De cómo se fue gestando la europeidad

En el último artículo, hace una semana, les comenté de mi absurdo solaz experimentado con el libro Los Europeos, del historiador Orlando Figes. Quedaron pendientes bastantes ideas pero terminé el artículo, aun sabiendo que lo expuesto era no más del 0,004% de todo el universo. Quedaron pendientes, sí, mil cosas, pero ya sabemos que estadísticamente la gente no es amiga de los artículos largos. Dejemos lo largo para las novelas, todo lo largo lo dejo para mi novela Osías y Laura que tiene 400 hojas de edad.

Seamos puntuales, revisemos mis apuntes. Sí, esto siempre será más delicioso que conversar, a veces perdemos mucho tiempo en ello. Wow, Bingo, ya vi algo con qué comenzar: este libro es la historia de la cultura europea, la europeidad, narrada por medio de la vida de 3 personas reales, Pauline Viardot, Louis Viardot e Ivan Turguénev. De hecho, yo disfruté mucho “El infinito en un junco”, es una obra maestra, pero la satisfacción que sentí con este fue mucho mayor.

Creo que la primera emoción plasmada en el libro fue cuando el autor menciona una persona real que sirvió como inspiración para Dauriat, un personaje de “Las ilusiones perdidas” de Balzac, fabuloso libro que había leído hace unas semanas. Primera iluminación: de tantos libros, ¿cómo es que menciona a “Las ilusiones perdidas” que tanto amé? Claro, se me vino a la mente ese hermoso momento cuando estuve en el cementerio Père Lachaise en 2017; fue en un día de abril bastante frío, en el que muy temprano cogí el Metro, fui a ese cementerio y visité la tumba de Balzac.

Respecto de Pauline Viardot, la cantante de ópera más famosa del mundo, decían que era fea pero interesante. De hecho, un colega decía: “Es terriblemente fea, pero si volviera a verla me enamoraría de ella como un loco”.  Qué cosas más bellas, la introspección, el estar solo, ver el mundo y contemplar. André Maurois escribió: “¿Qué hace falta para ser feliz? Un poco de cielo azul encima de nuestras cabezas, un vientecillo tibio, la paz del espíritu?”

En el libro, Orlando menciona a Molière y a su burgués gentil-hombre, de cómo las ciudades alemanas eran malolientes, de cómo el río Rin inspiró varias obras, de la labor nacionalista de Wagner (él autodenominaba su música como das Kunstwerk der Zukunft, o sea la obra de arte del futuro) y de cómo, efectivamente, ese nacionalismo a veces extremo se empezó a instaurar en Europa, para bien o para mal. Ahí se gestó lo que causaría la Primera Guerra Mundial.

En 1867 se hizo una súper feria mundial, llamada La Exposition universelle, en París. Hagan de cuenta como un Corferias; imaginen el impacto al ver una pequeña muestra de las diferentes ciudades del mundo, todo en uno solo, como en Epcot Center. Cuenta el libro que ahí muchísima gente empezó a conocer sobre las otras culturas, generándose una especie de revolución. Me rindo, ya me dio el síndrome de Stendhal, estoy aquí delicioso escribiendo esto, soy una isla resguardada del sol y llena de libros. Una isla unipersonal.

Ya, para cerrar todo esto de Los Europeos y continuar con todo lo demás que he leído y visto, pues solo puedo mencionar un cuadro: “Un café parisino” de Ilya Repin. Este cuadro muestra la esencia del libro, muestra el ambiente de ese entonces. Aparecen los impresionistas, los plenairistas (o sea los que pintaban al aire libre, al “pleno aire”), Émile Zola, los disgustos entre Tolstói y Turguénev, las diferencias entre pintores, de hecho ahí mencionan que a Gustave Flaubert, mi amado Gustave Flaubert de Madame Bovary, le parecía ridículo, le daba mucha risa que Turguénev fuera tan aficionado a los cuadros.

Turguénev decía: “estoy desbordado por la gota y por el oro”. Pobrecito, le dolía su dedito gordo del pie. Si sigo escribiéndoles, me extendería toda la vida. Aquí en mi isla que habito. Luego les hablo de “Marina”, un majestuoso libro que leí escrito por Carlos Ruiz Zafón, en el barrio gótico de Barcelona.

Me despido con la definición que dio Henry James de ese parche de los inicialmente despectivamente llamados impresionistas: “el efecto momentáneo de un dulce resbaloso que se desliza, sin aviso previo, entre los labios apretados de la inanición semiconsciente”.

Debo irme, también debo seguir leyendo.

Qué solaz, qué locura. Le vuelvo a dar Play a la película de mi vida y me vuelvo a inmiscuir.

P.D. Siguiendo con el cine arte, de todo lo que he visto les mando algo hermoso: COLD WAR, película de 2019, dirigida por Pawel Pawlikowski y protagonizada por la hermosa Joanna Kulig. Ella hace el papel de una cantante que va por varias ciudades, entonces vemos mucho folklore de varios lugares: Polonia en 1949, Berlín en 1952, Yugoslavia en 1955, París en 1957 y Polonia 1959. Qué hermosura, véanla, un gran Must-see.

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