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Oda a ella

Estaba haciendo mercado hace un par de días y te vi. Había salido a caminar, tenía mis zapatos Osiris espaciales, negros y de suela blanca, los mejores; llevé mis audífonos gigantes, qué cuento de airpods o demás adminículos pequeños, mi experiencia musical tiene que darse con audífonos gigantes Pioneer. Es lo visual, es la moda llevada al sonido.

Iba oyendo a Honey Dijon, un mix que tengo por ahí de ella, llevaba dos bolsas reutilizables, luego oí algo del hermoso indie pop de Cults y entré al sitio donde venden frutas y verduras. Llevaba un libro que ya anoche acababa de leer, luego de haber empezado otro. Kawakami conviviendo con Héctor Abad, con Virginia Woolf, con un libro inédito de Henry David Thoreau y con la revista Vogue. Acababa de comprar un capuchino en una panadería cercana; caminaba y pensaba en tanta gente que no se detiene a pensar. Hay gente que solo habla y actúa, que no se detiene a mirarse las uñas, a mirar el guijarro que acaban de patear inconscientemente.

Pensaba sobre ser diferente. Lo bueno y lo malo que eso implica. Navegar en el mundo con la autenticidad a cuestas.

Entré y te vi. Pensaba en mis cuadernos, donde apunto mis frases, pego calcomanías y apunto memorias. Pensé en The Rain, la serie europea megaextraña que empecé a recorrer, pensé en la ficción de The Umbrella Academy y en lo medieval de Cursed. Volví a pensar en Virginia y en un ensayo que hizo sobre el cine, en 1920, cuando era la gran novedad. Claro, contextualicemos, debía haber sido muy extraño para uno darse cuenta que en un sitio cerrado se podía proyectar una serie de movimientos en una pared. El cine como novedad, el cine como algo que ahora, en épocas tan modernas, está temporalmente extinguido, como los DJ sets.

Entonces la vi. Era una fresa roja, perfecta, con sus huequitos en sus mejillas, en todo su cuerpo. Con su cresta verde, deliciosa, pensé en que era la fruta más perfecta que podía existir. Luego me dijeron que la fresa era el símbolo de la diosa Venus, que Madame Tallien, de la corte de Napoleón, trataba de aumentar su belleza bañándose en zumo de fresas. Luego supe que es una fruta muy alérgica. a Venus le habría dado alergia tal vez. No lo sé, nunca lo sabré.

Llevé varias fresas. Las llevé en mi bolsa y les tomé muchas fotos, las abracé y me continué maravillando. Les conté un par de secretos, ellas con su elegancia, con su tez rubicunda y su pelo verde, me oían. Era la belleza. Ellas también son diferentes.

El hombre que corrompió Hadleyburg

En el libro de Mark Twain, llamado “La decadencia del arte de mentir”, que tengo en este momento en mis manos, bella edición de editorial Eneida, con una pasta corrugada a color, hermosa, hay un interesante relato llamado “El hombre que corrompió Hadleyburg”. Dice la historia que este pueblo era incorruptible pero alguien le había jugado una mala pasada al protagonista, tal vez le hizo cosquillas, bullying o lo hizo sentir mal. El hecho es que el señor quiso vengarse, entonces llegó nuevamente al pueblo, con la intención de corromperlo.

Andaba con una bolsa de monedas que pesaba ciento sesenta libras y cuatro onzas. Había toda una fortuna ahí. Claramente no contaré los detalles, nada más antipático que un spóiler. No contaré detalles. El hecho es que el protagonista les tendió la trampa a todos y a cada uno de los habitantes del pueblo, cosa que cada uno de ellos se sintió “dueño” de las monedas y por ende, todos se sentían anticipadamente millonarios. 

Adivinen. Las señoras, cada una sin contarle a nadie, se sentían millonarias antes de siquiera recibir el botín, entonces se pusieron a encargar vestidos, a elaborar mil planes, jurando ser dueñas de algo que no había llegado. El desenlace averígüenlo, pero lo que quiero resaltar aquí es la mentalidad humana, cómo empezaron a elaborar planes sin tener nada fijo. No me gustan los adagios demasiado populares, pero no encuentro algo diferente a decir que montaron el caballo sin haberlo ensillado. La avaricia grande de la gente baja, creer que el dinero les iba a dar la felicidad, lo básico de los sueños de la gente básica.


Luego acabé de leerlo y seguí con otras cosas. Me comí un brownie mientras oía leftfield bass británico. Me solazaba, desbordante en buen gusto, con mi gabardina azul turquí. Me preguntaron cuándo haría la fiesta, cuándo podría ponerme mi mejor pinta, mis mejores zapatos, mi bufanda bávara, para cuándo podría escribir las mejores letras, cuándo es que iba a sacar el libro, para cuándo sacaría la cerveza especial Estrella Galicia que reposa en la nevera. Que después, dicen, que después, dicen.

No, el día para hacer todo lo mejor es hoy. No esperemos que llegue el embaucador de Hadleyburg. 

Avisos clasificados

Ya les he manifestado y compartido mi devoción por las curiosidades subyacentes en los periódicos impresos. Sin más preámbulos, estaba el sábado pasado degustando un Ferrero Rocher, leía Los Errantes de Olga Tokarczuk y me quedé viendo los avisos clasificados. Encontré uno que decía lo siguiente: 

“LIBRO. Investigadores, crucigramistas, conozcan Colombia otra manera. LIBRO CURIOSO. $15.000”

Luego estaba escrito el número celular para solicitar más detalles. Yo dije “¿qué es esto? Me están hablando a mí, esto es como de película”; me quedé pensando unos segundos y llamé. Me parecía deliciosamente extraño y fascinante que alguien estuviera vendiendo algo por clasificados, sobre todo un libro con curiosidades, en un mundo tan lleno de otras cosas aburridoras. Esto solo se le podría ocurrir a un curioso.

Efectivamente, me contestó alguien. Digamos que yo con desconocidos tiendo a explicar exageradamente las razones de las llamadas. Dije que me encantaba leer, escribir, que me encantan los periódicos pero sin esa hojarasca llamada “noticias” y noté que esa persona en cierta forma se alegró y emocionó. Acordamos que vendría al día siguiente y me dejaría el libro en la portería.

Era un señor encantador llamado Luis, de unos 75 años, no sé, no quiero equivocarme pero más o menos esa sería la edad, un señor súper culto, curioso y sí, él sacó un pequeño libro de unas cien hojas, tamaño de bolsillo, con curiosidades, palíndromos, nombres raros de municipios de Colombia, referencias al Latín y correcto uso de expresiones del Castellano. La locura. 

Al otro día nos saludamos a distancia, me entregó el libro, lo vi marcharse en el carro y quedé muy contento de haber conocido a alguien con tantas afinidades. Todo por ser curioso, todo por un aviso clasificado.

Estas cosas ya no ocurren. Soy un salvador gallardo. Nada más grande que lo pequeño. Como escribía Pessoa, “amor por los milímetros”.

Lo que ayer fue moderno hoy es un clásico

Una de mis musas, de mis grandes mujeres, Virginia Woolf, en su ensayo llamado “Impresiones de Bayreuth” habla de cómo es su experiencia con la música, más exactamente con la ópera de Wagner. Me sorprendió gratamente saber que a ella le encanta Wagner tanto como a mí. Habla de cómo fue su experiencia y escribió lo siguiente: “Puede que estemos aturdidos, pero es porque la música ha alcanzado un lugar que aún no visita el sonido”. Tengamos presente que ese ensayo fue escrito entre 1925 y 1932, qué se iba a imaginar que luego tendríamos Neurofunk, liquid bass y minnimal.

Luego en el ensayo “Horas en una biblioteca”, habla de la literatura que estaba surgiendo en esa época, diciendo más o menos que hay que darle su lugar y no basarse solo en los clásicos. Eran los años 20, los años 30, lo que se producía ahí era lo nuevo, la vanguardia. Lo que escribimos hoy serán los futuros clásicos. “Es posible que el tiempo mismo posea una alquimia propia”, decías tú, Virginia.

Y bueno, el tiempo pasa y llega lo que llaman la civilización. Pío Baroja, en su libro hermoso “El mundo es ansí”, dice que las mujeres que se consideran civilizadas son el producto más antipático de la civilización (Risas y aplausos, porque es verdad). Marcel Proust dice que si nuestra vida es vagabunda, nuestra memoria es sedentaria. Continuemos.

De hecho recuerdo un diálogo, hasta lo subrayé y lo revisité, en “El Tiempo recobrado”, de ese gran maestro Proust. Era 1918 y alguien dijo “todas las modas vuelven; en vestidos, en música, en pintura”. Era 1918, tengámoslo presente. Decir que la moda de hoy recoge retazos de otras épocas no es de esta época, por decirlo de algún modo. El ser humano incesantemente vive de recoger retazos para crear nuevos tejidos.

Es hermoso subrayar. Sobre todo subrayar para recordar, para condensar y para traerles estos ejemplos. Lo que es tan antiguo termina volviéndose extremadamente moderno. Nosotros somos los futuros clásicos.

Un día en la vida de un cajero

Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño.  Esta memorable frase era el inicio del libro de memorias de Vladimir Nabókov. Él cerró dicho libro y sonrió, siempre pensaba que esa frase resumía en cierta forma su sentir. Se montó en su bicicleta, allá en plena península escandinava, con ese frío que le carcomía los huesos. En esa ciudad nórdica el invierno no cesaba nunca, no daban ganas de salir, pero él debía trabajar para pagar el arriendo del piso en el que vivía con su familia, debía comprar alimentos, ya era tarde y lo estaban esperando en el supermercado, donde trabajaba de cajero. 

Ya en la mitad de la jornada, a las 11 de la mañana, atendió una pareja de esposos, hombre y mujer, que discutían mientras él iba registrando una barra de pan con higos, una botella de leche, tres zanahorias, un vino Merlot y una cabeza de ajo. -Es que claro, tú solo vives en función de tu deporte, si por ti fuera vivirías solo de jugar tenis y te la pasarías jugando, jugando y consintiendo a tu gato-. Él, con toda la serenidad del adulto nórdico, atinó a responder: -Claro, podría vivir perfectamente con eso, no lo pongo en duda, pero elegí estar también contigo, eso es lo bello, que estoy contigo porque quiero, no porque te necesite-. Mientras hablaba, le guiñó el ojo en señal de complicidad. Se acordó de esa frase que leyó en un libro de Víctor Hugo: No buscar la felicidad en el otro, sino más bien buscar al otro para compartir la felicidad. 

(Seguro luego se contentaron, se tomaron la botella, bailaron y se dieron un beso…)

El cajero, en su hora de almuerzo, abrió un libro de Francisco de Quevedo, llamado “Sueños y discursos”. Su abuela estaba muy triste, lo llamó por teléfono y precisamente él acababa de leer algo sobre el llanto. Él le leyó: “El llanto es engañoso en las mujeres, engañado en los amantes, perdido en los necios y desacreditado en los pobres”. La abuela le agradeció a la literatura por ser siempre pertinente, por proporcionar ideas bellas. Colgó con su nieto, luego de agradecerle esos pocos pero sustanciosos minutos.

El cajero salió del trabajo y pasó comprando unos quiches para llevarle de sorpresa a la familia. “Amo con la mirada y no con la fantasía”, acababa de leer en un libro de Fernando Pessoa. Llegó, se quitó el uniforme y comieron quiches con bebida de avena. No podía echarle mucha azúcar, el médico se la había prohibido.

La noche llegó. Luego se sentó en el sofá y pensaba. “La cultura individual es el verdadero ideal del hombre”, lo decía Oscar Wilde en La decadencia de la mentira. Pensó en la literatura japonesa, pensó en la ficción y se tomó un café cargado.

Siri Huvstedt, bella escritora, decía en su libro de meta-literatura “Recuerdos del futuro”, que la imaginación y la ficción suman más de las tres cuartas partes de nuestra vida real. Él sonrió, él siempre sonreía. Se fue quedando dormido, con su hijo recostado en el hombro y una bella zarzuela de fondo.

¡ Extra ! ¡Extra !

Recuerdo cuando era niño.

Bueno, más bien recuerdo cuando tenía menos años, ya que en mi caso la niñez permanece intacta. En fin, tenía diez u once años y siempre les pedía a mis papás que me compraran el periódico. Ellos llegaban con El Espectador, yo llegaba del colegio, me cambiaba de ropa y lo leía. Imaginemos por un momento el contexto: eran los noventas, yo tenía una grabadora donde oía los casettes cromados que mis primos me regalaban (Francisco me grababa mixes de Energy y Felipe de heavy metal) y un tocadiscos donde ponía uno de mis primeros acetatos, uno de los primeros de una colección que crecería y se convertiría en mi pasatiempo número uno, incluso por encima de la escritura. Me encantaba abrir el periódico y ver la diagramación, cómo en un cuadrito había una foto al lado derecho, luego con una letra diferente había una frase, imaginaba que había alguien encargado de redactar las noticias y escribía a máquina, delicioso, imaginaba cómo todo se imprimía y cómo se empaquetaba en un producto que en últimas, ayer y hoy, siempre me ha parecido barato por todo lo que contiene.

Entonces en vacaciones lo que yo hacía era inventarme periódicos: en tres o cuatro hojas inventaba un diseño, ponía algún titular, por ejemplo me inventaba que el Papa llegaba a Popayán, o que la reina Isabel tal cosa, no sé, para luego ir al horóscopo. Me inventaba el horóscopo, incluso recuerdo que una vez una tía decía, con tono jocoso, que yo había puesto a todos en dieta y a todos les había puesto un amor furtivo, ya que ese era el mensaje que escribía, no importaba cuál signo zodiacal fuese. También me inventaba el crucigrama y ponía un par de clasificados. De hecho me encantaba leer los clasificados: me parecía, aún hoy me parece, fascinante que un señor venda un carro en la carrera 4, que otra señora busque un electricista o que alguien por motivo viaje tenga que venpermutar su renoleta. El verbo venpermutar se convirtió en toda una novedad para mí.

Siempre quise escribir, siempre inventaba historias. Siempre escribía diarios. Siempre amé la música. Siempre tuve la certeza de que esto debía estar presente en mi vida.

Me encantaría ahora hacer un periódico. Las ideas que quiero escribir y compartir sobrepasan un blog o un set de historias en las redes sociales o un par de párrafos de Facebook. Lo que hay en mi mente es mucho más. Me encantaría crear el periódico y que en una hoja hablara de conceptos financieros académicos, en otra de música, en otra de cine, en otra de series, en otra de los libros que leo, en otra alguna historia corta de ficción y otra de solo romance. Todo hecho por mí. Me encantaría repartirlos a la manera antigua, en bicicleta, como Osías el protagonista de mi libro. O me encantaría repartirlos en la estación de Alcalá o por ahí por la séptima cerca al Museo Nacional. Repartirlos con una sonrisa. ¿Vergüenza? Algo así vociferaría:

-Señoras y señores, Extra, extra, reciban la edición de hoy de mi periódico, está recién escrito, no se pierdan en la página 3 todo sobre los cuentos de Virgina Woolf y de Mark Twain, reciban mi periódico, Extra, en esta edición todo lo relacionado sobre el último álbum de Timmo, todo un álbum desbordante en Techno, recién salido del horno-

-Oye, niña, tú, recibe mi última edición de mi periódico, hay un reportaje especial sobre los últimos capítulos de The Umbrella Academy, ya próximos al estreno de la nueva temporada el 31 de Julio-

-Oye, niño, en la edición de hoy todo un análisis de Dark, the Politician en su segunda temporada, Titans y del Ulises de Joyce, hey muchacho, hoy Extra extra, todo sobre Carmen Posadas, sobre María Dueñas, la muerte de Ruiz Zafón, todas las polémicas declaraciones que dijo mi amigo el vendedor de sandía a su novia, con motivo de una posible pedida de mano, todo aquí en la sección de Ficción. Extra, extra-

-Extra, señora y señores, en la sección de Moda todo sobre el Shoefight, sobre el cómo vestirse siempre bien y sin sudaderas ni pijamas ahora en cuarentena, todo sobre los nuevos estilos de uñas violeta oscuro, hey, aquí todo en la sección de Moda-

La vida es solo una. Prendan las máquinas. Venpermuto amor y sentimientos por historias.

Mi libro en los 90s, los 40s y la actualidad

90s:

“….Laura estaba con poco ánimo y bastante indispuesta, así que Álvaro debía estar muy pendiente de cualquier bajonazo de energía, de algún sangrado, no podía sobrepasarse de velocidad y tenía que cumplir funciones de mecánico, chofer, médico y hasta terapeuta emocional. El viaje era un poco largo, así que debían dormir una noche allá en Luvina; para todos esos imprevistos, Teresa le dio un monto considerable de dinero a Álvaro. Tenía la característica más valiosa en un trabajador: era muy empático. Álvaro buscaba entrarle a cada persona, no importaba la edad: si era un niño le jugaba fútbol, si era una niña le jugaba con muñecas, si era un adulto le hablaba de noticias, que es de lo que hablan los adultos, y así. Ellos no hablan de nada más. A los bellos ancianos les hablaba de literatura y de vivencias. Cada edad de acuerdo a cada interés….”

Actualidad (año 2019 aproximadamente):

“….Mi André, nosotros nunca podemos pelear, es imposible ¿no?, qué cosa con nosotros dos, somos inseparables, qué intensidad la tuya, pareces el típico intenso de las novelas. Jaja, es broma, me alegra saber de ti. Ando aquí con Kemistry, estábamos cuadrando unos eventos ahora que puedo, ya que me tocará aguantarme las ganas de mezclar e ir a sitios de fiesta durante varios meses, aunque lo de la escritura no es negociable, seguiré escribiendo hasta que ya no pueda más. Kemistry sacó unos tracks muy buenos, estábamos oyéndolos y debo ir ahora a la editorial, tal parece que me van a publicar el libro que he venido haciendo. Recógeme en diez minutos en Pamorder, estoy a dos cuadras de ahí, allá hablamos, tengo mucha hambre, tengo antojo de brownie con helado; y bueno, estoy que te doy un beso, tres días sin verte ya es bastante- le respondió Nicolle…”

40s:

“….Corría el año de 1940. Las faldas de lino discretas y a veces edulcoradas  en su punto exacto, hasta debajo de la rodilla, florecían por doquier, al igual que florecían las azaleas e inundaban de un hermoso tinte fucsia las mañanas y las tardes del pequeño pueblo, siempre con la complicidad y ayuda del sol que, a pesar de la altura y del cariz oscuro, ayudaba a iluminar los caminos. Abundaban los sombreros, los trajes marrones cruzados de seis botones, la elegancia, el tabaco fumado y masticado, el bolero y los encendedores oxidados. Los bucles y tirabuzones de pelo negro  estilizado en pieles blancas cubiertas de alabastro, entintadas con labial rojo, eran la tendencia creciente en el arnés femenino, atavíos que desarmarían totalmente a un ejército con la sola exposición de su fragancia….”

(Más pistas y referencias siempre en mi instagram @kemistrye )

Una crónica sobre un mix

Todo empieza con un track hermoso y espacial. De alguna manera fue adaptado al planeta tierra, se llama “Speak in Sympathy” y tiene la voz de Elizabeth Fields, pertenece al género de Melodic Trance. Luego en el minuto 7, como en un partido de fútbol, va entrando uno de los mejores tracks de house progresivo de la historia, que tanto puso Sasha en sus épocas. Además es una versión remasterizada: el track se llama Lacuna, de unos manes cuyo proyecto se denomina Tocharian. Pueden ver la diferencia entre un género y el otro, el segundo más oscuro que el primero. El segundo más pulsante, el primero más melódico. Pero ambos con la misma velocidad: 130 golpes por minuto.

Por ahí en el minuto 14 con 53 segundos se empieza a oír algo diferente, hasta que ya entra totalmente dicho track en el minuto 16:21. Un teclado delicioso se oye ahí: -I can feel the music in me, makes me feel good….”. Este track se llama “Music in me” de “Who da funk”. Empieza la rumba, o más bien empezó hace rato. Están ustedes en sus casas, solos, se permite el uso de gafas blancas o azul turquí. Se permite subirle el volumen al máximo. Vayan, sírvanse algo de tomar, cojan unos patacones, háganse un smoothie o un capuchino.

En el 19:26 entra un track que me encanta, que salió en unos mixes famosos llamados Global Underground. Este lo ponía Nick Warren en Reykjavik, el track se llama Rise, de Vector. -get up, rise, the look in your eyes….- Ya vamos avanzando, vamos por el minuto 29, ahí suena un vigoroso remix de “Music sounds better with you”; dista mucho del original, es potencializado. En el minuto 30 pasa algo. Entran más tracks, entra la disertación eterna del loser en “You are sleeping”

Y así continúa la crónica. Una hora de buena música a tan solo un click.

Disfrútenlo mientras leen algún clásico o alguna novedad. Mientras se preparan para mi libro, que ya está listo y en proceso de admisiones y ediciones y concursos. La vida en proceso, lo que menos debemos tener es pena o pereza.

Cómo dejarse llevar por los sentidos, de la mano de Oscar Wilde y Amélie Nothomb

Hay rutinas que me encantan. Pienso que las rutinas son las que nos hacen precisamente sentirnos vivos, saber que todo vuelve a empezar, saber que estoy vivo ahí de nuevo……

El día aquí en mi burbuja comienza con desayunos y música a todo volumen. No puede ser de otra manera.

Empiezo a mezclar la harina, la leche de coco o de almendras, la avena, ya no por medio de recetas sino intuitivamente. Caliento la estufa y empiezo a poner al calor los amasijos. Mientras tanto prendo mi sonido, mi sistema de mixers. Hay cosas nuevas y cosas antiguas. Desde Tannhäuser hasta Leftield Bass. Las frutas van siendo puestas, el banano, la manzana, arándanos, luego miel, mi delantal rojo sirve de cómplice, al igual que la moñita con la que me recojo el pelo. Mientras se van haciendo los pasteles, o algún huevo frito, alguna tostada francesa, voy acabando libros, voy escribiendo frases. Pienso en lo mágico de las rutinas. El bombeo incesante del conocimiento. Café recién hecho y mantequilla.

Van acabándose libros y surgen nuevos. Esta vez terminé “El crimen del conde Neville”, de Amélie Nothomb. Lo curioso es que, al leer el prólogo, decía que fue basado en un cuento de Oscar Wilde: “El crimen de Lord Arthur Savile”. Wow, ¿qué debo de hacer entonces? Releer a Wilde, así que empecé yendo a mi biblioteca, sabía que ahí debía estar mi libro de cuentos de este escritor, este absoluto genio, este dandi injustamente venido a menos.

Vaya, lo encontré. Y lo empecé a leer, luego de 6 años de haberlo leído por última vez. Releí “El gigante egoísta”, tal vez lo más hermoso de Wilde. Leí el del crimen de Arthur Savile y me volví a maravillar, recordé contextos. Habiendo acabado ese cuento empecé con la historia de Amélie Nothomb y claro, tienen mucha relación. Me dejé llevar. Nada más bello que dejarse llevar. Es hermoso ir averiguando todo lo que se va plasmando.

Al final de uno de los libros mencionaron una canción de Schubert: Ständchen. Es decir, Serenata en alemán. Averigüé y encontré una hermosa versión cantada por Susanne Mentzer. Me metí a oír unas óperas de ella y llegué a una zarzuela: “É amore un ladroncello”. Se presentó una total sinestesia en todo mi cuerpo, en mi ser. La cultura. Continué dejándome llevar. Terminé oyendo a Anna Netrebko, cantando unas bellezas de Verdi. Serendipias musicales.

Qué placer. También mencionaron, en El Tiempo entre Costuras, otro libro recién terminado ayer y del que luego hablaré, un cuadro: “Isabel de Portugal”, pintado por Tiziano. No podía maravillarme más. Empecé a ver cuadros, vi Botticellis y Kokoschkas. La alegría del color.

Fue todo un proceso: dos cuadernos, tres libros, un diario, un lapicero, un resaltador amarillo, una taza con café, unos audífonos Pioneer, una moña y este computador, en el que escribo las vivencias y las explosiones producto de la irrupción de lo bello.

Sí, la irrupción de lo bello. 

Mis teorías sobre Dark, de Netflix

Hace ya casi un año, en julio de 2019, tuvimos la oportunidad de ir a la casa de campo de la familia Roosevelt, una bella casa-museo situada cerca a un pueblo llamado Poughkeepsie, a unas dos horas de distancia de New York City. Esa casa era una de las tantas que tenían, y según lo que dijo esa vez la guía, era la casa más visitada, ya que era muy amplia, quedaba en pleno campo y tenía al río Hudson ahí al lado, lo cual facilitaba su acceso. Hermosa esa estancia: toda enmarcada en el pasado, además hubo algo que me conmovió. Ocurre que Franklin D. Roosevelt tenía polio, cada vez le era más difícil caminar y mover sus manos, pero como era un dirigente, no podía mostrar su debilidad, entonces en esa casa hay una especie de ascensor escondido, por medio del cual los ayudantes subían al segundo piso y volvían a bajar la silla de ruedas y la escondían, cosa que cuando algún visitante llegara, algún Churchill por ejemplo, pudiera ver a Franklin, como si nada, sentado tranquilo en su despacho.

Bellas cosas había en esa casa de campo. Ese día hicimos picnic en los alrededores con mi primo Juan Carlos. Sándwiches con tomates secos, quesos, papas de paquete, gaseosas y jugos de naranja. Estaba haciendo muchísimo sol, estábamos en pleno verano, así que la sombra de esos inmensos árboles constituía el mayor y necesario sosiego. Incluso nos quitamos los zapatos. Cuando estábamos ahí a unos cincuenta metros estaba una señora de unos 80 años pintando un cuadro, tranquila, absolutamente solazada con sus pinturas, su trípode, el esposo haciéndole compañía y su sombrero que le cubría el sol. Yo me quedé mirándola: si hiciera el ejercicio mental de imaginar a mi hija María Belén de 78 años, es decir su edad actual 12 + 66 años, sería como ella. Además ella es pintora también. La señora me saludó con una cordial sonrisa y se nos quedó mirando con bastante curiosidad.

Se me vinieron muchas preguntas. Probablemente a mi hija le quedó gustando ese sitio, luego terminó su bachillerato, se casó, estudió medicina, vivió en varios lados, operó muchos pacientes, luego tuvo un hijo o dos hijos, ellos crecieron y ya luego de todo, cuando estos hijos se casaron, luego de estar cansada de vivir en el ruido de New York, con tanto hablado en el Metro, “stand clear of the closing doors please” , después de tanto bullicio en Brooklyn, de tanta gente en pleno Manhattan, después de vivir en Suiza y en varias partes, luego de todo eso tal vez decidió dedicarse a la pintura.

Ya a los 70 años se puso a experimentar con la pintura del siglo XIX, le dijo a la hija mayor que le comprara unas paletas y unos óleos, unos acrílicos, mucho azul, mucho. Empezó a pintar, de pronto se le apareció un viajero en el tiempo, con barba y pelo largo, con una aparente maleta en sus brazos, preguntándole si de pronto le gustaría ver dónde nació todo este gusto, tal vez le haya dicho que cada 33 años el ciclo de la vida se repite, todo se vuelve a alinear. Y que se devolvieran rápido a 2019, un año antes de 2020 para verla pequeña, y así decirle que se prepare para evitar el Apocalipsis de mañana 27 de Junio de 2020.

Probablemente en esa mansión había algún tipo de energía, alguna carga de Wolframio o Tungsteno, que permitió el viaje en el tiempo. Tal vez yo en algún momento viajé del Londres de 1800, siempre lo pienso, y llegué a los 13 años aquí a mi ciudad. Tal vez. El día del Apocalipsis mañana 27 de Junio de 2020.

El hecho es que mañana estrenan la tercera temporada de Dark. Tal vez este escrito es solo un homenaje a ese fenómeno de serie. A esa locura. Hay gente de Game of thrones, yo no. Hay gente de Billions, yo no. Hay gente de House of Cards, ni idea, yo no. Yo soy Jonas, la única diferencia es que mi impermeable es verde, no amarillo. Y tal vez mi hija si sea esa pintora de 78 años que estaba ahí ese día.