Los conciertos y el divertimento

Siempre recuerdo un consejo que me dio alguien, una persona que fue directora de un periódico de amplia circulación nacional; me decía lo siguiente: “es como si tuvieras un grupo de Rock (o “banda” de rock para ser más old school), debes tocar igual si te están viendo tres personas o si estás ante un público gigantesco, en un colegio o en una reunión de exalumnos, igual siempre debes tocar y dar lo mejor”. Así ocurre con un escrito, uno lo debe hacer siempre bien, así lo vayan a leer dos personas. Así pasa con mi escrito, no importa la época siempre trato de dar lo mejor, no importa que lo lean dos personas, la principal persona (o sea el autor en su divertimento al escribirlo) siempre está presente, ese es el que más disfruta.

Escribir es un acto liberador, además de ser un complemento de la lectura (no concibo leer sin escribir, así como no concibo oír música sin mezclarla, siempre debe haber interacción). Hoy mismo leía un ensayo llamado “pluma, lapiz y veneno”. En él mencionan la interesante vida de Thomas Griffiths Wainewright y, palabra más palabras menos, él manifestaba que hay tres cosas que adora: sentarse indolentemente sobre una altura desde la que se domine un bello horizonte; permanecer a la sombra de espesos follajes en un día de sol y gustar de la soledad sabiendo que hay gente cerca. Cuánto me identifico.

Tomé eso de ese ensayo. Por eso voy y me siento por ahí en mi soledad y a la gente le parece extraño; es normal, la gente siempre busca afinidades y conversaciones en grupo, más que todo en momentos como el almuerzo. Yo soy como Wainewright. Desde ahí, desde esa posición, trato de planear los mejores conciertos. La soledad sabiendo que hay gente cerca.

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