Una columna sobre las columnas

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(fuente: hablatumusica.com)

Esto fue hace un par de semanas: domingo delicioso en la casa, pandebono caliente recién comprado en la esquina, café recién hecho y mezclado con la dosis perfecta de leche, clima deliciosamente frío que motivaba a usar casacas largas y buzos de capucha de largo tiro, música de fondo que oscilaba entre lo suave, lo sofisticado y lo clásico, frutas picadas de manera desordenada y claro, una buena compañía familiar. Domingo perfecto.

Cogí el periódico y empecé a ojearlo (hojearlo u ojearlo, es la misma cosa). Casi siempre empiezo de atrás para adelante y me quedé en la sección de las columnas de opinión. Se entiende que una columna de opinión, por definición y valga la redundancia, es un sitio donde en 500 palabras aproximadamente el señor o la señora da su opinión sobre algo. Todo bien. Ya ni me acuerdo, había ocurrido algo sobre la paz, no sé; el caso es que todas las columnas hablaban de lo mismo. Poniéndolo en otras palabras, todos los señores y señoras, que de alguna manera se habían ganado el honor de escribir ahí, habían decidido, cada uno por separado, escribir sobre el tema de moda que, repito, era algo sobre la paz, aunque no importa qué tema haya sido. Podría ser también algo sobre fútbol, sobre alguna cartilla o sobre algo de política, eso sí lo puedo asegurar.

Cada quien puede escribir sobre lo que quiera. Que casi todo el mundo quiera escribir sobre los anteriores temas, sobre lo mismo, es otra cosa. Entonces me imaginé a un editor del periódico leyendo las columnas y diciendo: “Mira, querido muchacho, esta columna sobre la moción de censura de este senador (o algo así) no la puedo publicar porque viola la Ley 5.845, la cual dice que no se puede repetir tema. Sobre esto ya han escrito otras tres personas”. El señor editor, claro está, lo imagino fumando tabaco, de bigote frondoso y con un traje antiguo de color café oscuro.

Y claro, es natural que se tenga más éxito y se lea con mayor fruición y pasión un tema de actualidad polémico, roñoso y aletoso en contraste con algo más coloquial, cotidiano y superfluo. Si un reconocido señor, también puede ser de bigote, habla sobre la subida de tasas de interés y de la inflación, o del proceso de paz y del referendo, es natural que será más leído. Pero bueno, estamos en un país democrático y cada quien puede escribir sobre lo que quiera. En últimas, paralelamente, cada lector puede leer sobre lo que quiera. Cada persona puede decidir si lee o no lee. O, yéndonos más al extremo, cada quien puede decidir ser o no ser persona.

Ya tenemos bastantes comentarios de la gente sobre estos temas, retumbándonos todos los días. Bastantes medios de comunicación con los mismos temas de actualidad. Ya para eso hay bastante, demasiada realidad. Pero tal vez eso sea la democracia y libertad de expresión: decidir con qué acompañar los pandebonos el domingo en la mañana.

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