Los raviolis de Llorente

 

Ayer fue un día en el que me hablaron sobre latencia pero en el que no hubo latencia. Debido a que estuve en capacitaciones sobre nuevos sistemas de negociación, hay un término importante (ese, sí, latencia), que se refiere a la suma de retardos temporales por demora en la transmisión de datos. En otras palabras, cuando el sistema se pone lento. Estuve muy juicioso y stylish; precisamente la proactividad es el antónimo de la latencia, de la lentitud. Tomé jugo y comí pastelitos de arequipe, no sin antes darme la vuelta en Starbucks para ver las bellas modelos y ejecutivas de por ahí por el parque de la 93, zona turística y gastronómica. Zona demandada, así como la subasta de ayer de títulos en tasa fija: se colocaron 700 mil millones de pesos en 3 referencias: nov25, abr28 y jun32.

 

Hace un par de semanas fui a Llorente, un excelente restaurante de Quinta Camacho. Fui con una chaqueta azul turquí, como casi todas, y con unos tenis propios de shoe fight, como casi todos. Mil platos deliciosos, pero quiero rescatar los raviolis de cangrejo: son crocantes y negritos, por la tinta del calamar. También hubo escalopes de vieira y un chuletón para salirse de los cabales, como para salir a morder a la gente en luna llena; una delicia.

 

Abajo (abajo del sitio, pues) es como para rumbear, suena buen jazz, buen foxtrot y buen rock and roll. Arriba es más calmado pero igual suena la misma buena música. Para que lleven a sus clientes, a sus parejas, a sus próximas parejas, a quien sea. Prometo cero latencia y eso sí, un buen rato. Me avisan cómo les va.

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