Toda una vida hecha de papel

Todos los jueves, sábados y domingos me llega el periódico a la casa. Religiosamente, mi mascota Yorkie, cuyo nombre es Cristo, me pide que lo saque a eso de las 6:10 am y cuando abro la puerta, me encanta ver que está ahí, explayado minuciosamente al lado del tapete que dice 502, el número del apartamento. Entonces lo saco (al perro, valga la aclaración) , hago mis labores y luego me pongo en la labor de leer.

Ya a estas alturas debemos saber que un periódico se publica todos los días, como el que me llega, El Tiempo. Hay otros que se llaman diarios, que se publican los días hábiles. Y me acuerdo de un anécdota: en una pequeña ciudad existía el cadapuedario, el cual se publicaba cada vez que se podía. Si había disposición o si había noticias. Casi nunca había ninguna de las dos.

Me gusta el papel, tanto en periódicos como en libros; creo que nunca me he metido a la página web de ningún periódico, no me interesa, creo que nunca he leído una noticia o un artículo en el computador o en el celular. Dejar internet para otras cosas. Es más, procuro no leer casi noticias, solo bandearme por el terreno de los titulares.

El papel brinda la posibilidad de sentarse con una coca cola al lado, un capuchino home-made, subrayar y lo más delicioso: hacer el crucigrama. El jueves leo la columna del coterráneo y coetáneo amigo mío Juan Esteban y no más, esa sí la leo toda. Dos titulares tal vez y ya está. Entonces se preguntarán porqué me gusta el periódico si no leo noticias. Ahí está la razón de ser de toda felicidad: por el cruci, ya lo dije (de eso ya hecho mil apologías al mejor y más culto pasatiempo del mundo), pero también por dos cosas importantísimas: los cómics y el “hace 100 años”.

Hablaré del primero. Mafalda y Calvin & Hobbes salen siempre; la ventaja que tienen ellos versus lo virtual es que puedo recortarlas y posteriormente pegarlas en la pared de mi caverna o forrarlas con cinta y hacer separadores de libros. En la edición del domingo se publican con letras más grandes que los otros días y son hermosos, vistosos, coloridos. También está Justo y Franco, Olafo, Gaturro y hay un cómic en el que siempre salen conversando los libros de una biblioteca entre sí. Precisamente en la edición de hoy salió algo sobre el orden “pandémico”: hablan los libros sobre cómo deberían organizarse, si por colores, por autores o por orden alfabético.

Además, todo siempre cae como anillo al dedo. Calvin hace una crítica al arte moderno, diciendo que él, desde su condición de niño, podría pintar algo de lo que denominan ahora arte abstracto. Estoy tan de acuerdo con él: por ahí vi unas publicaciones del MaMBo sobre arte moderno y para mí eran solo tachones, nada qué rescatar con gran parte de ese arte que llaman moderno. Olafo con su glotonería, lo amo, Mafalda con sus preguntas y Gaturro con su desorden.

Luego viene la sección de “hace 100 años”. En la edición de hoy hablan de la falta de hierro en los hombres: dicen que un señor de 30 podría portarse irritable mientras que uno de 60 podría aún verse jovial. Comerciales de multivitamínicos, de la elegancia de esa época, 1920 Vs 2020. El foxtrot Vs el drum and bass. La bella época, por decirlo así, la época en la que escribía Pío Baroja. Por último, a veces los avisos clasificados pueden estar cargados de todo el ingenio, del sal y del picante del mundo. La belleza en blanco y negro.

Luego viene la separata más esperada, las lecturas dominicales. Esa sí me la dejo para masticarla. Es la única parte que podría yo decir que puede sobrevivir en el tiempo.

Y sí, también en los periódicos hay noticias, lo menos rescatable. Ahí sí ni idea. ¿Verdad Calvin?

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