta decir eso, “arguyendo”) mi defensa. Mientras me explico. Permítanme estos minutos de libertad.

Creo que dentro de mi ser habita un actor, no sé si de novela, de película, dramaturgo, de teatro, de cómics, de Anime, de todos a la vez. No sé, el hecho es que me gusta imaginarme que soy otra persona. Yo soy de los que muy internamente cuando salen de cine se cree el personaje. Cuando salí de verme Avengers yo en verdad creía que era Thor, esa vez íbamos en carro y cuando saqué de mi bolsillo las llaves para accionar el seguro de la puerta, yo de verdad creía que tenía el martillo (el famoso Mjölnir). Miré mi escaso pelo largo y en verdad creía tener la melena de Thor, en su guapa versión de Chris Hemsworth. Una vez cuando fui a verme la 3ª parte de Twilight, la de los vampiros, que se llama Eclipse, recuerdo que fui yo solo un domingo a las 10pm a cine. Al salir yo me creía Robert Pattinson, o Kristen Stewart, no sé bien, y quería morder a alguien en la nuca. A veces cuando veo una película de drama, salgo haciendo cara de tragedia y con las manos en los bolsillos.

Acuérdense que yo soy de Popayán, entonces yo una vez fui carguero en la Procesión chiquita. Para quienes no sepan a qué me refiero y les suene esto a idioma cantonés, pues básicamente como a las 10 años participé en las tradiciones religiosas de Semana Santa, cargando unas imágenes de santos en un desfile muy bello que se llama Procesión. Estos pasos de niños no son pesados, a diferencia de los de los adultos. Pues sí, cuando yo cargué recuerdo que yo hacía cara de tragedia como si en verdad yo fuera el mismísimo Jesús cargando la pesada cruz. Me estoy confesando.

Sin embargo, en la vida diaria, cuando me dan ganas de hablar, cometo esta labor de suplantación de identidad y qué mejor que con los conductores de transporte, bien sea taxi, Uber o alguno más. Siempre que por ejemplo se dan las cosas, el conductor está conversador y yo también, se producen estos milagros. Recuerdo la otra vez que un taxista me recogió de una universidad y me llevó a la casa. En el entretanto llovió horrible y el señor me preguntó qué hacía. Sin ánimo de hablar de desconfianzas o de temores sobre inseguridad, no sé porqué se me ocurrió decirle que yo era estudiante de biología. Entonces ahí me regué a hablar de botánica y de una tesis que estaba haciendo. Al final me despedí, él me deseó suerte en la tesis y todo bien.

La otra vez recuerdo que estaba en algo en Corferias, pedí un taxi y a la señora conductora, cuando me preguntó, le dije que yo trabajaba ahí en la parte administrativa y que debía hacer unas diligencias; ella hasta resultó diciéndome que tenía una prima que también trabajaba ahí. “seguro , seguro que la conozco, me suena” le respondía yo.

En mi libro “Osías y Laura”, valga la pequeña publicidad, también juego con las identidades. Hay un “otro yo” que es niña, otro alter ego que es un DJ y así sucesivamente. ¿Porqué si existen varias personalidades tenemos que quedarnos con una sola? Creo que el nivel máximo de la prolificidad del ser humano sería el adecuado desarrollo de sus personalidades múltiples.

Y si, la mente contiene sinfín de posibilidades. Las identidades también. Esto no lo escribí yo, sino un señor llamado Georgen Rüzen, un nativo de la isla de Pascua de 80 años que vive de la agricultura y que es amigo de las gigantes estatuas Moai.

Pensándolo bien, por favor no me denuncien. Solo léanlo y disfruten.

Qué gran sacrificio…..

En estos días fui a la biblioteca de mi Javeriana y saqué un libro prestado. Bueno, de hecho saqué dos, y en verdad me hacía mucha falta ese espacio. En todos los lugares y ámbitos sociales tácitamente se pide o se recomienda que la gente hable, menos en las bibliotecas: ahí precisamente se le pide a la gente que no hable, que se quede callada. Decirle a alguien que no hable: eso ya de por sí es maravilloso. Nada más revolucionario y disruptivo. Siempre que estoy en una biblioteca me acuerdo de cuando estuve en Berlín: caminaba yo por la puerta de Brandenburgo y me encontré un bello sitio, el “Raum der Stille”, la sala del silencio. Es un pequeño cuarto en el que se le rinde homenaje a las víctimas de la Guerra. Uno entra ahí y sí, todo es absolutamente silencioso. Cada vez que oigo o leo algo relativo al silencio, se me viene a la mente ese pequeño y acogedor lugar. Bueno, lo que les contaba es que saqué dos libros. Uno fue “Nana” de Emile Zola, el cual deberé renovar porque no he avanzado. El segundo libro que saqué me dejó literalmente sin palabras: “Memorias de un loco” de Gustave Flaubert. Es decir, ya había leído 3 libros de él, en verdad es uno de los escritores que más amo, luego me enteré de que estas memorias fueron escritas en 1838 cuando él tenía apenas 17 años, era un abrebocas de todo lo que vendría después. El abrebocas para su obra magna “La educación sentimental” (sí, más que Madame Bovary en mi opinión). El título es provocador, polémico y plantea varias consideraciones existencialistas. Como se puede ver, son memorias, no es una novela, cosa diferente a otro que leí a la par, que les recomiendo: “Marina”, el bello libro de la Barcelona de los años 20 escrito por Carlos Ruiz. ¿Será que él es de los mismos Ruiz que yo? Vayan y busquen esta bella novela, no podía callarlo. Respecto a las memorias de un loco, apunté varias cosas como las siguientes: “Lo que gané en vanidad y descaro lo perdí en inocencia y candor”. O esta joya: “De niño, me gustaba todo lo que puede verse; de adolescente, lo que puede sentirse; de adulto, ya no me gusta nada”. Ay Flaubert, es políticamente correcto decirte que estoy de acuerdo contigo, me toca decir que no, además ya he generado polémica por eso; pero lo que sí es incontrovertible es que escribes hermoso. Cuando saqué el libro todo empezó impecable, el proceso de leerlo era muy bacano, sin embargo empecé a sentir algo de ansiedad, ya que como el libro no era mío, pues no podía rayarlo. No podía subrayar, dibujar muñequitas en las esquinas, no podía escarcharlos ni forrarlos, no podía pintar con mis colores algún título, no me resultaba permitido pegarle stickers de LOL o de Marvel, qué tortura. En verdad el tener este libro tan hermoso y no poderlo intervenir equivalía a tener una torta de maracuyá y no poderla saborear. Fue un gran sacrificio para la humanidad, nada podía ser perfecto. Y aquí va la conclusión de la historia: ir a la biblioteca es lo más delicioso, que toque no hablar es más delicioso, que me presten libros también lo es (es más, hoy saqué otros más incluido uno de la historia de la literatura). Pero no poderlos besar, echarles mi loción de Jean Paul Gaultier “Beau” que me aplico para mí, no poderlos pintar pues es algo que genera en mi un grado importante de ansiedad e impotencia. Lo bueno es que todo quedó escrito en mi cuaderno. La angustia ante lo hermoso.
Y sí, la vida sigue y la literatura le sigue ganando a todo. La convivencia con los libros, así no se puedan pintar, sigue siendo más sublime que la convivencia con el homo sapiens.

Fabricando coincidencias con Sylvia Plath

Durante las últimas semanas, mi vida literaria, que es mi vida entera misma, la podría resumir en una sola palabra: coincidencias. Recordemos que las coincidencias existen pero también las fabricamos, las vamos moldeando y eso es una delicia. Fabricar coincidencias.

Vengan les cuento: Todo en la vida va llegando en su debido momento. En noviembre me vi la última temporada de Dickinson, una de las series más hermosas de la historia, claramente sobre la vida de Emily Dickinson. De ella tengo un poemario llamado “Morí por la belleza”, el cual reviso y consiento constantemente, es uno de mis libros de bolsillo. Hay un capítulo en el que Emily, quien vive en Amherst, Estados Unidos, viaja en el tiempo: de 1850 a 1950. Cuando va por ahí caminando se maravilla de la modernidad, hay unas cosas llamadas automóviles y las niñas visten muy a la avanzada, con pañoletas, se ponen maquillaje y ya van a la universidad. En la serie entonces Emily se encuentra a una tal Sylvia Plath, una escritora maravillosa que vivió entre 1932 y 1963. Sylvia se aterra de ver a Emily con esa pinta tan anticuada, sus trenzas y su falta de maquillaje. A su vez, Emily se maravilla de ver a Sylvia (yo me habría muerto de haberlas visto). Yo había oído mencionar varias veces a Sylvia pero con esta aparición que hace en esta serie me antojé mucho más de ella. Sylvia, Sylvia, viviste muy poco, decidiste dejar este mundo a tus 30 años. Tal vez así debía ser.

Luego compré un libro absurdamente fascinante de ella, llamado “La Campana de cristal”, un libro de 264 hojas que fueron devoradas en par de días. Tenía que leer algo de ti, Sylvia. ¿Qué atmósfera emanaba de ti? Y bueno, el libro se llama así porque la protagonista Esther Greenwood, alter ego de Sylvia, vive como en una burbuja, bajo una campana de cristal, y va luchando para salirse de ahí, con todo lo bueno y malo que eso implica. La locura máxima. Además es en el Nueva York de los años 50s, esa faceta muy de Breakfast at Tiffany’s, de las joyas de Bloomingdale’s, de los sombreros Filene’s y de los pasteles de Schrafft’s. Como ella escribía, “estoy ahí en la misma campana de cristal, fermentándome en mi propio aire malsano”. No, qué delicia, y esto se pone mejor, no se vayan.

También, sin haberlo planeado, ando viéndome “La maravillosa Sra Maisel”, una deliciosa serie sobre la vida de una comediante, Midge Maisel, en la Nueva York, ¿de qué época creen?, pues de 1950. En verdad, no lo planeé. Y pues sí, mi mente literaria, mi imaginación, que es esa misma que vuela las 24 horas del día, así esté dormido o despierto, anda alineada y enrumbada, anda viviendo un momento fenomenal en ese Nueva York de los 50s, de esa generación Beat, del tal Bukowski y del Sexus de Henri Miller. Entonces estaba viendo un capítulo de la serie y en una escena se le acerca una señora a Midge Maisel, quien anda ahí toda despechada, y le da una tarjeta. Le dice “Aquí tienes la tarjeta de un psiquiatra muy bueno, él ha hecho maravillas con mi amiga Sylvia Plath”. Cuando yo vi este diálogo casi me desmayo, me emocioné demasiado, además me andaba leyendo el libro en ese instante. Casi lloro. Esas son las cosas por las que vale la pena llorar.

Y por último, ya les había mencionado antes el libro “Fictitious dishes”, sobre la comida que aparece en los libros. Pues bien, cuando miraba qué tantos libros mencionaban, voy viendo que aparece “La campana de cristal”. La protagonista, Esther Greenwood, ama comer aguacate relleno como de cangrejo y salsa francesa. A veces también le echaba mermelada.

Es una delicia esto, vivir estas coincidencias. También es una delicia escribírselas. Luego Sylvia se suicidó al mes de publicar “La campana de cristal”. Pero su influencia sigue latente.

Haber vivido coincidencias con otro escritor más mainstream, que suene por todos lados, vaya y venga. Pero con Sylvia Plath, es una verdadera joya, una serendipia. Una campana de cristal.

La gastronomía en la literatura

Ya había mencionado previamente en otro artículo mi relación con el acto de comer, es decir con las cenas como tal, con el hecho de ir a un sitio a almorzar con gente, pedir las consabidas entraditas (nada genera más arrepentimiento en la historia de la humanidad que pedir entraditas y luego quedar lleno y sobregirado) y, bueno, digamos que generó polémica puesto que yo consideraba (y considero) que el número perfecto de comensales es 1, que el acto de ir a comer está sobredimensionado, pero bueno. Esta vez no es esa la intención; de lo que sí quiero escribir es sobre la comida, no sobre el acto de comer, y más exactamente cómo la comida aparece en bastantes libros, ya lo verán. Es literal y literariamente delicioso.

Tenía en mente este tema hace rato. En mi libro “Osías y Laura” menciono un restaurante llamado Pamorder en el cual transcurren varios eventos; para que se antojen de leer el libro y sin el ánimo de dar spoilers, solo les cuento que en un ágape dentro de la historia hay sorbete de limón como entrada, truchas pequeñas con salsa de mayonesa con ajo y arroz vasco. Luego por ahí hay un delicioso coctel de maracuyá y en otra ocasión un personaje se come un sandwich de pastrami. De Pastrana no, de pastrami. Creo yo, por lo tanto, que los platos van apareciendo en las narraciones como unos testigos inermes de la historia, hacen parte de la utilería, son el bombillo que alumbra el escenario. O cuando ustedes ven una novela, ¿no se fijan en lo que desayunan? En cualquier serie que vean, estoy seguro de que los de producción se esmeran para mostrar platos deliciosos. O seguro también viene aquí a la mente el clásico, el famoso libro “Como agua para chocolate”, en el que se narraba la historia a partir de varias recetas, unas de pasión, otras de romance y otras de despecho. Como la vida misma.

El detonante definitivo para hacer este artículo fue un libro que bajé en el Kindle, se llama así: “FICTITIOUS DISHES: An álbum of LIterature’s most memorable meals”, hecho por Dinah Fried, una diseñadora neoyorquina. Ella recopiló y puso una foto de diferentes platos, diferentes comidas preparadas en libros memorables. Cuando yo vi esto, literalmente me chupé los dedos, me saboreé, tenía que tenerlo. El prólogo del libro contiene una frase de Ray Bradbury, de su libro Fahrenheit 451, en el cual palabras más palabras menos dice que los libros son comida para él, se los engulle como ensalada, degusta las hojas con placer y pasa de página con la lengua. Entonces me inmiscuí en este libro y la pasé en verdad muy bien, veamos más ejemplos, pueden abandonar el barco cuando lo deseen; cuando les dé hambre vayan a asaltar la cocina, les doy permiso.

Les voy a mencionar tres platos de libros famosos, para no volverme cansón.

  1. Ulises: qué locura, aprovechando que esta magna obra cumple 100 años, mi hermoso Ulises, en el libro mencionan un plato que Leopoldo Bloom comía: menudencias. Le gustaban los riñones y los huevos de bacalao con pan. Este libro es un poco sórdido y básicamente a este man le gustaban los riñones porque le dejaban un leve sabor a orina.
  2. Lolita: Para este clásico de Nabokov que tanto adoré, les presento algo que tomó el gran Humbert Humbert, un coctel de ginebra con jugo de piña, mientras pensaba en su Lolita (“the gin and Lolita were dancing in me”).
  3. Heidi: qué belleza, la obra para niños de 1880 escrita por Johanna Spyri. Ay, no más me regocijo de imaginarla con su abuelito en las montañas. Pues bien, en un aparte mencionan que el pavo empezó a cocinarse y el abuelito le puso unas tiras de queso encima. Qué deli. Le daba vueltas a cada rato hasta que quedaran tostaditas de un color “Golden yellow” (amarillo dorado). Heidi miraba todo el tiempo al abuelo cocinar con entusiasmo. Sniff. Este sería el abrebocas de lo que luego sería el famoso fondue.

Ejemplos y libros hay muchos más. Las comidas en Madame Bovary, en Robinson Crusoe, en Huckleberry Finn y en el Talentoso señor Ripley. Varios más. Ahí les dejo esta porción de hermosos casos en los que los deliciosos platos y bebidas hicieron su aparición en las letras.

Pero bueno, en este caso pueden empezar degustando la comida mencionada en mi libro. Sí, de mi amada Osías y Laura. Un buen comienzo. Bon Appetit.

“El Mundo En Guerra Y Usted Ahí Leyendo Bobadas”

Siempre que ocurren eventos inesperados, masivos y graves, como por ejemplo una guerra (qué mejor ejemplo), se oyen comentarios como los siguientes: “Mija, no le pelee a su mamá, qué tal, el mundo en guerra y usted peleando por quién ensució el lavamanos de crema de dientes”. O sea, sí y no. También pongámosle que hoy la gente va a un concierto en La Calera de un DJ inglés vanguardista cuyo círculo cerrado comprende unas 60 personas. Probablemente alguien pensará: “El colmo, el mundo en guerra y estos pensando en rumbear”. Repito: sí y no.


Siempre la sociedad le da importancia a las cosas de uno en proporción a las teóricamente peores que le ocurren a los demás. Lo del párrafo anterior es un ejemplo, así como cuando una niña de 7 años llora porque se le perdió su peluche favorito (para ella es una tragedia), cuando dos hermanos pelean porque uno le robó la tocineta de la hamburguesa o cuando alguien llora horrible porque se le manchó el vestido que con tanto esmero compró para la boda de su mejor amigo. “¿Cómo lloran por eso, habiendo tanta gente pasando hambre en Etiopía?”. Es complicado, imagino que habrá eventos con implicaciones mayores de tipo socioeconómico, no sé, pero el sufrimiento subjetivo no puede ser ni comparado ni puesto en tela de juicio.


Es más, si vamos a usar una excusa para el “No hacer” también es válida para el “Sí hacer”. Es decir, es igual de inocuo pensar: “el mundo está en guerra, entonces qué hijuemadre, rumbeemos” o “el mundo está en guerra, no quiero ni salir a la esquina” ¿Todo es inocuo? Sí, tal vez sí. Yo creo que en verdad todo es demasiado irrelevante,


Y solo interrogo porque nunca tendré la verdad absoluta de nada. Escribir y pensar es tan solo especular: ¿Tiene más validez una tan erróneamente llamada “hija de papi y mami” llorando porque peleó con una amiga o una niña con menos privilegios a la que le robaron su bolsa de dulces, material que iba a usar para vender en un semáforo, aun sabiendo la niña que luego lo recuperará y que en verdad no se va a morir por eso? Como digo, no sé nada y probablemente nunca sepa nada, qué delicia la ingenuidad y la ignorancia.


Lo que sí es seguro es que cada quien vino a ser feliz, y también vino a sufrir, a su propia, subjetiva e indiferenciada manera. De hecho, puedo ser feliz manipulando la realidad. Lo más maravilloso de la realidad es que permite ser modificada, para eso están los libros, los cuadros, la música. Haya o no haya guerra, haya o no haya hambre, ahí están estos soldados literarios, proporcionando interrogantes y soplando para que la llama no se apague.


P.d. Luego les comento mis últimos libros y películas saboreadas. La delicia. Dejemos ese sazón para después.
Recuerden, visualmente todas mis muñequitas, todo mi k-pop, mis libros, reseñas de mi libro “Osías y Laura”, todo lo visualmente agradable está aquí en mi instagram
@kemistrye

De cómo se fue gestando la europeidad

En el último artículo, hace una semana, les comenté de mi absurdo solaz experimentado con el libro Los Europeos, del historiador Orlando Figes. Quedaron pendientes bastantes ideas pero terminé el artículo, aun sabiendo que lo expuesto era no más del 0,004% de todo el universo. Quedaron pendientes, sí, mil cosas, pero ya sabemos que estadísticamente la gente no es amiga de los artículos largos. Dejemos lo largo para las novelas, todo lo largo lo dejo para mi novela Osías y Laura que tiene 400 hojas de edad.

Seamos puntuales, revisemos mis apuntes. Sí, esto siempre será más delicioso que conversar, a veces perdemos mucho tiempo en ello. Wow, Bingo, ya vi algo con qué comenzar: este libro es la historia de la cultura europea, la europeidad, narrada por medio de la vida de 3 personas reales, Pauline Viardot, Louis Viardot e Ivan Turguénev. De hecho, yo disfruté mucho “El infinito en un junco”, es una obra maestra, pero la satisfacción que sentí con este fue mucho mayor.

Creo que la primera emoción plasmada en el libro fue cuando el autor menciona una persona real que sirvió como inspiración para Dauriat, un personaje de “Las ilusiones perdidas” de Balzac, fabuloso libro que había leído hace unas semanas. Primera iluminación: de tantos libros, ¿cómo es que menciona a “Las ilusiones perdidas” que tanto amé? Claro, se me vino a la mente ese hermoso momento cuando estuve en el cementerio Père Lachaise en 2017; fue en un día de abril bastante frío, en el que muy temprano cogí el Metro, fui a ese cementerio y visité la tumba de Balzac.

Respecto de Pauline Viardot, la cantante de ópera más famosa del mundo, decían que era fea pero interesante. De hecho, un colega decía: “Es terriblemente fea, pero si volviera a verla me enamoraría de ella como un loco”.  Qué cosas más bellas, la introspección, el estar solo, ver el mundo y contemplar. André Maurois escribió: “¿Qué hace falta para ser feliz? Un poco de cielo azul encima de nuestras cabezas, un vientecillo tibio, la paz del espíritu?”

En el libro, Orlando menciona a Molière y a su burgués gentil-hombre, de cómo las ciudades alemanas eran malolientes, de cómo el río Rin inspiró varias obras, de la labor nacionalista de Wagner (él autodenominaba su música como das Kunstwerk der Zukunft, o sea la obra de arte del futuro) y de cómo, efectivamente, ese nacionalismo a veces extremo se empezó a instaurar en Europa, para bien o para mal. Ahí se gestó lo que causaría la Primera Guerra Mundial.

En 1867 se hizo una súper feria mundial, llamada La Exposition universelle, en París. Hagan de cuenta como un Corferias; imaginen el impacto al ver una pequeña muestra de las diferentes ciudades del mundo, todo en uno solo, como en Epcot Center. Cuenta el libro que ahí muchísima gente empezó a conocer sobre las otras culturas, generándose una especie de revolución. Me rindo, ya me dio el síndrome de Stendhal, estoy aquí delicioso escribiendo esto, soy una isla resguardada del sol y llena de libros. Una isla unipersonal.

Ya, para cerrar todo esto de Los Europeos y continuar con todo lo demás que he leído y visto, pues solo puedo mencionar un cuadro: “Un café parisino” de Ilya Repin. Este cuadro muestra la esencia del libro, muestra el ambiente de ese entonces. Aparecen los impresionistas, los plenairistas (o sea los que pintaban al aire libre, al “pleno aire”), Émile Zola, los disgustos entre Tolstói y Turguénev, las diferencias entre pintores, de hecho ahí mencionan que a Gustave Flaubert, mi amado Gustave Flaubert de Madame Bovary, le parecía ridículo, le daba mucha risa que Turguénev fuera tan aficionado a los cuadros.

Turguénev decía: “estoy desbordado por la gota y por el oro”. Pobrecito, le dolía su dedito gordo del pie. Si sigo escribiéndoles, me extendería toda la vida. Aquí en mi isla que habito. Luego les hablo de “Marina”, un majestuoso libro que leí escrito por Carlos Ruiz Zafón, en el barrio gótico de Barcelona.

Me despido con la definición que dio Henry James de ese parche de los inicialmente despectivamente llamados impresionistas: “el efecto momentáneo de un dulce resbaloso que se desliza, sin aviso previo, entre los labios apretados de la inanición semiconsciente”.

Debo irme, también debo seguir leyendo.

Qué solaz, qué locura. Le vuelvo a dar Play a la película de mi vida y me vuelvo a inmiscuir.

P.D. Siguiendo con el cine arte, de todo lo que he visto les mando algo hermoso: COLD WAR, película de 2019, dirigida por Pawel Pawlikowski y protagonizada por la hermosa Joanna Kulig. Ella hace el papel de una cantante que va por varias ciudades, entonces vemos mucho folklore de varios lugares: Polonia en 1949, Berlín en 1952, Yugoslavia en 1955, París en 1957 y Polonia 1959. Qué hermosura, véanla, un gran Must-see.

No estaba muerto, estaba leyendo LOS EUROPEOS

Durante estas semanas no estaba muerto. O de pronto sí, ya no sé; por ahí dicen que cuando dormimos experimentamos pequeñas muertes y al despertar a las 6 de la mañana es como si reviviéramos, como si resucitáramos cada día. Aquí entran los científicos a debatir, pero en el campo ontológico sí podemos interpretar el dormir como una pequeña separación del mundo. Mi Virginia Woolf dice que dormir es una deplorable interrupción del gozo de la vida. ¿Estarían de acuerdo? Probablemente yo sí. El hecho es que volví y aquí estoy escribiéndoles. Siento que la vida cobra sentido, entre otras cosas, cuando comunico vía escrita mis ideas, es una sensación deliciosa de la que no puedo ni quiero alejarme.

Llegó el 2022. Gran parte de mi tiempo en vacaciones, aparte de los compromisos ineludibles que nos hacen pertenecer a una sociedad, (aquí hago un paréntesis: Conrad dice que la odisea del hombre está en la sociedad, no en la soledad, y es que sí, es ahí donde están los verdaderos retos, los verdaderos soldados que han de tener que socializar). Decía pues que gran parte del tiempo, mi mente estuvo ocupada en varios libros pero hay uno que mató todo, que colmó todas las expectativas, un gallardo libro de 661 hojas, que por fin terminé, y que se convirtió en mi acompañante fiel en mis caminatas, yendo a hacer mercado, comiendo hamburguesas, visitando tías, en novenas junto al tambor, mientras iba a la farmacia, en el avión, en todo lado estuvo conmigo. Se llama “Los Europeos” del historiador, del magnánimo y admirado Orlando Figes. Ya con este libro este señor queda para mí coronado. No me cabe en la cabeza cómo realizó tal labor, tal recuento de información.

Este libro se centra en tres personajes reales que llevaban una especie de triángulo amoroso: Ivan Turguénev (gran escritor ruso del que quedé tan enamorado que me terminé comprando un libro de él llamado “Diario de un hombre superfluo”, el cual leo en este momento), Pauline Viardot (cantante de ópera sobre quien gira gran parte de la historia) y su esposo Louis Viardot. ¿Es una novela? Sí, pero no, porque narra muchos hechos históricos. Es más bien el recuento de toda la historia cultural de Europa, de cómo fue creada la europeidad, narrada con la historia de ellos como telón de fondo. La EUROPEIDAD.

A cada rato lo reviso. Aunque hay muchos otros libros por leer, así que mejor no lo releo: dice Virginia Woolf en su libro Genio y Tinta, que releer implica un compromiso más grande que leer. Este libro pasa a formar parte del panteón de libros leídos, subrayados, comentados y digeridos. No es solo leer y ya. ¿Qué les puedo mencionar de tantas ideas que hubo ahí? Pues a ver, la narración empieza en 1843 con algo que marcó para siempre la historia de Europa: el ferrocarril. Gracias a este medio de transporte, se empezaron a unir pueblos y ya la gente podía viajar con mayor facilidad. De hecho Heinrich Heine, un poeta, decía casi exagerando que estando en París podía oler los tilos alemanes.

Luego se narra el florecimiento de la ópera como arte y también como negocio. Mencionan cómo gracias al ferrocarril podían ya planear giras, cosa que era casi imposible antes a caballo. Ay qué delicia, me solazo escribiéndoles esto: narran sobre la ópera española y la francesa, con las peculiaridades de cada una. Ahí hubo una revolución en el mercado cultural, claro, gracias a los trenes, pero también gracias a esa elegancia, a esa clase, a esa cultura europea. Todo sigue transcurriendo. Louis Viardot decía que las locomotoras eran enormes caballos de la civilización que engullen carbón y escupen llamas.
Se alargó este artículo. Me declaro un diletante de estos temas, así que para poder exprimir las ideas y desmenuzarlas, prefiero dejar aquí y luego continúo.

P.D. Si antes había cultura, siento que este año será más. Hay una plataforma donde estoy viendo cine-arte llamada MUBI. Por cierto, ¿qué es cine-arte? ¿qué no lo es? En fin, luego les daré unas recomendaciones, por ahora les dejo una joya: “Una Mujer es una mujer (Une femme es une femme)”, protagonizada por la hermosa Anna Karina. Es un musical “no-realista” de 1961, hermoso y delicioso. Hace parte de la French New Wave. Imperdible, una delicia. Me solazo.

UNA BELLA HISTORIA, DE LA VIDA REAL, SOBRE MI LIBRO “OSÍAS Y LAURA” (leer hasta el fina 🙂 )

-Hola Jorge Alonso, ¿cómo estás? me enteré por Facebook que sacaste un libro que se llama Osías y Laura, ¿verdad? Por cierto, tenía algo que comentarte respecto de esta historia…- Eso me dijo Mario, un amigo de la familia, quien durante 1989 y 1993 aproximadamente, vivió donde mi abuela Teresa. Mi abuela tenía unos cuartos que alquilaba como residencias estudiantiles y pues él, Mario, vivía ahí en ese entonces. Claro, yo me acordaba de él.Mario era de Cali y estudiaba en Popayán. Por cosas de la vida él había oído que mi abuela alquilaba unos cuartos y decidió vivir en uno de ellos. Una vez, él estaba en su casa en Cali con su padre, corría el año de 1990 aproximadamente y un señor bastante particular, amigo de su padre, le pidió el siguiente favor:-Mario, sé que estás estudiando en Popayán. Ya que vas para allá, te pido el favor que me entregues un sobre, mira- le dijo el señor misterioso a mi amigo Mario, entregándole un sobre de manila cerrado, con una dirección escrita ahí.El sobre decía: “Laura Elías, Carrera 10 # 18N-148”. Mario se quedó bastante asombrado.-Qué coincidencia, esta es la misma dirección donde yo vivo. Supongo que esta señora a quien le envías este sobre es hermana de Teresa, la señora que me alquila el cuarto; claro, mira el apellido es Elías, Laura es la hermana de Teresa- dijo Mario.Bueno, pues ese tal señor, amigo del papá de Mario, ni más ni menos era Osías Karin. Sí, el protagonista de Osías y Laura. Tal vez esa carta, enviada en ese entonces, haga parte de las tantas cartas que usé para nutrir el libro. Mario, el amigo de la familia, ese estudiante de Cali que vivió en la casa del gran árbol de guayaba por allá en los 90s, sin saberlo, sin quererlo, sin ni siquiera pensarlo, terminó siendo uno de los partícipes e intermediarios de ese romance. De ese romance plasmado en mi libro Osías Y Laura.¿Cómo es posible que el papá de Mario tuviera un amigo llamado Osías y que ese mismo Osías quisiera mandarle una carta a Laura y que coincidencialmente ella viviera en la casa donde Mario, el hijo de su amigo, estaba viviendo temporalmente? No puedo entenderlo, más bien solo puedo disfrutarlo. La magia del amor.Gracias, Mario. Todo pasa por algo, todo lo demás lo pueden leer en el libro.

Emilia y Patrick en navidad (continuación)

(RECAPITULACIÓN: leer antes de comenzar—
…Sé que es complicado releer capítulos viejos, así que hagamos una recapitulación: Emilia y Patrick se habían cruzado coincidencialmente en el Transmilenio. Emilia es financiera e iba corriendo al colegio de su hija ya que había clausura, típicas clausuras navideñas de media mañana. Él, Patrick, nada qué ver con finanzas, era un sociólogo. Patrick se quedó con una pluma Lamy que ella dejó tirada en el Transmilenio. Una pluma de color verde……)

Emilia tenía 24 años aproximadamente, era lo que se conoce coloquialmente como mamá joven, como si no todas lo fueran. Él tenía ya como 47 años, andaba en su adultez en su máxima expresión, rodeado de sus libros y de sus estudios académicos. Ella, hablando de aplanamiento y del temor de la inflación; él, hablando de Flaubert y de la Ilustración de Steven Pinker.  

-¿Cómo será que le entrego la pluma verde a Emilia? – pensaba Patrick, ese era el diálogo que él se hacía para sus adentros. -Estamos en Navidad, cómo hago para volverla a ver, ya esta historia está muy larga, cortémosla, démosle fin, para bien o para mal. ¿Cómo hago para que los lectores ya vean el desenlace y continúen sus fiestas? Ya sé, ya sé qué hacer- continuaba perorando Patrick, mientras tomaba capuchino con alfajor.

El único bastón al cual él podía aferrarse era el siguiente: el día en el que Emilia fue al colegio de su niña, ella se detuvo en una tienda al frente a comprar rollos de canela. Él la vio comprándolos, por lo cual él supuso que a ella le podía gustar ese tipo de galguerías. 

Se acercó Patrick a esa cafetería, habló con una mesera, le dio un par de indicaciones y se marchó. 

-Mira, gracias, si la ves a ella, es pelinegra, es blanca, tiene rasgos orientales, es parecida a Tzuyu, una cantante de un grupo de k-pop llamado Twice, huele a Issey Miyake, usa botines rojos marca Vélez, es sofisticada, tiene veintitantos años, si la ve, seguro la recordará, ella vino en estos días y llevó como 4 cajas de rollitos de canela, por favor, entréguele esta pluma, dígale que no debe aventurarse uno nunca con la palabra amor, que ese término era ya de por sí comprometedor y acarrea prejuicios, hablemos más bien de gustos, de sonrisas, de estilo, el gusto es estilo, la literatura es estilo, el mundo está dominado por los escritores, los guionistas, los traductores y por los perfumistas, ellos dominan los sentimientos, dígale todo eso, dígale que en el parque donde pasean perros y hay una pequeña cancha de baloncesto, dígale que ahí estaré el jueves 30 antes del fin de año, en ese parque estaré esperándola, que si tiene alguna duda yo estaré ahí con dos magnolios en la mano, dígale que ya, esto hay que cortarlo de raíz- todo esto le dijo Patrick a la mesera de la cafetería. 

Todo explotaría ese día. Probablemente el mundo acabaría ahí, tal vez ese día podría haber un maremágnum, probablemente ella llegaría ese día muy puntual y se besarían, sonreirían y dirían “qué protagonistas de películas nos hemos convertido”, o probablemente ella nunca llegaría y él quedaría triste. Probablemente él se arrepentiría, él de más de cuarenta y pico y ella con más de veinte. Diferencias generacionales. 

Probablemente esto nunca ocurriría. La literatura trae consigo irrefrenables posibilidades. Una de ellas también puede ser que estas son letras incesantemente sacadas a la luz por un cerebro desvaído, infestado de techno y literatura del siglo diecinueve. Probablemente esto sea un ejercicio hipotético de imaginar escenarios, de siempre leer, de siempre querer arañar conocimientos, mientras uno lee otras historias. Probablemente la cultura trate de eso: de expresar y contar algo, solo por el simple hecho de releer y saborearlo, es tener en las dos manos, esas que escriben en este momento, el poder de generar una pequeña sonrisa, un pequeño desazón o un tímido ensueño. Emilia y Patrick son simplemente dos soldados de unas letras subversivas.

Ellos probablemente no existan y probablemente yo tampoco. De pronto son dos personajes de Anime o dos caracteres que navegan en libros diferentes. Pero el puente por el que transitan, es decir la literatura, esa sí que es real.

Emilia y Patrick: ella, comisionista y él, psicólogo

-¿A cómo vendes 20 contratos de 31s de los de Diciembre?- le preguntó el cliente a Emilia, apurando la negociación porque ya se aproximaba la hora de cierre del mercado. Emilia estaba con otra llamada, ya que estaban en la OPA de una empresa de alimentos, estaba recibiendo unas órdenes, y no le podía contestar tan rápidamente.

-Tengo a 113,8 pero es indicativo, tendría que confirmar si puedo comprar el spot, mira que no hay liquidez ahora luego del dato de decisión de tasas- le respondió ella.

-No, olvídalo, quedo off. My risk, te llamo luego mejor- y le colgaron. Así iba Emilia, cuadrando mil negocios. Tenía que salir corriendo a la estación de Transmilenio porque era el día de clausura del colegio de su hija de 6 años. Ella le había prometido no faltar, su pequeña bebé tenía que disfrazarse de pastor (no castor, como el famoso comercial de televisión, vamos castores vamos), le habían pintado bigote y barba, típicas alpargatas y pico’e gallo. Eternas obligaciones de niñeces que se esfuman, que nunca son lo suficientemente largas.

Fue corriendo a la estación de la calle 72, no sin antes comprar un agua con gas, un ramo de flores, unos Halls y un Toblerone grande, su chocolate favorito, para regalárselo a su hija. Iba retrasada unos quince minutos y no imaginan cuánto rezaba ella para que ese lapso de retraso no se aumentara más. Tick, tack, tick, tack. Digamos que por eventos antiprovidenciales, la ruta que iba hasta Calle 146 se retrasó más que las otras, debido a arreglos en la vía. Luego varios minutos pudo meterse por fin en el articulado.

Cuando llevaban unas cuadras de recorrido, se subió un improvisador, uno de estos magos que veo siempre en Transmilenio quienes, con una caja de sonido y bastante ingenio, le lanzan líneas ahítas en picante a los pasajeros. Los troveros de la Bogotá urbana. Empezó a sonar la música, con un ritmo de base una canción del grupo La Etnnia.

Vamos, mi gente, ahí vengo yo a cantarles

Con estas tonalidades su humor deleitarles

Pero a quién veo aquí, a esta reina de belleza

Qué mujer tan linda pero cómo así este señor

Ese señor que va al lado que parece un malhechor

No mentira, señorita, era con humor

No quiero que se le opaque a usted esa belleza

Ese señor para mí que tiene pereza

Una de las eternas armas para evadir la sociedad es hacerse el dormido, ella aplicó eso para ver si podía despejar su mente estos minutos, a ver si ocurría un milagro y alcanzaba a llegar donde su hija a tiempo. Qué cosa. Pero bueno, la energía de este man improvisador la desarmó, no pudo evitar sonreír, darle cinco mil pesos y tampoco pudo evitar mirar hacia la derecha para ver quién era el señor malhechor que tenía pereza. Ahí estaba él, Patrick, con toda la atención puesta en el gran cantante del momento, muerto de la risa y haciendo ademanes como tratando de decir “cuáles, yo no tengo pereza, jajaja”. Emilia no pudo evitar sonreír y en esas miró el libro que Patrick llevaba en su regazo. “Problemas de la psicología y la crianza en pleno siglo XXI: cómo afrontarlo”.

Wow, el señor de al lado o era un psicólogo o le interesaban esos temas. Tenía una sonrisa que, dentro de los parámetros normativos de la belleza, cuajaba dentro de lo medianamente aceptable. Era una forma de decir, para ella, que él en verdad se reía muy lindo.

Sí, él sonreía muy lindo.

Pero ya, Emilia llegó a la estación Calle 146. Debía bajarse inmediatamente. Patrick comedidamente le dio permiso para que ella pasara.

-Uy, ella huele a Pleats please, de Issey Miyake, wow- dijo él para sus adentros.

Emilia llegó corriendo, en punto de las 11 de la mañana, luego de coger un bicitaxi que, con bastante irreverencia, sorteaba los semáforos en rojo de las calles transversales. Boom, llegó al salón y en ese instante la profe Eloísa le medio alzó la ceja y empezó perfecto la función. Estaba divina su bebé de 6 años, ahí difrazadita. Emilia puso su celu en modo avión y captó todo, sonrió, tomó fotos, saludó a los demás padres de familia, comieron natilla, tinto y degustaron las inimitables, míticas empanadas que siempre ofrecía el colegio en sus eventos. Como si no fuera suficiente el amor que uno le tiene a la hija, como si no fuera el mayor regalo del mundo verla bailar en las presentaciones, ir al colegio a comer empanadas agregaba más argumentos en pro de la placidez.

Patrick iba a su casa luego de dar una charla en una universidad del centro de la ciudad. Ahí había estado departiendo sobre varios temas de crianza, de teorías sobre lo que está bien o está mal, sobre cómo llenarse de argumentos para cuando hay un mal momento, él era extremadamente talentoso al momento de dar pautas para sentirse mejor. Debía ir a su casa un rato, iba a preparar café, había comprado filtros y tenía la intención de adelantar unas páginas del libro que escribía. Tenía 4 horas libres, para luego volver a iniciar travesía para dar clase de Sociología en pregrado de 2 a 4pm.

Cuando él se bajó del Transmilenio, una estación después, más al norte, cogió un taxi; Sin embargo, nada que llegaba a su casa porque había un trancón. Debido a que estaba apenas a cuatro cuadras de la casa, le pagó al taxi y se bajó, para proseguir a pie.

– “Porqué será que hay tanto trancón”- se preguntaba Patrick.

– Ah claro, verdad, es porque hay clausura en el colegio La Alhambra y se está acabando en este instante, qué cosa, siempre pasa lo mismo, se colapsa toda la cuadra- se respondió a sí mismo Patrick al cabo de dos segundos.

Emilia iba saliendo de afán del colegio, mientras a Patrick se le hizo verla.

Por un pequeño instante, sintió Patrick un delicioso olor a Pleats Please. El bello y efímero aroma de la feminidad.

-¿Porqué tanto afán?- 

-Este aroma se me hace conocido- dijo Patrick, haciéndose el que miraba para otro lado, como mirando hacia el cielo. -Podría jurar que es la deliciosa Pleats please de Issey Miyake, aunque uno nunca sabe, ¿será que le atiné?- le dijo Patrick a Emilia, encontrándosela ahí de frente, ella plenamente saliendo del colegio y él plenamente atafagado tratando de llegar a su casa.

-Jajaj, hey, tú eres el que estaba al lado mío en el Transmilenio- le respondió Emilia. Ella tenía muy presente su sonrisa y el libro que él llevaba en su regazo, uno relacionado con Psicología. -Vaya coincidencia, de razón el afán con el que saliste, qué pena, no puedo tratar a la gente de Usted. Venías para este colegio, yo vivo por aquí cerca- le respondió Patrick.

-Sí, claro, venía a la presentación de mi hijita, se tenía que disfrazar, típico- decía Emilia, un poco acalorada por ese picante sol del medio día, ese sol picante de clima frío que anuncia implícitamente un aguacero posterior. -¿Y tú vives por aquí o trabajas por aquí o qué?- le preguntó Emilia, evidentemente  bajo un halo de confianza. Así haya gente desconocida, uno sabe cuándo preguntar algo y cuándo callarlo.

-Sí, sí, vivo por aquí, cerca de la peluquería de Johny, por aquí cerquita. Aprovecharé un par de horas para escribir unas cosas y vuelvo a salir- le respondió Patrick. 

-Qué bien. Te deseo mucha suerte en todo- le dijo Emilia.

-Gracias. Oye, mira que ahora que tengo presente, cuando saliste del Transmilenio una señora no sé, no recuerdo bien, pero te gritó porque se te había caído algo, ¿será posible?- le dijo Patrick.

-Ay sí, seguramente, mira que ahora que tuve que firmar la asistencia en la clausura, iba a firmar y no encontraba mi pluma Lamy amarilla, juré que se me había quedado en la oficina pero no, claro, yo la tenía, estaba subrayando un libro en el Transmi y se me cayó, qué rabia- dijo Emilia. -¿Quién sería la señora? esa pluma es fina, en serio qué tristeza- decía Emilia, mitad perorando y mitad comentándole a Patrick.

-Ni idea. Que estés bien. Oye, última pregunta: ¿sí acerté?- preguntó Patrick.

-Jaja, eso queda en tu imaginación, si supuestamente eres tan bueno con las fragancias, con Chanel, Lancome y Carolina Herrera, no deberías preguntar si estás o no en lo correcto- dijo Emilia. En ese momento un camión pitó, unas niñas se reían bastante duro, pasó una moto y empezó a transitar más gente de lo habitual, generando capas y más capas de ruido, de imágenes superpuestas. Todo se empezó a difuminar y no hubo más interacción. Ese famoso sol de medio día se iba escondiendo, ya casi venía la lluvia.

Patrick llegó a su casa, se quitó sus botas Palladium, se sirvió jugo de naranja, puso acid jazz y empezó sus labores, no sin antes retomar uno de los 5 libros que andaba leyendo: “Las ilusiones perdidas” del gran magnánimo Balzac. Nadie es mejor que él, o bueno, es uno de los mejores escritores. Tenía pendiente ver cómo iba desenvolviéndose la historia de Lucien, un escritor que llegó a París desde la provincia. Este libro transcurre durante la revolución de 1835, imaginen no más el París de esa época, demacrado y fragmentado luego de la gran Revolución, con R mayúscula, de 1789.

Él continuaba leyendo. Para Patrick no había mejor actividad que leer, era mucho mejor que conversar, mil veces más interesante que hablar, pero pues conocer una niña como Emilia bien valía la excepción. El perfume de una niña es su huella, es la credencial de su alma.

Antes de empezar, miró para todos los lados, por la ventana, se aseguró que no hubiera nadie y sacó de su bolsillo la pluma Lamy amarilla. La que se le cayó a Emilia. Dijo para sí mismo: -Vea pues, con que esta pluma es fina, vamos a ver cuándo me la vuelvo a encontrar-