Y así iban surgiendo las ideas

Continué mi paso, debía viajar a otra ciudad. Ya en el episodio pasado había conversado sobre el arte de enseñar, sobre lo que debería ser un buen profesor. Sin embargo, tenía que escribir esto, siempre nacen temas, así como mueren; la necesidad de expresar lo vivido y lo sentido es mayor a la desidia de quedarme absorto ante una pantalla de televisor, ante lo fútil de una conversación forzada que no lleva a nada. Aspectos forzosos motivados por incompatibilidades.

No, es más satisfactorio el sonido de las teclas, bien sea las de la máquina de escribir o las cada vez más mudas de los teclados modernos, al beep de una notificación, al látigo diario de lo predecible.

El duende ya no estaba, estaba solamente yo. Fernando Pessoa me tiene en sus manos. Cuando leí la página 81 del libro del desasosiego, él decía que “si tenemos que dar el sentimiento, tanto vale darlo al pequeño aspecto de mi tintero como a la gran indiferencia de las estrellas”. Corroboré que un escritor es una banda de rock: tiene que darlo todo, no importa que esté haciendo una audición para tres personas o tocando para miles de almas en Knebworth, como lo hizo Oasis hace ya veinte años. Los hermanos Gallagher dándolo todo. Pero no importa el público, siempre hay que dar lo mejor.

Eso es lo bello de escribir: estaba aquí anoche al frente de una pantalla, tengo libros alrededor, me acaba de llegar a domicilio un par, uno de Virginia Woolf y otro de Mark Twain, cada uno me da alimento y sosiego. El libro del desasosiego de Pessoa me da sosiego, paradójicamente. Y como decía, escribo con toda el alma, ese es el proceso que amo. Puede ser que luego esto lo lea una sola persona, o muchas. Nunca lo sabré, pero eso ya no depende de mí. Lo que dependía de mí, el proceso, ya quedó hecho, y es donde uno goza más. 

Si lo lee una sola persona y sonríe, ya quedó hecha la labor. Brindar alimento a una sola alma es el objetivo. Sonreír y quedarme en silencio luego de haber terminado, avanzar con mis cuentos de Chimamanda Ngozi Adichie, que los tengo rezagados. Revisar, prepararme un tinto, siempre vestirme bien, darle el esperado click de enviar, hasta ahí tuve que ver, lo que ocurra luego ya no es mío.

Ya esta escritura no es mía. Es de ustedes. Mi alma va hacia allá.

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